Evolución de la actitud cristiana hacia los judíos (1ª Parte)

Baruj Garzon
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El 8 de Mayo de 2015 se celebró el septuagésimo aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial y el 28 de Octubre de este mismo año, el quincuagésimo aniversario de la Declaración del Concilio Vaticano II, titulada ´Nostra Aetate´, punto de partida de un cambio radical aunque, para algunos, tardío y lento, de la mirada de la Iglesia sobre los judíos y de una seria reflexión cristiana acerca del fenómeno del antisemitismo.

¿Existe alguna relación entre ambos acontecimientos?

No cabe duda que los horrores de la guerra y sobre todo, la aniquilación del judaísmo europeo, despertaron la conciencia cristiana al mal radical que es el antisemitismo, auténtica causa del ´holocausto´. Una vez terminada la contienda, las iglesias cristianas, católicas y evangélicas, comenzaron a interrogarse sobre su propia responsabilidad directa o indirecta, en la casi total aniquilación del judaísmo europeo. La reflexión sobre los posibles orígenes cristianos de ciertos aspectos del antisemitismo occidental, llevó a las iglesias a considerar sus propios orígenes judíos, a redescubrir las raíces judías del cristianismo, y a constatar la vitalidad del judaísmo post-bíblico que, con demasiada facilidad, se había calificado de fósil. Así comenzaron las distintas iglesias a redefinir su relación con el pueblo judío.
Claro exponente de esta larga y profunda reflexión es la historia dramática del Documento conciliar ´Nostra Aetate´publicado hace ahora cincuenta años, acerca de las relaciones de la Iglesia católica con las religiones no cristianas, en cuyo párrafo IV se presenta desde una nueva y prometedora óptica, la relación particular con el pueblo judío, sin eludir el doloroso tema del antisemitismo que desde los orígenes de la iglesia romana, había envenenado las relaciones entre cristianos y judíos. Lo que sólo iba a ser una simple declaración sobre el antisemitismo, destinada a figurar al final del decreto sobre ecumenismo, se convirtió en la declaración oficial acerca de las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, y especialmente con el pueblo judío. Como veremos, el Papa Juan XXIII ya tenía intención de dar un nuevo impulso al diálogo de la Iglesia con el Judaísmo, mucho antes del Concilio. Pero la celebración del Concilio le proporcionó la oportunidad de proclamarlo y promoverlo al más alto nivel eclesiástico.

Y lo hizo, hasta el punto que, en su carta apostólica "La proximidad del tercer milenio", de Noviembre 1994, el Papa Juan-Pablo II dirá: "En ningún otro Concilio anterior se había hablado con tanta claridad... del sentido específico de la Antigua Alianza y de Israel...".

Pero no fue fácil. Dentro y fuera del Vaticano, surgieron desconcertantes controversias e incluso intentos de sabotear el documento. Los que vivimos, a través de la prensa, su accidentada singladura, no podemos olvidarlo. Pero nada logró impedir el compromiso final. Contrariamente a lo que temían aquellos que se aferraban a los estereotipos del pasado, se puede constatar hoy retrospectivamente, que el verdadero diálogo religioso conduce a un cambio de actitud de la persona en sus relaciones humanas, pero en ningún caso conduce a la alteración de su fe. No se trata de cambiar el contenido de la fe, sino la mirada de cada creyente sobre los fieles de otras religiones o defensores de otras ideologías, suscitar la confianza mutua que permita "desfacer entuertos", reducir tensiones y enfrentamientos, conduciendo a todos los hombres y mujeres que hablan de Dios, hacia el reconocimiento mutuo y la colaboración, con vistas a la instauración de la paz y del bienestar de los pueblos.

Asher Finkel, miembro del Departamento de Estudios judeocristianos de la Seton Hall University de New-Jersey, escribió una vez, que desde el Concilio Vaticano II de hace tres decenios, y la publicación, diez años más tarde, de las ´Orientaciones y sugerencias para la aplicación de la Declaración Conciliar Nostra Aetate´, reina una nueva actitud hacia el judaísmo, tanto en el campo del estudio de las raíces comunes, como en la evolución posterior de las relaciones entre las dos comunidades religiosas. La enseñanza del desprecio y del enfoque a partir de la confrontación teológica, ha cesado.

