El sacerdote que ha revelado las atrocidades del Holocausto

Yvette Alt Miller

El padre Patrick Desbois ha dedicado su vida a descubrir fosas comunes judías de las que no se tenía registro.

"¿Estabas aquí durante la guerra?".

Por quince años, el padre Patrick Desbois, un sacerdote cristiano de París, ha recorrido incontables aldeas a lo largo de Europa del Este, planteándole esta pregunta a los ancianos de cada aldea. Con su modesto actuar y su túnica sacerdotal, la gente le abre gustosa la puerta; incluso hay quienes lo invitan a comer.

Pero no hay conversaciones vanas. Cuando encuentra gente que vivía en el pueblo durante la Segunda Guerra Mundial, el padre Desbois les pregunta: “¿Estabas aquí cuando fueron asesinados los judíos?”.

Lejos de molestarse por su pregunta, muchos testigos parecen casi felices de poder hablar finalmente sobre aquellos días en que fueron testigos de cómo los judíos de su propio pueblo eran asesinados en masa. En más de cien viajes, en los cuales ha grabado 4.485 testimonios en video, el padre Desbois ha descubierto hasta ahora 1.744 lugares de ejecución o fosas comunes que eran desconocidas y que no tenían marca alguna. Su trabajo ha corregido la cantidad estimada de judíos que fueron asesinados durante el Holocausto en casi medio millón de víctimas.

El interés del padre Desbois por su trabajo comenzó en su juventud. En su infancia, la cual pasó en la granja de su familia en la región de Burgundy, Francia, siempre estuvo rodeado de secretos del Holocausto, a pesar de que él no lo sabía. Su madre le contó recién hace pocos años que durante la Segunda Guerra Mundial su familia albergó a docenas de miembros de la resistencia en la granja. Un primo de la familia fue asesinado en un campo de exterminio por sus actividades de resistencia.

El mayor secreto de todos provino de su amado abuelo Cornelius. Ambos eran muy cercanos, pero había un episodio en su vida del cual su abuelo nunca hablaba: sus años aprisionado en un campo de prisioneros de guerra cerca de la ciudad ucraniana de Rawa-Ruska. Él sólo decía “para nosotros fue malo, para otros fue peor”. Al crecer, el padre Desbois comprendió que su abuelo se refería probablemente a los 15.000 judíos de la ciudad.

El joven Patrick desarrolló un interés por los judíos y por el judaísmo. Estudió hebreo y visitó Israel. Una vez que se volvió sacerdote, trabajó para la iglesia católica como contacto con la comunidad judía de París. En el 2002 se le presentó la oportunidad de visitar Rawa-Ruska. Hacía mucho tiempo que quería ver el lugar en el cual fue aprisionado su abuelo y también estaba interesado en aprender más sobre el destino que tuvieron los judíos de la ciudad. La visita lo enfureció y cambió la dirección de su vida.

Al reunirse con el alcalde de la ciudad, el padre Desbois preguntó: “Sr. Alcalde, ¿dónde están enterrados todos los judíos de la ciudad?”. Más de una década después, su enojo y frustración con la despreocupada respuesta del alcalde aún son palpables. “El alcalde me miró y, con un aire despreocupado, dijo: ‘No sabemos nada sobre eso’”.

A medida que fue hablando con más y más funcionarios oficiales, entendió que “todos parecían ignorar —o querían esconder— la existencia de los diez mil judíos que habían sido asesinados en este pequeño pueblo en 1942”. El padre Desbois estaba estupefacto. “Diez mil personas asesinadas no pueden pasar desapercibidas. Vengo de un pequeño pueblo y sé que, si una persona es asesinada allí, todos lo recordarían… ¡Imagina diez mil!”.

Un nuevo alcalde fue elegido y el padre Desbois regresó, preguntando nuevamente sobre cuál había sido el destino de los judíos de Rawa-Ruska. Como recordó en una entrevista ofrecida en el 2012, el nuevo alcalde lo llevó a un bosque en el que unos 50 aldeanos ancianos estaban reunidos en semicírculo. “Estás parado sobre las tumbas de los últimos 1.500 judíos de Rawa-Ruska”, le dijo el alcalde.

El padre Desbois en Bogdanivka, Ucrania, el 16 de julio del 2007, donde 48.000 judíos fueron ejecutados en un período de 3 semanas en diciembre de 1942.
El padre Desbois en Bogdanivka, Ucrania, el 16 de julio del 2007, donde 48.000 judíos fueron ejecutados en un período de 3 semanas en diciembre de 1942.

Los aldeanos comparten sus historias

Uno a uno, los ancianos dieron un paso adelante y compartieron sus recuerdos de la guerra. Siendo niños o adolescentes en ese entonces, muchos de ellos habían ayudado a los nazis a llenar camión tras camión con judíos y a llevarlos a aquel lugar. Le contaron cómo ayudaron a cuidar a los judíos para evitar que éstos escapasen, mientras los forzaban a cavar pozos. Le sirvieron comida a los soldados alemanes y les llevaron un gramófono para que escucharan música. Vieron cómo los alemanes le dispararon a los judíos y como tiraron sus cuerpos a la fosa. Una mujer le dijo al padre Desbois que su trabajo había sido recolectar ramas de árbol y utilizarlas para cubrir los cuerpos, de forma que el siguiente grupo de judíos no viera los cadáveres. Ella tenía 14 años en ese entonces. Cuando le dispararon al último judío, llenaron la fosa con tierra.

