¡Sin guantes de seda!

por Alberto Mazor

 

Estimados, la paciencia se agotó. Si el sistema político-económico israelí no logra reformarse de manera racional, recibirá el duro golpe de una respuesta irracional. Si no se les ofrece pronto a los ciudadanos el nuevo pacto social que se les prometió antes de las últimas elecciones, a diferencia del verano de 2011, serán nuevamente centenares de miles quienes terminen reclamando y rebelándose contra la dirigencia y el sistema, pero esta vez sin cantantes famosos ni guantes de seda.

¿Por qué esta vez invadirán las avenidas llenos de ira? Porque les quitaron el honor, se burlaron de ellos, les mintieron a sangre fría, los estafaron, los defraudaron, los prostituyeron, les mostraron que la palabra no tiene ningún valor y, de a poco, los están convirtiendo en esclavos. Líderes políticos y sindicalistas junto a 30 familias que controlan la economía de Israel no hacen otra cosa que aprovecharse de ellos, engañárlos, relacionarse a ellos como a unos idiotas. Les están chupando la sangre por medio de impuestos, recortes y amenazas de que si no hacen lo que les dicen, se convertirán en Grecia o en la Argentina del «Corralito». Y ya nadie les cree.

Por ellos no tienen sueldos dignos ni una calidad de vida aceptable; tampoco dinero suficiente para soñar con un departamento. Por ellos no tienen ni vivienda ni país ni ilusiones. Por eso, a este paso, la única solución será encargarse de ellos; sacarlos de donde están.

Esta semana, el ministro de Finanzas, Yair Lapid, optó por la política fácil en lugar de la visionaria; anunció un nuevo aumento del IVA, incrementó el impuesto a la renta y determinó recortes horizontales en el presupuesto de todos los ministerios para hacer frente a lo que él llama «el déficit que me dejaron» o «el agujero».

El primer ministro, Binyamín Netanyahu, apoyó desde China sus «responsables» decisiones que, según él, «preservarán la economía y los puestos de trabajo en Israel».

Lapid reconoció que las medidas no le son fáciles, pero las calificó de «necesarias, responsables, moderadas y urgentes»; más de lo mismo.

El enojo actual recuerda aquella advertencia de los habitantes de la periferia israelí de los años '80 acerca de que un día las masas habrán de levantarse y asaltar los supermercados del norte de Tel Aviv y Herzlía Pituaj. Esa ira es la expresión extrema de la furia que se va extendiendo por todo Israel. No se trata simplemente de cuestiones de vivienda o falta de atención médica. Es la terrible sensación de que la gota rebasó el vaso; de que la política israelí se pudrió, defraudó a todos; de que después de aquel verano del 2011, los líderes no aprendieron nada y el pueblo sigue anhelando profundamente la justicia social.

Pero Netanyahu parece sordo. Lapid hace como que no entiende. Ambos siguen cautivos de esa cosmovisión casi «mágica» made in Sheldon Adelson. Por esa razón hay que dirigirse a ellos sin pelos en la lengua. ¡Se trata de brechas sociales insostenibles, estúpidos! ¡Se trata de deslomarse sin esperanza alguna, idiotas! Eso tiene un nombre: «Explotación» Una explotación que se volvió inhumana e insoportable.

La explotación está enloqueciendo a la gente. Es por eso que llegó el momento de quitarse los guantes de seda. Ese es el motivo por el que centenares de miles de personas volverán a tomar las calles, pero esta vez rabiosamente. Esa es la razón por la cual el populismo se expandirá vorazmente por todo el país como un incendio forestal de verano.

Si el sistema político-económico israelí no logra reformarse de manera racional, recibirá una respuesta irracional. Si no se le ofrece a la ciudadanía un nuevo pacto social, serán muchos quienes terminen rebelándose contra la dirigencia y el sistema, y de un modo ciertamente nada grato. Israel dará un vuelco fatal.

Ese pacto debe abarcar varias dimensiones. Debe garantizar ser el encargado de establecer los límites del mercado libre. Debe fijar de modo categórico que vivienda, educación, seguridad, salud y asistencia social no son meros productos comerciales sino derechos fundamentales. Debe garantizar que el Estado asegure a cada ciudadano una vida digna no sujeta al orden de privatizaciones sino que, al contrario, trabaje para potenciarla. Debe encargarse de reconstruir el Estado de bienestar israelí.

No más gobiernos de monopolios. No más coaliciones políticas-empresariales-sindicalistas al mejor estilo siciliano. Si la nueva ideología sionista está basada sólo en el éxito económico, los más pudientes deben quedar sujetos al principio que ellos mismos consideran sagrado: competencia total, sin que le cueste un solo shekel al ciudadano común.

El Estado debe hacer frente a la crisis de la vivienda en forma inmediata. Dado que el mercado de la misma fracasó rotundamente, el Estado debe intervenir y garantizar la construcción de alrededor de 250.000 nuevas viviendas, según las necesidades actuales reflejadas en los datos de la Oficina Central de Estadísticas. Pero hasta que ese proyecto nacional se cumpla, el Estado debe actuar de una manera excepcional y creativa, del todo apropiada para situaciones de emergencia. Debe recaudar impuestos de propietarios de cientos de miles de inmuebles de inversión para alentarlos de ese modo a venderlos o alquilarlos. Después que los ciudadanos de Israel contribuyeron durante años a favor de los magnates de bienes raíces, es hora de que también éstos aporten algo a la ciudadanía.

Lo que Israel necesita con urgencia es una síntesis social-liberal sana; no neoliberalismo ni capitalismo salvaje ni socialismo rojo. Si Netanyahu y Lapid no son capaces de entender eso, deben ser reemplazados. Esta vez no se trata de cuestiones de ego o ansias de poder. Esta vez es el futuro del país y de su gente. No hay otro Estado judío de reserva.

Y lo que la gente está gritando en forma clara es que el lugar que le corresponde a sus líderes no es encima de la camilla de Israel, sino cargándola.

No quedan muchas alternativas mejores. Estas injusticias sociales acabarán sólo cuando los diferentes grupos de indignados se unan y entiendan que las manifestaciones multitudinarias no se hacen con canciones populares de amor y paz.

Esta vez el mensaje debe ser diferente, claro y sin guantes de seda.

 

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