¿Y cuántos antisemitas caben en un títere?
Rabino Roberto Feldmann

 

Todos. Todos los que están en la tribuna, contemplando el circo. Todos los que se frotan las manos porque pueden comentar el video en youtube, escondidos en el anonimato de sus seudónimos.

No me parece que lo más grave de esto sea la Schadenfreude, la morbosidad sin gracia alguna que se ríe de la Shoá. No me parece que sea lo peor, porque mientras haya conciencia de ser antisemita, y de hacer un comentario antisemita, un acto antisemita, o un crimen antisemita, todavía quedan los buenos seres humanos que no lo son, o los que en una turbiedad de crianza, al menos no se permiten un comentario de una crueldad que no dirigen contra otro grupo humano alguno.

Para mí lo peor está en otra cosa, que parte con la respuesta del encargado: “yo no discrimino a nadie”. Como si importara si el mediocre antisemita que se esconde tras un muñeco “discrimina” o “no discrimina” a alguien. O sea, si ese cretino habla con Julián Elfenbein o Vivi Kreutzberger, todo está bien, porque “no discriminó a nadie”.

Déjenme entender bien esto: Si alguien hiciera un comentario morboso sobre los torturados o detenidos desaparecidos, como Pinochet que decía que “mejor poner a dos en un mismo cajón”, para ahorrar balas y cajones… pero saluda luego a Michelle Bachelet en la parada militar, entonces “no discrimina” y todos podemos sonreír aliviados, diciendo: “Menos mal, yo creí que Ud. discriminaba. Qué equivocado que estaba”.

Lo peor no es ni el espeso antisemitismo que se burla de seis millones de asesinados, víctimas del odio más irracional; y se ríe de la humanidad que aún conserva humanidad, que conmemora haber perdido a esos seis millones de judíos, víctimas del peor genocidio de la historia de la humanidad: el más industrial, moderno y eficaz.

Lo peor no es tampoco el comentario en sí –podría haber negado el Holocausto, como Ahmadinejad, Irvine o Chávez, y ser mucho, pero mucho peor-.

Lo peor, en serio, parte con que “nadie es antisemita”. ¿Se han fijado? Es Chile, Latinoamérica, Europa, Asia, el mundo, que recita sin caérsele la cara: “yo no discrimino a nadie”.

¿Se han fijado que el antisemitismo, según todas las mediciones –y no de oenegés judías solamente- detectan un aumento explosivo de odio al pueblo judío: atentados, asesinatos, golpizas, profanaciones, bombas incendiarias, artículos de medios de comunicación, etc...? Y que ha aumentado tanto en los últimos años, al tiempo que “nadie” “odia a los judíos”. “Solo soy antisionista”. O “solo soy anti-Israel”. Falta el clásico: “Algunos de mis mejores amigos son judíos…”. O tal vez: “si son tan inteligentes, cómo podría yo  odiarlos…”

La semana pasada, acudí a la Universidad Católica, a pedido del muy amable Director del Departamento de Investigaciones, Juan Larraín. Como rabino y docente en la Universidad Católica, quería recabar mi opinión sobre la propuesta de dos profesores, de usar la universidad para mostrar el libelo antisemita “Siete Niños Judíos: una obra por Gaza” (“Seven Jewish Children: a play for Gaza”) de Caryl Churchill. Es el más cínico, horrendo libelo anti-judío desde “Der Stürmer”, o “Jud Süss” o “Der Ewige Jude”. Ni siquiera la BBC -¡la BBC!- lo transmitió. Pero el vómito viene presentado con la trampa eficaz de ser “obra de arte” que aborda “la contingencia”. Entonces, el hecho que sea monstruosamente antisemita, le pasa de largo al buen Juan Larraín. Lo atrapa en esa telaraña. La U.C. no puede aparecer ir ni contra “el arte” ni contra la “libre opinión”... Jaque mate.

Lo que él quiere saber, es si a la comunidad judía le molestaría. O más precisamente, si él, desde su cargo, se metería en un “tete” si permite esta “obra” que hablaría –me explica- “no desde el lado israelí, sino desde el lado árabe”. Como si no hubiera nada de malo per se en presentarnos como seres lascivos que salivamos por derramar (y beber) la sangre de niños cristianos o palestinos. Como si esas acusaciones medievales fuesen verdades incuestionables, y todo lo que se intenta recabar de mí, es si le pisará los callos a la comunidad judía, que se hable desde el ‘otro lado’. Y se subentiende que “igualmente válido y legítimo”, solo “el otro lado”. El otro.

