Golpe de estado

Tiberio Yosif Klein

En estos días se conmemoran en Chile los 41 años del Golpe de Estado que hicieran las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile contra el gobierno legalmente elegido del socialista Salvador Allende. A pesar de los años que han pasado desde que ocurriera esa violenta acción, aún la sociedad chilena se ve polarizada frente a lo acontecido, dando cada sector sus propias opiniones sobre las causas y razones de lo que llevó a la tragedia que remeció al país.

Independiente de lo que se piense al respecto, el dolor de los que perdieron a sus seres queridos en los asesinatos perpetrados por la organización militar golpista no mermará jamás, tal como al Pueblo Judío le será imposible olvidar los asesinatos de la tercera parte del mismo durante el Holocausto perpetrado en la Segunda Guerra Mundial, organizado de manera perversa por la Alemania nazi y sus colaboradores de muchos países.

Un Golpe de Estado es la toma del poder político de manera violenta y repentina de parte de un grupo de poder, que así vulnera la institucionalidad establecida del Estado. El concepto se comenzó a usar en la Francia del siglo XVII  (“Coup dÉtat”), cuando el Rey tomó medidas violentas y repentinas sin respetar las normas legislativas ni morales, más que nada para deshacerse de sus enemigos. Es similar a lo que hoy en día se conoce como “autogolpe”, para desplazar a ciertas autoridades del estado de parte del ejecutivo.

Se amplió este concepto en el siglo XIX para referirse a una acción violenta de parte de un componente del Estado, como son las Fuerzas Armadas, para desplazar a la dirigencia. Este es distinto a la “revolución”, ya que esta es generalmente organizada por civiles ajenos al manejo del Estado.

En 1930 escribió Curzio Malaparte el libro “Técnica del Colpo di Stato” (Técnica del Golpe de Estado), imponiendo el uso del término. Malaparte aplicó el concepto de Golpe de Estado a una operación ejecutada no sólo por integrantes del Estado (como los militares), sino también por civiles que a través de la desestabilización social buscan la caída del gobierno para acceder al poder. Diferenció el concepto de Golpe de Estado de los de Guerra Civil y Revolución, aduciendo que la sorpresa y duración reducida de las operaciones los hace distintos.

El golpe de Napoleón Bonaparte el “18 Brumario” (según el calendario revolucionario francés) habría sido el primer Golpe de Estado moderno. Otros en la primera mitad del siglo XX serían el de Primo de Rivera en España, el de Pilsudsky en Polonia, el de Trotsky en Rusia y el de Mussolini en Italia, entre otros más.

(Curzio Malaparte, 1898 – 1957, cuyo nombre verdadero era Kurt Erich Suckert, fue un periodista y escritor italiano hijo de padre alemán y madre lombarda. Capitán en la primera guerra mundial, formó parte de la Marcha Sobre Roma de los fascistas de Mussolini, y fundó el periódico “La Conquista dello Stato”. Su libro La Técnica del Golpe de Estado se prohibió en muchos países).

A las puertas de las elecciones presidenciales en que ganó Allende el año 1970, se dice que habría un promedio de unos 30.000 judíos en Chile, con unas cuarenta instituciones afiliadas al Comité Representativo de Chile. (En 1972 el semanario La Palabra Israelita afirmaba que eran unos 32.000 los judíos chilenos). Censos comunitarios señalaban que había ochocientos universitarios judíos en el país, que representaban en la Universidad de Chile, la mayor y gratuita, el 4% del alumnado.

El Comité Representativo de la Comunidad Israelita de Chile, que representaba sólo al judaísmo institucionalizado, por estatutos se declaraba políticamente neutral. En el artículo 30 de su estatuto de 1940 decía: “La colectividad tiene una posición neutralmente apolítica en el orden local y mantendrá inalterable dicha posición, y no dejará por motivo alguno que tal prescindencia sea quebrantada, por lo que desautoriza con anticipación a toda persona, grupo o sociedad que pudiese usar indebidamente la representación colectiva en asuntos relacionados con la política nacional chilena, dejando constancia que los judíos chilenos, por nacimiento o nacionalización, que gozan de derechos cívicos nacionales o municipales, actúan siempre bajo su responsabilidad individual”.

