‎¿Tiene Israel un socio para la paz?‎

David A. Harris



El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, dio un convincente y sincero discurso el 22 de mayo en una sinagoga de Washington.

Habló directamente sobre las preocupaciones y aspiraciones del pueblo judío, identificándose a sí mismo con los valores éticos judíos y con la travesía histórica judía como una metáfora de la búsqueda universal de paz y justicia.

A pesar de no haber sido planeado como un discurso sobre políticas gubernamentales, Obama sí hizo referencia al conflicto palestino-israelí, afirmando que:

“Tal como los israelíes construyeron un estado en su tierra patria, asimismo los palestinos también tienen derecho a ser libres en su tierra. Ahora bien, quiero enfatizar que esto no es fácil. Los palestinos no son los mejores colaboradores”.

Para comenzar, y al igual que la gran mayoría de los israelíes, siempre he creído que los palestinos tienen ese derecho. Sería bueno no sólo para los palestinos, sino también para los israelíes, pues permitiría a Israel terminar con una ocupación que nunca buscó, que data de 1967, y además le permitiría cambiar drásticamente la demografía dentro de sus propios bordes.

Pero hay un solo problema, el cual se encuentra contenido en siete palabras que dijo el presidente Obama: “Los palestinos no son los mejores colaboradores”.

La reacción de la audiencia fue reírse después de dicha frase. Pero, obviamente, no es un tema para la risa. De hecho, es la base del problema, y lo ha sido por décadas.

No digo esto como un argumento para debatir. No estoy tratando de ganar ninguna discusión. Sólo tengo una meta: ver el día en que Israel pueda vivir en paz, en una paz real y duradera, con sus vecinos.

Tampoco digo esto para sugerir que los líderes israelíes, por medio de sus palabras y acciones, se han comportado siempre de manera ejemplar.

Al igual que los políticos de todas las sociedades democráticas, ellos también son humanos y, consecuentemente, cometen errores; están sujetos a demandas del electorado y, en el caso de Israel, a las dificultades de formar una coalición, y pese a que pueden tener un buen entendimiento del pasado, no siempre tienen una buena visión a futuro.

Sin embargo, al final del día, las intenciones de los líderes palestinos no son para nada obvias. Otros, desde Washington a Bruselas, pueden pretender interpretar las metas palestinas. Pero, en el camino hacia encontrar una solución, por lo general ignoran, menosprecian o racionalizan aquellos elementos fundamentales que desafían sus evaluaciones.

Francamente hablando, los palestinos podrían haber tenido un estado y volverse “un pueblo libre en su propia tierra” en variadas ocasiones, pero, por razones que son mejor sabidas por sus propios líderes, decidieron no hacerlo.

Para muchos, esto suena totalmente contraintuitivo. Después de todo, si los palestinos han estado exigiendo un estado propio y les han ofrecido la mayoría de lo que supuestamente exigen, ¿cómo puede ser que sigan sin tener una nación?

Y aquí es donde el asunto se torna problemático.

Los portavoces palestinos y sus ayudantes buscan cualquier medio posible para desviar la atención de la responsabilidad que tienen por el estado presente de las cosas. Y generalmente se encuentran con audiencias receptivas, las cuales están listas para creer —¡a quién le importan los hechos!— que Israel, el chivo expiatorio de turno, es el único culpable aquí.

Pero entonces, ¿cómo se puede explicar el rechazo a la recomendación de la ONU sobre la formación de dos estados, uno judío y otro árabe, en el Mandato Palestino de 1947?

¿O el categórico rechazo a relacionarse con Israel luego de la Guerra de los Seis Días en 1967, cuando Israel hizo una propuesta de tierra por paz?

¿O la indisposición de los palestinos a aprender de los ejemplos de Egipto y Jordania, los cuales lograron la paz en términos favorables con Israel al reconocer el derecho de este de vivir en la región?

¿O el rechazo en el año 2000 y nuevamente en el 2001 a la oferta del entonces primer ministro israelí Ehud Barak, la cual contaba con el total apoyo del presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, para alcanzar un acuerdo de dos estados, y en lugar de eso comenzaron una “Segunda Intifada” en contra de Israel?

¿O la no aceptación, sin siquiera hacer una contraoferta, al plan de dos estados presentado en el 2008 por el entonces primer ministro israelí, Ehud Olmert?

¿O las recientes violaciones palestinas de los Acuerdos de Oslo de 1993, actuando unilateralmente, circunvalando a Israel y a la mesa de negociaciones, y dirigiéndose a los organismos de la ONU en los cuales podrían obtener votos de apoyo?

¿O el frecuente recurso palestino de la incitación, de lenguaje incendiario como “genocidio” y deificación de terroristas con la sangre de civiles israelíes en sus manos?

¿O el inescapable hecho de que un acuerdo de dos estados hoy en día es algo virtualmente imposible de alcanzar dado que Gaza se encuentra en manos de Hamás, una organización terrorista apoyada por Irán, cuya carta fundacional llama a la eliminación de Israel, y dado que el control que Mahmoud Abbas tiene sobre Cisjordania deja mucho que desear (menos aún sin la ayuda de las fuerzas de seguridad israelíes)?

Como judío, entiendo que buscar la paz es parte de nuestra identidad. Las palabras del profeta Isaías, “Una nación no levantará espada contra otra nación; y tampoco los hombres estudiarán más cómo hacer guerra”, definen nuestro ADN.

Pero ese no puede ser el inicio y final de la discusión. Hay una segunda realidad. Me gustaría que no existiese, pero nos golpea directamente en la cara. E invocar la nobleza de los valores judíos no hace que desaparezca.

La paz requiere un socio que comparta genuinamente la meta de terminar con el conflicto, que esté dispuesto también a sacrificar cosas por esa meta, y que ofrezca razones para creer que el futuro puede proveer un promisorio cambio respecto al pasado.

¿Cuenta Israel hoy en día con un socio como ese? El jurado aún esta deliberando. Pero cuando Israel cuente con uno, entonces la paz no sólo será posible, sino que, me atrevo a decir, será inevitable.

Fuente: Aishlatino
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