Como si decir que los comunistas comen guaguas, podría “irritar” al PC, porque sería hablar desde “el otro lado”, la “otra verdad”. Como si decir que los empresarios violan a las mujeres de sus obreros, pudiera ofender a la Cámara de Comercio, porque haría un audiovisual del “otro lado”. Como si decir que los ecologistas quieren que la gente se muera de hambre y no haya progreso, llevara a preguntarle a Sara Larraín, si decir esa “verdad indiscutible” pudiera “irritar” –digamos- a Greenpeace, y por ende, resultarle un “tete” a Juanito, y a Mandiola y Zañartu gobernando a la Pontificia Universidad Católica de Chile, quienes quieren decirle sí a estos profesores, pero sin olitas por favor.

Solo que ningún profesor se atrevería a proponerle un audiovisual a la Universidad Católica que dice que los comunistas comen guaguas, o que los empresarios violan a las mujeres de sus obreros, -o viceversa- o que los ecologistas tienen por objetivo hambrear a los chilenos y volvernos a la época de las cavernas. Juan Larraín no invitaría a ningún comunista, empresario o ecologista, a recabar si un audiovisual así “irritaría” a tal partido, al empresariado o al ambientalismo.

Pero un audiovisual que vuelve sobre el libelo de Mohammed al Dura – “asesinado por los israelíes”. (No, no fueron israelíes, finalmente) ícono antisemita- no fuera una vergüenza para la U.C., ni un escándalo para sus estándares académicos, ni la pérdida de toda seriedad ante hechos históricos documentados. Sino, solo si “pisa los cayos a los judíos”, que seríamos tan “híper-sensibles” que podríamos –como siempre- saltar y reclamar, alegar, protestar, y escribir cartas a COPESA, al Ministro de Educación, o –imagínense- al Rector de la U.C. respecto que nos produce prurito ese ‘otro lado de la verdad’, según el cual, los israelíes haríamos “un holocausto” con los palestinos. Tan majaderos y problemáticos que somos. ¿Cierto?

El Conflicto Israelí-Palestino S.A. es el conflicto favorito del mundo. Hamas mismo dice que la mayoría de los 1300 terroristas muertos en la guerra de enero de 2009, eran sus terroristas. Perdón: “militantes”. La cifra de israelíes muertos es irrelevante para estos fans del Conflicto Israelí-Palestino S.A. En Siria, árabes matan a árabes, y la cifra es de 90.000 asesinados, más de medio millón de desplazados internos, más de dos millones de refugiados. Pero ese “conflicto” no califica como un verdadero conflicto. Menos para un audiovisual.

¿Por qué? Porque no hay judíos a un lado del mismo. Solo árabes. Y culpar a árabes no interesa. Culpar a judíos sí. Por eso Tíbet, Sri Lanka, Darfur, Camboya, Iraq, Afganistán, México o Pakistán, no ameritan audiovisuales de odio y mentira. Son conflictos que se mencionan de vez en cuando, y luego se pasa a la siguiente noticia. No hay judíos, no hay israelíes, no se despierta en nadie la morbosidad antisemita que ¡jamás! –“¡qué estás diciendo!”- le habita a nadie adentro. Millones de dólares y euros para el Movimiento de Solidaridad Internacional con Palestina. Para la UNRWA, Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos en Oriente Próximo. O el IHH, lleno de jihadistas fanáticos que gritan “¡Matemos Judíos! ¡Allahu Wakbar!” blandiendo hachas y machetes, como los que mataron al soldado británico anteayer en Londres.

Hasta Obama se traga que este conflicto, -no otro-, es la causa de los males del mundo, -tipo “Die Juden sind unser Unglück” - la causa del terrorismo islamista. Y no pocos cretinos lo creerán.

Antes de 1967, Cisjordania era jordana, y nadie hizo libelos anti-jordanos, “pro-palestinos”. Antes de 1967, Gaza estaba en manos de Egipto. Y nadie hizo libelos anti-egipcios. Y la OLP, que nació en 1964, no denunció a Jordania y Egipto jamás. Liberar a Palestina (que pudo declararse estado tranquilamente en 1948, junto a Israel) no tiene gracia si no es “liberarla” de los judíos. Es decir, exterminar a Israel. Y eso trataron de hacer cinco ejércitos árabes invadiendo el recién nacido estado judío, Israel, que no había cumplido un día siquiera.

Y si los judíos desmantelan toda casa, todo vivero, todo retén en Gaza, -hasta las sinagogas- en Agosto de 2005, y evacuan el territorio a favor de los palestinos, estos arrojan cohetes y misiles sobre Israel. Para matar a quien sea judío. En Chile nos arrojan audiovisuales con ojivas de mentiras descaradas. El objetivo es demonizar y deslegitimar al estado judío, y al pueblo judío.

