Evolución de la actitud cristiana hacia los judíos (2ª Parte)

Baruj Garzon
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Poco tiempo después, el 14 de Febrero de 1960, aparece la Carta pastoral del arzobispo de Lille (Francia), el Cardenal Liénart, que marca un hito en el proceso de evolución del pensamiento cristiano respecto a los judíos. Provocada por el súbito resurgimiento de un violento y agresivo antisemitismo en Europa, un movimiento inquietante contra el cual quiere el Cardenal poner en guardia a sus fieles, esta carta, verdadero documento histórico, condena sin paliativos cualquier forma de racismo y anticipa los principales temas que animarán más tarde, los debates del ya próximo Concilio Vaticano II:

"Ciertas manifestaciones de hostilidad hacia los judíos han tenido lugar recientemente en diversos países, en Alemania, Inglaterra, Bélgica, Italia...y también en Francia: cruces gamadas, proclamas antisemitas pintadas en los muros de las sinagogas, una de las cuales ha sido incluso incendiada...son el signo inquietante de un despertar del antisemitismo que ya vimos, durante la pasada guerra, hasta qué extremos puede conducir. Por aquel entonces tuvieron lugar en Francia, deportaciones en masa de familias judías en condiciones espantosas y el asesinato de masas indefensas por el único crimen de pertenecer a la raza judía. Disposición de ánimo tan peligrosa no debe hallar complicidad alguna entre los cristianos, a pesar de los pretextos religiosos con los que intenta justificarse....La doctrina poco conocida de la iglesia acerca del destino del pueblo judío...obliga a rechazar absolutamente el antisemitismo, adoptando respecto a este pueblo una actitud de respeto y amor que se sitúan exactamente en el lado opuesto".

Justo es recordar aquí que, al término de la visita de Jules Isaac al Papa Juan XXIII, en junio de 1960, el historiador preguntó si, respecto a la presentación al Concilio Vaticano II de un documento acerca de los judíos, en el espíritu de los diez puntos de Seelisberg, podía abrigar alguna esperanza. El buen Papa le contestó simplemente: "Usted tiene derecho a algo más que una esperanza".

Volviendo a Alemania, es fácil imaginar el revulsivo que supone para las conciencias cristianas, la celebración en 1961, del proceso contra el verdugo nazi Adolf Eichmann. Este proceso por crímenes contra la humanidad, reaviva la intranquilidad en las conciencias cristianas y da lugar a multitud de comentarios y declaraciones. La publicación, con motivo del proceso de documentos, cifras y escalofriantes detalles acerca de los crímenes cometidos por los nazis contra los judíos, provoca en Alemania, dos reflexiones principales: La del Sínodo de la Iglesia evangélica y la de la Conferencia episcopal católica. En ambas se invita a reconocer la responsabilidad y la culpa de muchos fieles en dichos crímenes, y se menciona a aquellos que intentaron impedirlos o trataron de mitigar sus efectos poniendo en juego sus vidas. Tras una serie de indicaciones prácticas, que conservan aún hoy su plena vigencia, la declaración de la iglesia católica concluye con la afirmación del Apóstol Pablo en su Carta a los Romanos 11,2: "D. no ha repudiado a su pueblo".

De nuevo, el Consejo ecuménico de las Iglesias, reunido esta vez en Nueva Delhi, en 1961, ratifica la condena expresa del antisemitismo publicada ya en Amsterdam, en 1948, calificándolo de "pecado contra D. y contra los hombres" y recomendando a educadores cristianos, catequistas y predicadores, tener en cuenta los dolorosos precedentes históricos, extremando las precauciones con el fin de que a partir de sus enseñanzas, no se pueda alimentar la tentación antisemita, de modo que la enseñanza cristiana no siga generando ni favoreciendo sentimientos de odio, de repulsa o de desprecio...respecto al pueblo hebreo, el pueblo de J.C., de sus primeros discípulos y de los apóstoles".

La azarosa aventura de un famoso artículo del Cardenal Agustín Bea, preparado para ser publicado en Civiltà Cattolica, en junio de 1962 y publicado efectivamente, pero veinte años después, da una ligera idea de la magnitud e importancia de las resistencias internas que ha de superar el liderazgo de la Iglesia católica para emprender su nueva andadura respecto a los judíos. El título, justo es reconocerlo, parecía entonces una provocación: "¿Son los judíos un pueblo deicida y maldito por D.?" La Secretaría de Estado impide discretamente, su publicación, pero aunque con ciertas modificaciones, el artículo logra salir de Roma, apareciendo en la revista alemana ´Stimmen der Zeit´. Un judío genovés, Raffaele Nahum, lo traduce del alemán al italiano, enviándolo a los padres conciliares. A través de ellos, el controvertido artículo ejercería posteriormente una marcada influencia en la Declaración del Concilio Vaticano II respecto a los judíos.

