Salam Shalom
Rodrigo Guendelman

“Hemos sido secuestrados, ambos pueblos somos rehenes de los extremistas de ambos lados, Israel-Palestina 2014”, dice un cartel que circula en redes sociales, que a su vez es citado en una muy buena columna de Quique Kierszenbaum en la edición internacional del diario El País. No puedo estar más de acuerdo. De hecho, estoy convencido de que son esos extremistas, léase Hamás y la extrema derecha israelí, los únicos que ganan con el actual conflicto en Gaza.

Escribo estas líneas desde la impotencia y la tristeza, pero también desde el optimismo. Me explico: soy uno de los veinte mil judíos que viven en Chile. Al igual que tantos otros grupos de inmigrantes, desciendo de gente que buscó en este país una mejor vida y la encontró. Mis abuelos maternos llegaron hace más de medio siglo desde Rumania, mi abuela paterna lo hizo hace casi un siglo desde Grecia y los padres de mi abuelo paterno llegaron hace más de cien años huyendo de las matanzas en Rusia, los temidos y espantosos pogroms.

Al mismo tiempo, cientos de miles de palestinos escapaban de los dominios del imperio turco y llegaban a este mismo país, tierra de oportunidades y espacio perfecto para volver a empezar. Ambas comunidades trabajaron codo a codo, nunca han dejado de hacer negocios e incluso existe una interesante cantidad de matrimonios judeo-palestinos que ejemplifican las buenas relaciones históricas.

En el comercio, especialmente en ese rubro, descendientes de ambas colonias eran un ejemplo de complementariedad: la colonia árabe fabricaba las telas y la colonia judía las vendía. Estoy seguro de que mi abuelo, un sastre que confeccionaba y comercializaba esas telas que les compraba a sus proveedores palestinos, no podría entender el clima de trinchera que existe hoy en Chile. Y al igual que los abuelos de tantos de mis queridos amigos y amigas palestinas, se revolcarán en su tumba.

¿Palestinos católicos apoyando a Hamás, un grupo fundamentalista islámico que persigue a los cristianos? ¿Judíos que dudan en condenar la muerte de cientos de civiles porque les parece que todo lo que dice y decide el gobierno israelí es lo que corresponde? ¿Palestinos que llaman a una marcha por la paz y van a gritar “asesinos” a la Embajada de Israel? ¿Judíos intentando explicar, con algún argumento racional, la espantosa muerte de eso cuatro niños en una playa de Gaza? ¿Y cada uno desde su rincón, esperando el próximo round?

Me da una pena tremenda la ideologización del conflicto palestino-israelí en Chile. Me produce angustia esta insoportable importación de un problema demasiado terrible y largo y complejo como para intentar simplificarlo en un tuiteo de 140 odiosos caracteres, en un lienzo o en una frase dicha con vehemencia. Somos semitas, somos hermanos, somos descendientes de un mismo antepasado, pero, antes que eso, somos chilenos que siempre hemos compartido con respeto, cariño y admiración. Hemos sido víctimas de los mismos chistes xenófobos. A ninguna de las dos colonias nos dejaron entrar jamás al famoso Club de Golf, ese tan fino y tan “selectivo”. A fin de cuentas, a los dos nos dicen narigones. Y nos confunden. Claro, si nos parecemos tanto. Nos gusta el humus, el falafel, el shawarma, la berenjena.

Somos comunidades que durante un siglo hemos convivido tan bien, pero hoy damos jugo frente al resto de nuestros compatriotas. ¿Qué es eso de quemar la bandera de Israel? ¿Qué es eso de no ser capaz de decir, mirando a los ojos, “a mí también me duele cada niño, cada mujer, cada hombre y cada civil palestino que está muriendo? ¿Qué es eso de no ser capaces de denunciar a Hamás por lanzar miles de cohetes desde Gaza? ¿Qué es eso de creer que basta el argumento de “ellos usan a la gente como escudos humanos” para desentenderse de la desgracia?

Me da vergüenza que seamos tan miserables. Que no podamos empatizar, ponernos en el lugar del otro y que creamos que ayuda en algo lanzar nuestros propios cohetes y misiles verbales-escritos desde esta remota franja de tierra sudamericana. No obstante, soy optimista. Veo una serie de iniciativas que se la juegan por la paz, como Salam-Shalom en Facebook, @CoexistChile en Twitter (de la que soy uno de los creadores), la iniciativa #ExportThePeace en Facebook del movimiento juvenil Tikva, el Consenso Chileno por la paz Palestino-Israelí en Facebook, el intercambio epistolar realizado entre jóvenes de ambas comunidades en el sitio www.chileb.cl, así como el grupo Propazpi. Todos ellos, proyectos donde sus miembros no tienen miedo a ser criticados por la ceguera de sus propias comunidades. No es fácil. Pero se puede. Coexistir es la única alternativa. Salam. Shalom.


Fuente: BlogRodrigoGuendelman
 Comparta este articulo con sus contactos:
      
 
 
Ir a página principal