Tras la tormenta sale el sol

por Tiberio Yosif Klein 

Como cada año, nuevamente recordamos las matanzas del Holocausto. Si se mira desde fuera, es
insólito que los alemanes y sus cómplices hayan tenido como programa político, como finalidad incluso esotérica y religiosa, la eliminación, el asesinato de todo un pueblo, de un grupo humano, de la faz de la Tierra; y que con eso estuvieran los asesinos seguros de que se les solucionarían todos los problemas existenciales, ya que habían designado a ese grupo humano, los judíos, como los causantes de cualquier cosa negativa que pudiera aparecer en la existencia del resto de la humanidad.


Más increíble aún es que hoy en día vivan personas y grupos que niegan lo innegable, que afirman que esos asesinatos del Holocausto no fueron reales, o en el peor de los casos, que los asesinados fueron menos que los seis millones de judíos. (“Sólo fueron cinco millones, tan sólo un millón…”, como si eso no fuera igualmente aberrante), a pesar de que hay documentación extensa, cientos de miles de soldados aliados que encontraron y fueron testigos de los campos de concentración y de sus pocos sobrevivientes, e incluso películas que los muestran.
Uno se pregunta por la razón de negar lo que sucedió. ¿Acaso con eso pretenden liberarse de culpas? ¿O les da la libertad de seguir persiguiendo judíos para segregarlos y asesinarlos, culpándolos de todo mal? Podríamos semejarlo al de una persona que, incapaz de asumir sus culpas en lo que le sucede en su vida, acusa a otros de sus males sin reconocer su propia responsabilidad en el resultado de sus acciones a lo largo de su existencia. Es nuevamente la ancestral costumbre de matar al chivo que expiará con su muerte por todo lo que sufre la comunidad que hace esa acción.


Los seis millones de judíos asesinados no constituyen una cifra inventada. Los alemanes nazis marcaban cada prisionero con un número porque anotaban su nombre y antecedentes junto a este en sus libros, tal como la organización típica de su germanismo les impelía a hacer; archivos que actualmente están en Alemania, resguardados por curadores para ser revisados por quienes deseen hacerlo, y para la posteridad. Y miles de pueblos arrasados y desaparecidos en los que vivían judíos, cuyo único recuerdo es algún pequeño monolito de piedra con el nombre, perdido entre la hierba, o un cementerio judío frente a un pueblo que ya no los tiene, después de cientos de años con judíos entre sus moradores.


En los casi setenta años transcurridos desde el fin de la guerra en una Europa que quedó sin las voces del yiddish, sin las tres generaciones que heredarían la rica herencia judía de países que les habían tenido más de mil años en su territorio, muchas veces más que el resto de sus habitantes, los seis millones se habrían tornado en dieciocho o quizás veinte millones. Allí la humanidad perdió la oportunidad de un desarrollo increíble de parte de judíos y sus descendientes: con seguridad pudo estar la cura del cáncer, la cura del sida; el desarrollo de avances que pudieron ser convertir el agua en combustible para vehículos y máquinas, la traslación instantánea mediante descomposición acá y recomposición en otro lado; la eliminación de la polución gracias a algún método novedoso. Incluso, quizás hasta el viaje en el tiempo. En fin, tantos nuevos inventos y desarrollo en la ciencia, medicina, tecnología y en el saber humano, que probablemente se retrocedieron siglos en el avance de la humanidad.


Quien dude de esto, debe meditar sobre lo que el pueblo judío ha dado al mundo. La invención del teléfono celular de parte del recién homenajeado Cooper, el desarrollo de sistemas como microchips y nanotecnología, redes como Google – con el joven judío ruso Brin -, Facebook con Zuckenberg, Uri Levine con la reciente Waze, Messenger, etc. El lápiz a pasta del judío húngaro Biro, los bluejeans de Levi, las vacunas contra la polio, los novedosos sistemas médicos, los filósofos, los escritores, el desarrollo del cine y la televisión. Tantos aportes que darían para una enciclopedia; lo que ha sido reconocido con tantos premios Nobel y de todo tipo a lo largo del mundo.


Y a pesar de todo, la resiliencia, que es la característica principal del pueblo judío, le ha permitido recomponerse y sobrevivir, a pesar del indudable golpe sufrido con el asesinato de la tercera parte de su gente. Casi no hay judío que no tenga entre los suyos a alguien que fue matado por el sólo hecho de serlo. Sin embargo, a pesar de no olvidar ahora ni nunca lo ocurrido, el odio no cubre las mentes judías; sólo el seguir adelante, tal como sucedió durante su larga historia.


El judaísmo era una religión que se movía en torno al Gran Templo de Jerusalem. Los peregrinos llegaban allí durante las fiestas indicadas, hacían sus ofrendas, eran guiados por los sacerdotes en su fe. El pueblo nómade anterior a que se estableciera en la Tierra Prometida llevaba el culto en el Tabernáculo. Este, llamado realmente“Mishkán” en hebreo, “morada”, porque en efecto era la de Dios, era un santuario móvil, construido por Moshé según las instrucciones que Dios le diera en el monte Sinaí, junto a las Tablas de la Ley.


