El antisemitismo es una obsesión siquiátrica incurable

David Mandel


El antisemitismo es una obsesión siquiátrica incurable, que puede acarrear consecuencias mortales, no para el antisemita sino para el objeto de su obsesión.

Esto lo ha demostrado el reciente trágico caso del joven judío francés Ilan Halimi torturado sádicamente durante tres semanas por musulmanes franceses inmigrantes de la Costa de Marfil. Halimi fue encontrado en las afueras de París, desnudo, con las manos atadas, con muestras de cortes y quemaduras. Murió en el camino al hospital.

Se calcula que la población mundial consta hoy de seis mil quinientos millones de personas, de las cuales 13 millones son judíos. La quinta parte del 1%. Es difícil entender la obsesión de antipatía y odio contra un número tan reducido de personas, que existe aún en países donde no hay presencia judía.

Teodoro Herzl propuso que los judíos abandonasen los países donde eran una minoría perseguida, para establecer un estado independiente en su patria ancestral, con lo cual, Herzl estaba convencido, el antisemitismo desaparecería.

Lamentablemente, la esperanza de Herzl no se cumplió. El antisemitismo es hoy más activo que en cualquier otra década desde la época de Hitler. Y el estado judío, Israel, es blanco del oprobio, denigración y odio de las naciones, similar al papel que al judío le ha tocado desempeñar en algunas de las sociedades donde vive.

Criticar a Israel es legítimo, pero cuando se juzga al estado judío con un standard distinto del que se aplica a otras naciones, eso constituye antisemitismo. Un ejemplo es que el mundo considera natural que en Israel viva una minoría árabe que goza de los mismos derechos democráticos, pero que a la vez no le moleste el hecho que en muchos países árabes no se permite a los judíos radicarse o siquiera visitar.

El eminente estudioso del Islam, Bernard Lewis, en su conferencia, "El Nuevo Antisemitismo", menciona que el más grave elemento de la judeofobia es acusar a los judíos de maldad satánica universal, cuyo clásico ejemplo es el popular panfleto "Protocolos de los sabios de Sión".

En el mundo occidental, dice Lewis, el antisemitismo ha pasado por tres fases:

  1. La fase religiosa comenzó con la demonización de los judíos y la acusación de deicidio, presentes ambos en forma virulenta en el Evangelio de San Juan. El judío, en esta fase, tenía la opción de convertirse y así eludir la persecución y la discriminación. Muchos de los que se convirtieron alcanzaron altas posiciones en la Iglesia y en la Inquisición. Durante siglos el odio a los judíos estuvo basado en la religión, hasta que el mundo se volvió básicamente secular, y rechazó el prejuicio religioso.

  2. La fase racial comenzó en España cuando numerosos judíos fueron forzados a convertirse al cristianismo. Debido a que habían dudas sobre la sinceridad de la conversión, los españoles inventaron el concepto de "pureza de sangre" para diferenciar entre los antiguos y nuevos cristianos. Ese fue el inicio del antisemitismo racial que llegó a su expresión máxima con el régimen nazi fundado por Hitler, que no permitió escape para el judío o para el descendiente del judío. Cuando el mundo, al terminar la Segunda Guerra Mundial, se enteró del genocidio perpetrado por los alemanes y sus aliados, el antisemitismo racial se desacreditó.

  3. La fase política e ideológica, que usa como pretexto el conflicto israelí palestino, provee hoy un disfraz moderno y aceptable a una obsesión psiquiátrica que comenzó hace dos mil años, y le permite asumir una actitud de superioridad moral. El antisemitismo ideológico es similar al antisemitismo religioso de la primera fase ya que también permite al judío "convertirse", abandonar su identificación de judío, y volverse judeofobo. Los ejemplos abundan tanto en el mundo en general como en el mismo Israel.


Fuente: Mienfoque
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