Pero en “Siete Niños Judíos”, todo esto se oculta: Israel construye el muro no por defenderse de los bombarderos suicidas que matan y mutilan a civiles israelíes por miles, sino por maldad, por “Apartheid”, por la irredenta perversidad judía (deicidio finalmente) que en el fondo hace que Israel sea el único país del mundo que no tiene derecho a existir. ¿Por qué? Porque es judío. “¡Noooo!” –Dirán- “¡no es eso, es que Israel…!” y para eso es esa obra que estos profesores quieren montar. Shylock 2.0. Pero mucho, mucho peor. Shylock era ficción teatral. Estos profesores de la U.C. se refieren a “la contingencia” del Conflicto Israelí-Palestino S.A.

¿Pol Pot? ¿Stalin? ¿Mao? Nada comparado con lo que hacen “los judíos con los palestinos”. Y con eso, la mala conciencia de lo que el cristianismo y Europa hicieron con los judíos se alivia. Si los judíos seríamos peores que lo que nos hicieron, -así va la fantasía- nos aliviamos de nuestra mala conciencia. La perversión funciona así: Nunca nos van a perdonar a nosotros los judíos, lo que ellos nos hicieron en el Holocausto.

Ergo se perfuman de legitimidad moral, de ética política, -libertad de pensamiento, y artística; libertad de expresión-. Y si alguien dice “esto no lo harían con ningún otro grupo humano, son antisemitas” dicen “¿Viste que eres perseguido? ¡No somos antisemitas! Algunos de mis mejores amigos…” Y Juanito Larraín les cree. Su preocupación es la de Poncio Pilato: Quedar libre de polvo y paja.

Y ese es el problema. Les cree que no son antisemitas. Que no es el odio al pueblo judío lo que les motiva a copiar y montar una monstruosidad propagandística antisemita como “Los Protocolos de los Sabios de Sión” de la policía del Zar, y hacerlo al más puro estilo de Julius Streicher y Joseph Göbbels. Les cree que se trata de un ‘otro lado’. Nada más.

El peligro no es el muñeco “Murdock”. Ni siquiera que se burle de nuestros abuelos y abuelas, seis millones de judíos convertidos en cenizas. El peligro es que los buenos tipos como Juan Larraín no captan siquiera que el odio al pueblo judío existe, y es espeso, intenso y vectorial. Y no lo capta porque es un buen católico. Y es en los evangelios donde parte el odio anti-judío. Y si los evangelios son “palabra de dios”, entonces el odio anti-judío es fresco y natural después del postre; divino, y hace dos mil años recorre la corriente sanguínea del cristianismo y los cristianos, sin que haya un cuestionamiento sobre ello. Ni hablar de un cuestionamiento honesto.

Cuando Mel Gibson hizo “La Pasión de Cristo”, un joven sacerdote católico que compartió un set de televisión conmigo, no era capaz de ver el antisemitismo grueso y horrendo de ese otro libelo. Mal que mal, era lo que los evangelios decían. Si los judíos somos lo que dicen los evangelios, ¿dónde está el problema? ¡¿No será que Ustedes son muy perseguidos?! –preguntó retóricamente. Y así se saltó olímpicamente el Concilio Vaticano Segundo y Nostra Aetate. (Ni siquiera pudo decir de qué se trataba eso). Acabó su cafecito, se despidió educado y molesto, y se fue. Voilà.

Lo peor del antisemitismo, es que está en el torrente sanguíneo de la cristiandad, y ahora del Islam, y que nada anti-judío resulta que lo es. El odio antijudío no existe. “No hay tal”. Decir que horadamos la ostia o usábamos sangre de niños cristianos para hacer Matzá, o que usamos sangre de niños palestinos, o que matamos al niño Mohammed Al-Dura, o que construimos una valla de seguridad que (en 5% de su segmento) es un muro cemento de ocho metros de alto, sería por joder o robar: Nadie reventó niños israelíes en las micros, los colegios, los mercados, las heladerías.

¿Cuántos antisemitas caben en un calcetín? Todos. Y en Chile son millones. Y lo peor no es eso. Sino que son millones que no tienen ni el valor ni la honestidad para detenerse ni un minuto de sus vidas y meditar, para decir la verdad derechamente: Me importa un bledo el odio al pueblo judío y el odio a Israel, porque es el estado judío. Total, los evangelios son palabra de dios. Mi indiferencia -cuando no mi propia mala leche o mi odio antijudío, un milímetro bajo la superficie- “¿Qué debería yo revisar?”…

Lo peor del antisemitismo es que los antisemitas juran que no están afectados por el virus, la pandemia incurable que lleva ya dos mil años. Y si odian al pueblo judío, dicen que no es así, porque “yo no discrimino a nadie”. Solo demonizan a Israel, lo deslegitiman, y lo odio paridamente, fuera de toda lógica, proporción, sentido, contexto, conocimiento de causa, honestidad académica. Y me sirvo de algún judío trastornado que se odia a sí mismo: ese me sirve de perilla. Y siempre puedo agregar, -aunque en rigor no sean más que conocidos-:

“Algunos de mis mejores amigos son judíos… ”

 

Rabino Roberto Feldmann.

 
 
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