Sin embargo el erudito profesor estadounidense, Jacob Neusner, sigue hablando, no de diálogo sino de monólogos yuxtapuestos (Telling Tales, Westminster/John Koox Press, 1993). "Buscamos, acercamientos prematuros, un terreno común y atenuamos las diferencias entre ambas religiones que, respecto a algunos puntos, resultan opuestas, incompatibles, irreductibles". Mientras Lawrence E. Frizzell, Director del Instituto de Estudios judeocristianos de la Seton Hall University de New-Jersey afirma por su parte que el impacto de la evolución aludida ha sido mucho más importante para los cristianos que para los judíos.

Lo cierto es que, inspirados en ´Nostra Aetate´, nuevos documentos eclesiásticos empiezan a ver la luz, dentro y fuera de la Iglesia católica, dando lugar al repudio de la llamada ´enseñanza del desprecio´, a la revisión de la teología de sustitución en virtud de la cual la Iglesia se presentaba como el ´verus Israel´, y conduciendo, finalmente al reconocimiento de la especificidad del judaísmo y de la legitimidad del Estado de Israel.

Hoy ya no queda lugar a dudas, el diálogo judeocristiano y en general el diálogo entre las tres religiones monoteístas de notorio arraigo en Occidente, judaísmo, cristianismo e islam, puede considerarse como de capital importancia, no sólo para los creyentes sino para la construcción misma del futuro de Europa.

Poco a poco, la relación entre la Iglesia y el judaísmo se institucionaliza y se refuerza. Pablo VI crea el Secretariado -más tarde Consejo Pontificio- para la promoción de la unidad de los cristianos y, en su seno, una subcomisión específica para proseguir el diálogo con los judíos. En 1966 se crea la Oficina para las relaciones entre judíos y católicos en el marco del Secretariado para la Unidad.

Tras su histórica visita a la Sinagoga de Roma en 1986, Pablo VI recalca la especificidad de la relaciones judeocristianas....Y el ´Comité Internacional de enlace entre la Iglesia católica y el judaísmo´, afirma en una reciente declaración que "tras dos mil años de enajenación y hostilidad, los católicos, así como también los judíos, tienen la sagrada obligación de promover un verdadero clima de estima e intereses mutuos.

"Este nuevo espíritu de amistad y mutua solicitud, es quizás el símbolo o el signo más importante que nos es posible percibir hoy en un mundo inquieto y desorientado", escribía recientemente el Cardenal Franz Koënig, uno de los pioneros del diálogo judeocristiano.

Culmina este largo e interesantísimo proceso con el establecimiento de relaciones diplomáticas entre la Santa Sede e Israel y la presentación al Papa de las cartas credenciales por parte del primer Embajador de Israel, Excmo. Sr. D. Shemuel Hadas.

Pero veamos más despacio, cómo se produjo esta importante evolución del pensamiento de la Iglesia y de la actitud cristiana respecto a los judíos, y en particular, en cuanto al antisemitismo se refiere. Una evolución positiva que ha de ser considerada, por su valor intrínseco, por supuesto, pero también como modelo de restauración de las relaciones humanas entre grupos ideológicamente enfrentados durante siglos. Enfrentados, es cierto, pero a la vez tan próximos en sus objetivos y hasta en su lenguaje religioso.

El Papa Pío XI muere el 11 de febrero 1939. En su escritorio deja prácticamente terminado el proyecto de una encíclica condenando el racismo y el nacionalismo. Ya en 1938 había declarado ante un grupo de peregrinos belgas: "El antisemitismo no es admisible. Nosotros somos espiritualmente semitas" y en 1937 había condenado el paganismo nazi, en la encíclica ´Mit Brennender Sorge´. Asimismo, había ya publicado el 25 de Marzo de 1928, un decreto condenando "el odio hacia el pueblo que D. había elegido, aquel odio vulgarmente denominado hoy antisemitismo".