Más adelante, el rey Salomón construyó el Primer Templo para sustituir el Mishkán como único sitio de sacrificio y culto del pueblo judío. El año 586 AC fue saqueado y destruido por Nabucodonosor II, rey de los babilonios, que llevó a los dirigentes y a toda la población más preparada a un exilio en Babilonia. Setenta años después, el rey Ciro II de Persia conquistó Babilonia, permitiendo a los judíos cautivos volver. La mayoría lo hizo bajo la dirigencia de Esdras, y se juntaron así con los que habían permanecido en la tierra conquistada de Israel. Muchos otros no quisieron retornar a su patria y se quedaron en Babilonia, donde formaron la comunidad judía que permaneció allí hasta el siglo XX, cuando con la recreación del Estado de Israel fueron obligados a abandonar Bagdad.


Los judíos retornados completaron el Segundo Templo el año 515 AC, durante el reinado de Darío I, aunque fue mucho más modesto que el primero. Finalmente el Templo fue reconstruido con suntuosidad por el rey judío Herodes de Grande y sus sucesores, hasta que los romanos bajo el mando de Tito lo destruyeron definitivamente el año setenta, durante la revuelta de los zelotes –nacionalistas judíos que luchaban contra el yugo romano – en el sitio de Jerusalem. (Como es sabido, su único vestigio actual es el Muro Occidental, Kotel Hamaaraví, llamado “Muro de los Lamentos”).


Sin el Templo, la religión judía pudo desintegrarse. Sin embargo se reinventó; el Templo físico fue sustituido por lugares de reunión (“Sinagoga” en griego), donde con un quórum de diez varones mayores de edad, es decir, que se hubieran confirmado como tales tras su Bar Mitzva (“hijo de los mandamientos”), se podían realizar las ceremonias del culto. De manera que el judaísmo, sin el Templo, pudo ser llevado a todos los rincones del exilio al que fueron lanzados sus miembros. Y esto ha perdurado hasta el día de hoy.


El pueblo judío, sin la protección de un Estado Judío propio, y acusado por el cristianismo de haber matado a su Dios, fue perseguido, humillado, torturado, expulsado, impedido de ejercer profesiones o de acceder a bienes, y las más de las veces asesinado impunemente. Durante dos mil años, sin embargo no fue completamente destruido porque los jefes de la Iglesia Cristiana les querían presente para tenerlos como los testigos mismos de la veracidad de sus acusaciones: debían sufrir durante los siglos de los siglos por haber supuestamente cometido deicidio, a pesar de que era conocido que los que asesinaran al judío Jesús habían sido los romanos de la potencia que ocupaba el país judío. Todo lo que finalmente culminó en el Holocausto, el asesinato masivo del pueblo judío.


Hay quienes dicen hoy en día que Israel nació debido al Holocausto, como una especie de reparación de parte de los países que no hicieron nada por evitarlo. Pero eso no es así, comenzó mucho antes. Nunca dejaron de vivir judíos en Israel. Jerusalem siempre tuvo mayoría de habitantes judíos; y siempre había quienes volvían a vivir en la tierra que fuera su patria. En Sfat – Safed – fue donde sabios judíos postularon la Kabalah, la ciencia del misticismo judío, estableciendo la Escuela de Sfat. (Es considerada ciudad santa judía junto a Jerusalem, Tiberíades y Hebrón).


Tras la Primera Guerra Mundial, cuando el Imperio Otomano se desintegró junto al Imperio Austro Húngaro, muchos pueblos que habían sido subyugados bajo ellos exigieron a la comunidad internacional que reconocieran la validez de su existencia y apoyaran su independencia nacional. Entre estos estaba el Pueblo Judío.


En la ciudad de San Remo, Italia, el Primer Ministro de Gran Bretaña, el de Francia y el embajador de Japón se reunieron entre el 19 y el 26 de abril de 1920 para definir como repartirse la administración de las ex provincias del desaparecido Imperio otomano. Francia y Gran Bretaña dieron a Mesopotamia y Siria una independencia provisoria, y se adjudicaron el mandato para administrar – y explotar– territorios del Medio Oriente. Francia lo hizo sobre Siria, que incluía el actual Líbano (origen de que Siria considere suyo el territorio de ese país hasta la actualidad), y Gran Bretaña tomó la administración de lo que después creó como el reino de Irak, y el distrito otomano que llamó Palestina (en recuerdo del nombre que el emperador romano Adriano diera a Israel, para humillar a sus habitantes judíos).


Esta Conferencia confirmó la Declaración Balfour de Gran Bretaña del 8 de noviembre de 1917, que establecía un hogar nacional para el pueblo judío en ese territorio llamado Palestina por los británicos, que comprendía ambos lados del río Jordán, incluyendo la actual Jordania y la Franja de Gaza. La Liga de las Naciones confirmó las decisiones de la Conferencia de San Remo en julio de 1922, las que aceptó Turquía en el Tratado de Lausanne en 1923.