Antes de las elecciones presidenciales de 1970 se polarizó el cuadro político en el país. La derecha estaba encabezada por Jorge Alessandri y la izquierda por Salvador Allende. Un tercer candidato era el demócrata cristiano Radomiro Tomic. Se produjo un clima de terror, acusando la derecha a la Unidad Popular (el grupo de la izquierda de Allende) de querer instaurar en Chile el comunismo soviético.

Esta polarización afectó al judaísmo local también. Durante la campaña electoral el Frente de Izquierda Sionista (FIS), constituido por jóvenes cercanos al partido sionista Mapam, invitó casi un mes antes de las elecciones al candidato Salvador Allende a una reunión, rompiendo así el consenso de no intervención judía en el proceso electoral. Pero esto no fue una actitud del momento, ya que el FIS, junto a otros elementos de la izquierda sionista habían organizado un “Comité Chileno Pro Paz en Medio Oriente”, que con su slogan de que “sólo la paz es revolucionaria en Medio Oriente” logró acercar a personajes de la izquierda chilena al sionismo de izquierda. En el directorio del Comité Pro Paz figuraron el escritor Manuel Rojas, que fuera uno de los fundadores de la Central Única de Trabajadores (CUT), Clotario Blest, el senador Rafael Gumucio, líder del Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), Hugo Cancino, dirigente de la Iglesia Joven, el socialista Eric Schnake y judíos de izquierda. Los jóvenes izquierdistas judíos, fieles al programa de la Unidad Popular, tras la victoria de Allende combinaron las visiones de la izquierda chilena con la izquierda sionista declarando: “Hacemos votos para que en medio de los ingentes esfuerzos que tendrán que invertirse en Chile para imponer un justo régimen socialista, se halle el respiro necesario para apoyar las actuales gestiones de Paz en el Medio Oriente”.

(Refael Agustín Gumucio, 1909 -1996, abuelo del político Marco Enríquez Ominami, fue miembro del Partido Conservador, uno de los fundadores de la Falange Nacional, fue el primer presidente del Partido Demócrata Cristiano (1957), y después se unió al MAPU y a la Izquierda Cristiana).

(Clotario Blest Riffo, 1899 – 1990. Dirigente sindical chileno, fundador de la Agrupación de Empleados Fiscales (ANEF), de la Central Única de Trabajadores (CUT), del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), y del Comité de Defensa de los Derechos Humanos (CODEHS))

Allende ganó las elecciones con un 36,62%. Alessandri obtuvo el 35,27% y Tomic un 28,11%, dentro de una votación de 2.954.799 votantes con una abstención del 16,53%. Esto hizo difícil que su programa tuviese un apoyo popular y masivo como pretendían sus seguidores, ya que sólo ganó con la tercera parte de los votantes, y los grandes intereses económicos no tardaron en hacer lo posible por boicotear las acciones de la UP, en las que Estados Unidos tomaron parte activa, si bien de manera discreta.

Allende tuvo una actitud positiva hacia los judíos chilenos. Esto venía de antes, cuando en 1939, siendo Secretario General del Partido Socialista de Chile, Allende intercedió ante el presidente de entonces, Pedro Aguirre Cerda, para que los refugiados judíos alemanes fueran admitidos en Chile sin visas de ingreso. Pese a esto, tras las elecciones en que la UP ganó, se desató una ola de pánico entre muchos residentes chilenos, entre ellos un gran número de judíos, y aproximadamente 3.000 abandonaron el país.

Durante el gobierno de la UP se produjo un cierto incremento del antisemitismo de parte de la derecha política y de ciertos sectores de izquierda. Aparecieron slogans antijudíos firmados por ANATI (Asociación Nacional de Trabajadores de Izquierda), del que el gobierno se desligó. Aparentemente eran ciertos elementos árabes los que promovían esas campañas antisemitas. El antisemitismo de derecha se manifestó en el diario Tribuna, acusando a judíos como Atila, Baytelman, Faivovich o Teitelboim de imputar a industriales árabes, así como a periodistas como Oscar Waiss y Frida Modak. También fueron acusados en campañas antisemitas funcionarios judíos de izquierda como David Baytelman (Corporación de la Reforma Agraria), David Silberman (Corporación del Cobre), Jaime Faivovich (Intendencia de Santiago), Enrique Kirberg (Universidad Técnica del Estado), Enrique Testa (Consejo de Defensa del Estado), y varios otros.