El silencio posterior no sólo del Papa Pío XII, sino de toda la jerarquía católica, se justifica desde la Iglesia, por el deseo de mantenerse neutral en la contienda mundial o por el temor a un cisma en la iglesia alemana.

Al conocerse la dimensión de la catástrofe provocada en Europa por el odio racista, y en particular el llamado ´holocausto´ sufrido por el pueblo judío, la reacción en la opinión pública y en los medios eclesiásticos provocó la más profunda reflexión jamás conocida, acerca de las relaciones del cristianismo con el pueblo judío, una reflexión que daría nacimiento a un cambio paulatino pero radical de la actitud de la jerarquía y de los creyentes hacia los judíos.

El primer documento que marcó el origen de la nueva orientación, lo constituyó, con toda seguridad el conocido como ´Los diez puntos de Seelisberg´, redactado por una minoría visionaria liderada por el eminente historiador Jules Isaac. La iniciativa se la debemos a un comité internacional formado en 1946 por cristianos y judíos, ´The International Council of Chistians and Jews´, entre cuyos destacados miembros, figuraban el citado historiador Jules Isaac y el pensador Jacques Maritain. El Consejo se reúne, del 30 de julio al 5 de agosto, en la ciudad de Seelisberg en Suiza, para una conferencia internacional extraordinaria cuyo objeto es combatir el antisemitismo. La Conferencia reconoce que cierta presentación del mensaje cristiano así como ciertas expresiones corrientes en la predicación y en el lenguaje de los cristianos, pudieron haber contribuido al desarrollo del antisemitismo, un mal que, además de haber causado los horrores ya conocidos, seguía constituyendo un grave peligro.

La declaración de Seelisberg es el primer programa de acción para la renovación de la relación de la iglesia con los judíos. Por su lucidez conceptual y sus recomendaciones prácticas, esta declaración logrará inspirar multitud de trabajos y acciones posteriores, incluso hasta nuestros días.

Los diez puntos de Seelisberg se pueden resumir así:

  1. Recordar que es el mismo D. vivo quien nos habla a todos nosotros tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.
  2. Recordar que Jesús nació de una madre hebrea, de la estirpe de David y del pueblo de Israel...
  3. Recordar que los primeros discípulos, los apóstoles y los primeros mártires, fueron judíos.
  4. Recordar que el precepto fundamental del amor a D. y al prójimo promulgado ya en el Antiguo Testamento, obliga a cristianos y judíos....
  5. Evitar disminuir el valor del judaísmo bíblico y post-bíblico, en el intento de exaltar el cristianismo.
  6. Evitar el uso del término "judíos" en el sentido de "enemigo de D."....
  7. Evitar el presentar la pasión de manera que el odio por la muerte infligida a J. recaiga sobre todos los judíos o sólo sobre los judíos...pues C. murió por los pecados de todos nosotros. Recordárselo a todos los padres y educadores cristianos....
  8. Evitar referirse a la maldición "que su sangre recaiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos" sin recordar que no puede prevalecer sobre la oración del mismo J. "Padre, perdónalos pues no saben lo que hacen".
  9. Evitar dar crédito a la opinión impía según la cual el pueblo judío es réprobo, maldito, y condenado a un destino de sufrimientos.
  10. Evitar referirse a los judíos como si no hubieran sido ellos los primeros en pertenecer a la Iglesia.

 

La Conferencia de Seelisberg se proponía crear, para las relaciones judeocristianas, un futuro distinto, un futuro mejor. Jules Isaac invitaba ya en su libro ´Jesús e Israel´, a los cristianos, a emprender un examen de conciencia y a modificar lo que durante siglos se pudo calificar como "enseñanza del desprecio" hacia los judíos.

Pero una inquietante pregunta queda en el aire: ¿En qué medida el antisemitismo, a veces soterrado y otras oficial, y alimentado durante siglos en el mundo cristiano, había podido ser responsable del nacimiento de un antisemitismo ateo y pagano y cuánto de lo ocurrido en la Europa del siglo XX, era imputable a la afirmación tantas veces repetida en el pasado acerca del pueblo deicida y maldito por D.?