Sin embargo Gran Bretaña, en 1922 desconoció su obligación y tomó todo el territorio al este del río Jordán, que comprendía las dos terceras partes de la Palestina, e inventó un emirato, frente al cual puso a Abdala I, de la familia de los hachemitas, que habían sido expulsados por Ibn Saud de la que después sería Arabia Saudita. Ese emirato se convirtió en 1946 en el reino de Transjordania bajo la tutela de Gran Bretaña, la actual Jordania. Su población es casi toda árabe palestina, y está regida por una minoría: la familia que reina, los hashemitas, más otros provenientes de Arabia Saudita, y beduinos.


Lo que quedó de la cercenada Palestina del Mandato Británico, al oeste del río Jordán, y que incluía la Cisjordania y la Franja de Gaza, siguió siendo considerada el Hogar Nacional del Pueblo Judío, tal como lo confirmara la Liga de las Naciones. Sin embargo esto fue desconocido, y en 1947 las Naciones Unidas creó un plan de partición de ese territorio dividiéndolo de nuevo, para darle la mitad a árabes palestinos, a pesar de que ya tenían las dos terceras partes de la Palestina original con Jordania. De manera que el Israel actual es apenas un pequeño porcentaje de lo que la Conferencia de San Remo le había confirmado y dado.


Pero de igual manera el tener un país propio ha sido mejor que nada. El no cumplimiento de las promesas establecidas oficialmente, la desfachatez con que quitaron el territorio otorgado, no obviaron que el pueblo judío aceptara lo que fuera con tal de conseguir la independencia que le permitiera sobrevivir.


Nadie daba un peso por que los judíos pudieran resistir el ataque de los ejércitos árabes de cinco países, más los voluntarios de otros muchos, al anunciar al mundo su independencia. Pero ante su estupor, les vencieron y siguieron haciéndolo en las muchas guerras que han seguido. Tampoco le ha importado mucho al mundo los ataques constantes que Israel ha sufrido a manos de terroristas, al menos hasta que comenzaron a sufrir de esos ataques ellos mismos, lo que al parecer les han hecho comprender en parte lo que los israelíes han padecido.


El país judío está cumpliendo sesenta y cinco años. Ha debido sufrir muchas guerras, ataques terroristas de los fedayines egipcios, de la OLP de Arafat y Abbas, de los grupos escindidos de este último grupo, ataques de suicidas, de bombas y cohetes, de infiltrados para asesinar impunemente. Y sin embargo se ha podido desarrollar a pesar de esa anormalidad que ningún otro país habría podido resistir. Ha creado arte, literatura, teatro. Ha inventado tantas novedades en todos los campos que deja absorto al mundo. Es el tercer país del mundo más importante en el desarrollo del mundo de la informática, es uno de los líderes en innovación tecnológica en todos los campos. Su aporte es tan vasto, que se hace difícil enumerarlo. Tiene ya diez premios Nobel a pesar de su corta existencia.
Pero lo más importante es que Israel ha permitido a los judíos del mundo plantarse con orgullo frente a la humanidad que les ha perseguido por serlo y acusarlos de cualquier cosa. Todavía hay muchos a los que les cuesta entender que se acabó el que llamaban“judío despatriado”, por mucho que este estuviera en ese territorio mil años antes que sus acosadores. En su desesperación, al ver que el antisemitismo atávico ya no resulta como antes, lo han desviado hacia Israel, al que ahora tienen como el judío entre las naciones, al que hay que intentar destruir: el judío al que asesinar, “holocaustizar”.


Sin embargo, tal como el Pueblo Judío ha perdurado más de cuatro mil años, su patria ancestral, Israel, también permanecerá. Está cumpliendo con el sueño de Teodor Herzl, ser la“luz de las naciones”. El aporte que está dando al mundo con su creatividad es motivo de reconocimiento. La ayuda humanitaria y social hace que los beneficiados lo reconozcan; aunque esto último escasamente se de a conocer, seguramente motivado por el antisemitismo latente. ¿Dónde se informa sobre la ayuda en terremotos, tsunamis y desastres de todo tipo? ¿Quién se enteró de que Israel trajo a su territorio refugiados musulmanes para salvarlos de la matanza étnica en la reciente guerra en la ex Yugoeslavia? ¿O de que en el pasado fue uno de los pocos países que ayudó y recibió a los refugiados vietnamitas en sus balsas precarias? Tampoco se cuenta sobre la enseñanza gratuita de métodos productivos en países del tercer mundo; o de cómo Israel no se guarda para sí lo que inventa para que sea de utilidad para todo el mundo. ¿Quién sabe que en Israel se recibe en sus hospitales a pacientes de países que se consideran enemigos del país judío? ¿Alguien esta enterado que en esos hospitales se atiende a niños y adultos de Gaza y Cisjordania, e incluso de Irán y otros lugares? ¿Dónde se ha publicado que Israel ha puesto un hospital en la frontera con Siria para atender a refugiados de esa guerra civil?.

A pesar de todo el antagonismo, Israel cumple un año más. Por mucho que lo critiquen, su luz se hace día a día más potente al dar a las naciones del mundo el mandato judío del Tikún Olam, el mejorar el mundo. Y seguirá adelante, para orgullo de todo el Pueblo Judío.


 

 Comparta este artículo con sus contactos:

    

 

Ir a página principal