La idea del Documento surge ya en la fase previa a la preparación en sí del Concilio. Pero el sólo anuncio de la reflexión vaticana acerca de los judíos, levanta tal ola de protestas por parte de los países árabes que la discusión del esquema presentado a la Congregación General el 19 de Noviembre de 1963, por el Presidente del Secretariado para la Unión de los Cristianos, el Cardenal Agustín Bea, ha de ser provisionalmente retirado "por falta de tiempo".

Pero las deliberaciones del Concilio Vaticano II inaugurado por Juan XXIII, ponen pronto de manifiesto la necesidad de elaborar una declaración oficial de la Iglesia acerca de los judíos. La conmovedora espera judía de una nueva actitud de la Iglesia, así como el itinerario personal de algunos protagonistas del Concilio, entre los cuales el mismo Papa Juan XXIII y el citado Cardenal Agustín Bea, aceleran los acontecimientos. Poco a poco se enfoca al pueblo judío, no como objeto de misión sino como partícipe de un posible y hasta necesario diálogo. Corren los años sesenta y un profundo movimiento de renovación anima a toda la Iglesia católica, un movimiento que encontraría en el Concilio Vaticano II su más cumplida y perfecta expresión, y en el capítulo IV de su Declaración Nostra Aetate, los elementos más decisivos de renovación de la actitud cristiana respecto a los judíos.

No se puede omitir en el desarrollo de esta reflexión, el discurso dirigido por el Cardenal Bea, el 15 de Enero de 1964, al Capítulo General de la Congregación de N.S. de Sión. Fundada en el siglo pasado, por dos judíos convertidos al cristianismo, esta Congregación cuyo fin era ocuparse especialmente de los judíos, y todos sabemos lo que aquello significaba en aquellos tiempos, cuando aún se afirmaba que "fuera de la Iglesia, no hay salvación", es en nuestros días, testigo de excepción del profundo cambio de perspectiva y de actitud de la Iglesia católica respecto a los judíos. Porque precisamente, en la actualidad, esta Congregación se especializa progresivamente y con notables éxitos, en la aplicación de las ´Orientaciones y sugerencias para la aplicación de la Declaración Conciliar Nostra Aetate´, llevando a los fieles católicos a un mejor conocimiento y aprecio del hecho judío, además de manifestarse valientemente en nuestros días, ante cualquier rebrote del antisemitismo o del nazismo.

En la citada reunión de la Congregación General de N.S. de Sión en Roma, y apoyándose en el nuevo clima creado por la presentación al Concilio del Documento sobre los judíos y por el viaje de Pablo VI a Tierra Santa (4-6 de Enero 1964), el Cardenal Bea insta a la Congregación de N.S. de Sión, a dedicarse prioritariamente al estudio de la historia, de la lengua y de la cultura judías, sin descuidar los aspectos teológicos y participando siempre activamente y en todo el mundo, en el reanudado diálogo judeocristiano. A tal efecto, se crea en Roma el SIDIC, Servicio Internacional de Documentación judeocristiana.

La Federación Luterana Mundial no se queda atrás en esta renovada consideración del judaísmo y, en 1964 también, reflexiona, reunida en la localidad danesa de Logumkloster, produciendo un documento decisivo para sus fieles, en el que señala particularmente:

"El antisemitismo es una alienación del ser humano en su relación con sus semejantes. Tiene su origen en los prejuicios humanos, niega la imagen de D. en el judío y representa una forma demoníaca de rebelión contra el D. de Abraham, de Isaac y de Jacob, constituyendo, en última instancia, un repudio de J. el judío, bajo la forma de un ataque contra su pueblo. El antisemitismo cristiano es un suicidio espiritual.

Este fenómeno plantea un problema particular a la iglesia cristiana sobre todo si se piensa en la larga y terrible historia de la responsabilidad de los cristianos en el antisemitismo. Ningún cristiano tiene derecho a declararse exento de sentirse envuelto en esa responsabilidad....

Como luteranos, confesamos nuestro pecado y asumimos avergonzados la responsabilidad en la que incurrió nuestra iglesia y su pueblo. Sólo podemos implorar el perdón de Dios y el del pueblo judío".

Siguen tres recomendaciones prácticas y expresas a todas la iglesias afiliadas a la Federación Luterana Mundial, invitándolas a unirse a la lucha contra el antisemitismo.

(Continuará)


Fuente: Coloquio
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