La fascinante historia del cambio iniciado en Seelisberg, está en los documentos de todas las iglesias cristianas y al menos, los más significativos, merecen ser leídos en su sucesión cronológica para apreciar la toma de conciencia progresiva y la profundización de la reflexión acerca de los judíos en todo el mundo cristiano. Con delicadeza y extremada prudencia, pero decididamente, se van tratando en ellos, hasta los puntos más delicados y conflictivos que habían envenenado en el pasado, la actitud del cristianismo hacia los judíos, con las graves consecuencias por todos reconocidas.

Los documentos elaborados en América parecen más pragmáticos. En los redactados en Europa y sobre todo, en Alemania, abundan el deseo de cambio y las peticiones de perdón, pero en todos sin excepción se esboza una reflexión de alto nivel teológico que garantiza el sustento ideológico y por lo tanto también el éxito del cambio de actitud de las iglesias cristianas hacia los judíos.

El fenómeno no se limita al mundo católico sino que se extiende al mundo cristiano en general. En Agosto de 1948 tiene lugar por fin, en Amsterdam, una Asamblea preparada 10 años antes pero cuya celebración había sido impedida por la guerra mundial. Las grandes corrientes de la Iglesia evangélica, confluyen creando el Consejo Mundial de las Iglesias con sede en Ginebra. El tema de la Asamblea era: Designio de D. y desorden humano. Uno de los aspectos de dicho desorden, estudiados en el curso del encuentro, es el antisemitismo y las persecuciones de las que habían sido objeto los judíos, con la consiguiente denuncia del fenómeno como consecuencia de la falta de caridad y amor cristianos. Pero el motivo confesado de la denuncia era que el antisemitismo de los cristianos constituía un obstáculo para la evangelización de los judíos. A pesar del afán proselitista de la Declaración de Amsterdam, la citamos aquí para compararla con otra que algunos años más tarde emitirá el mismo Consejo Mundial de las Iglesias.

La primera declaración de una iglesia germana tras el exterminio de la comunidad judía de Alemania, una tragedia con la que hasta entonces pocos se habían atrevido a enfrentarse en ese país, fue la Declaración sobre los judíos y el antisemitismo de la Katholikentag o Asamblea de los católicos alemanes, reunida en Maguncia del 1 al 5 de Septiembre de 1948. A pesar de su carácter apologético y eclesiocéntrico, aún anclado en la óptica tradicional, hay que resaltar su valiente llamamiento a la lucha desde la iglesia contra el antisemitismo y al espíritu de penitencia cristiana que debía acompañar cualquier consideración en cuanto al pasado.

También la Iglesia Evangélica Alemana toma posición decididamente sobre el particular, en la declaración del sínodo de Weissensee de fecha 27 de Abril de 1950. Tras haber votado en Stoccarda, el 18 de Octubre de 1945, ´la confesión de nuestra culpa´ y reconocido la responsabilidad compartida de los cristianos y de las iglesias en todos los sufrimientos causados por el nacional-socialismo, la iglesia evangélica alemana invita ahora a sus fieles a rechazar el antisemitismo reconociendo de la manera más explícita posible la responsabilidad cristiana:

"Nos declaramos solidariamente culpables, por nuestras omisiones y por nuestros silencios, ante el D. de la misericordia, de los crímenes que han sido cometidos con los judíos, por parte de miembros de nuestro pueblo".

Un grupo de teólogos, protestantes y católicos, reunidos en la localidad alemana de Bad Schwalbach, en Mayo de 1950, emprende y culmina con éxito la ardua labor de proveer a los Diez puntos de Seelisberg, de una base escrituaria y teológica que presagia ya importantes desarrollos en la fascinante aventura espiritual que viven los cristianos en cuanto a su actitud hacia los judíos.

Tras unos años de silencio, el primer acto significativo es el gesto del Papa Juan XXIII, ´el buen Papa´, como le llaman aún muchos cristianos y no pocos judíos, que ordenó suprimir de la oración del viernes santo el adjetivo "pérfido" con el que se encabezaba la oración por los judíos.
(Continuará)

Fuente: Coloquio

Fuente: Coloquio

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