Tras el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, el 17 de septiembre el Comité Representativo envió una carta de felicitación por Fiestas Patrias a la Junta de Gobierno, como acostumbraba hacerlo con cada gobierno en esa ocasión. El liderazgo comunitario judío chileno velaba por los intereses de los judíos del país, e intentó mantenerse apartado de la contingencia política. En octubre de 1973 la Colectividad Israelita donó dinero a la campaña de reconstrucción nacional propiciada por el nuevo gobierno, y la institución Wizo recogió donaciones para ser entregadas al Banco Central de Chile con el mismo objetivo.

A diferencia de lo ocurrido durante la dictadura en Argentina, en Chile el gobierno militar no tuvo cariz antisemita. Más aún, el general Pinochet instauró la costumbre de aparecer en la sinagoga principal durante la celebración del Yom Kipur (ante el estupor e incomodidad del rabino), seguramente para mostrar que no era antisemita frente a occidente, probablemente ante Estados Unidos. Sin embargo muchos judíos de izquierda fueron asesinados debido a sus cargos en el gobierno de la Unidad Popular, y a su militancia. Varios de los anteriormente nombrados, en especial David Silberman, estuvieron entre los miles de chilenos que el régimen militar ultimó. Otros casos fueron los de León Stoulman y su pareja Matilde Pessa, víctimas en Argentina de la Operación Cóndor (colaboración criminal de las dictaduras latinoamericanas), la joven Diana Arón, torturada y asesinada. También ese fue el destino de Carlos Berger Guralnik, asesinado por la llamada Caravana de la Muerte (donde el general Arellano Stark recorrió en helicóptero ciudades del norte de Chile asesinando a militantes de izquierda) y varios más.

El entonces rabino de la Comunidad Israelita Sefaradí, Ángel Kreiman, participó en el Comité Pro Paz y luego en la Vicaría de la Solidaridad, denunciando las violaciones de los derechos humanos y actuando para salvar a miembros de la comunidad judía chilena de la represión militar. Otros miembros de la comunidad judía también actuaron para salvar personas, especialmente elementos de la organización Bne Brith.

Es imposible que los familiares y amigos de los asesinados no los recuerden. Lo perverso del régimen militar fue haber hecho desaparecer los cuerpos y recuerdos de muchas personas ultimadas, lanzándolas al mar o dinamitándolas en el desierto. Esto ha hecho imposible que llegue la tranquilidad a sus deudos, pues siempre ha quedado en ellos la duda de su muerte, o al menos la intranquilidad de saber donde quedaron sus restos.

Los Golpes de Estado siempre han sido el fruto de los intereses de ciertos grupos desde el punto de vista económico. El de Chile obedeció a las grandes empresas nacionales y trasnacionales que querían proteger sus intereses. Para el gobierno de Salvador Allende y su Unidad Popular el problema fue, como ya se dijo, que al haber alcanzado el poder con sólo el tercio de la aprobación del país, no tenían el piso suficiente como para obtener el apoyo necesario para lo que querían lograr. Además el presidente no tuvo la capacidad de frenar a sus partidarios, que se lanzaron a arrebatar industrias, fundos agrícolas y comercio descontroladamente. Eso se los advirtió incluso Fidel Castro cuando estuvo en su alargada visita a Chile, pero no le hicieron caso.

El resultado fue el Golpe de Estado militar, que emprendió una ola de asesinatos a opositores políticos que llevaron a cabo, según se dice, en base a una planificación detallada de parte del sector militar estadounidense para dictadores afines anti comunistas. Al dictador Pinochet lo pusieron al mando para proteger sus intereses, y cuando cayó la Unión Soviética, y con ella la Guerra Fría, ya no les hacía falta. De manera que entonces lo sacaron de igual manera que lo habían puesto al mando, y siguiendo el mismo patrón que en otros países con otros dictadores: plebiscito.

Salió del poder, pero dejo tras de sí una estela de dolor para muchos, aunque sí la base para el desarrollo económico moderno de Chile. Y aparte de eso una polarización de la población del país que aún perdura a pesar de que hayan pasado cuarenta y un años. Hay heridas que cuesta que cierren.

 

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