El padre Desbois fue el primer extraño al que los pueblerinos le contaban esto. Muchos le preguntaron, "¿Por qué llegaste tan tarde? Te estábamos esperando". En el 2004, el padre Desbois estableció Yahad-in-Unum. Yahad significa juntos en hebreo, y Unum significa uno en latín. Instituido principalmente por una fundación del Holocausto de Francia y por la iglesia católica, es el único organismo dedicado a reunir testimonios como estos y a documentar la ubicación de la gran cantidad de fosas comunes de judíos en Europa del Este de las cuales no se tiene conocimiento.

La tarea es desalentadora. A pesar de que millones de judíos que murieron en el Holocausto fueron asesinados en campos de exterminio como Auschwitz, otros muchos millones fueron asesinados en Europa del Este cuando Alemania invadió la Unión Soviética en 1941 y la tarea de asesinar a los judíos de Europa recayó sobre unidades móviles de ejecución llamadasEinsatzgruppen o ‘Escuadrones de la muerte’. A diferencia del ‘gas de la muerte’ que era utilizado en muchos campos de exterminio, los Einsatzgruppen utilizaban balas. Les decían generalmente a los judíos que se reunieran en determinado lugar porque los iban a transportar a Palestina. Pero en lugar de eso, eran asesinados y sus cuerpos eran enterrados en fosas comunes sin marcas.

Para ahorrar dinero, los Escuadrones de la muerte nazis que operaban en la Unión Soviética seguían estrictamente una regla: un judío, una bala. El padre Desbois llama a estos asesinatos de más de 1.5 millones de judíos el "Holocausto de las balas".

Y era también, hasta hace poco, en su mayor parte un secreto. No sólo las fosas comunes se encontraban sin identificación, sino que, a finales de la Segunda Guerra Mundial, otra división nazi —la Sonderaktion 1005— tuvo la misión de borrar cualquier evidencia sobre las atrocidades realizadas, y en muchos casos exhumaron algunos de los cuerpos de las fosas comunes y los quemaron.

Una carrera contra el tiempo

"Estoy corriendo contra el tiempo", dijo el padre Desbois en el 2009. "Tenemos un máximo de entre 6 y 7 años si tomas en cuenta las edades de los testigos, que son muy ancianos. A veces llegas al pueblo y te dicen: 'Lo siento padre, pero madame Anna falleció el mes pasado y ella era la última testigo. Y ahora nadie sabe nada'. El tiempo es corto y debemos lograr nuestra meta lo más rápido posible, y esa es la razón por la cual debemos multiplicar nuestra energía".

Actualmente, el padre Desbois continúa su trabajo con los últimos testigos de estas atrocidades. Viaja con un equipo que incluye traductores, fotógrafos, camarógrafos y expertos en balística, con quienes rastrea y documenta cada historia. Muchas de estas historias son escalofriantes.

(Advertencia: los detalles que vienen a continuación pueden ser perturbadores).

Una mujer describió cuál fue su "trabajo" después de una masacre de judíos en su aldea: caminar entre los cuerpos muertos y aplanarlos antes de que le dispararan a otro grupo de judíos.

Jan, de Polonia, describió lo que era ver una fosa común: "Podíamos ver la sangre burbujeando".

Anna, de Ucrania, recordó: "Todos gritaban, los niños gritaban. Cuando el pozo estaba lleno, lo taparon con un poco de tierra. Durante tres días el piso se movía. Algunos aún estaban vivos".

Gheorghe, un anciano de Moldova, llevó al padre Desbois a un barranco que había cerca de la aldea y le describió lo que había ocurrido: "Los judíos se encontraban mirando en dirección a la fosa y los nazis les disparaban en la nuca o en la espalda para que cayeran en ella. Les disparaban como si fueran perros".

Otra mujer describió haber visto a su amigo judío en la línea de fusilamiento y recuerda cómo su amigo la reconfortó diciendo: "No llores, no llores… estamos yendo a Palestina".

Un hombre llamado Dimitri tenía 16 años cuando vio a los nazis matar a los judíos de su zona. Los nazis y los habitantes locales trabajaron juntos, disparando a grupos de 20 judíos por vez. La matanza se extendió por dos semanas, dijo él. En total, más de 18.000 judíos fueron asesinados.

A veces, los testigos recuerdan los nombres de los judíos asesinados. Anatoly, de 80 años, recordó: Brick, Gorovich, Shurman y Folst. Sin esa entrevista, aquellos nombres habrían sido olvidados.

 

Otros recordaron cómo los soldados alemanes golpeaban cubetas vacías para ahogar con el sonido los gritos de sus víctimas.

El silencio que rodea estos eventos contrasta duramente con el conocimiento público que había en ese entonces sobre las masacres que estaban ocurriendo. Además de documentar las masacres y las fosas comunes, el padre Desbois dice que quiere mostrar que el asesinato de judíos era un hecho conocido públicamente, e incluso era celebrado. "En la noche luego de la matanza, organizaban fiestas para los asesinos", explica. Había comida, bebida, música, bailes y mujeres". Estos organizadores de fiestas se trasladaban con las unidades de la muerte a medida que se movían de aldea en aldea. "Cuando escuchaban que estaban matando judíos, corrían a ver si podían agarrar una moneda, apoderarse de alguna prenda de vestir, sacar una fotografía. Querían estar allí".

A medida que viaja metodológicamente de aldea en aldea, el Padre Desbois va dejando poco rastro tras de él. Ha llevado a rabinos a los lugares de las tumbas masivas que ha descubierto para santificarlas como cementerios judíos, pero por miedo a los saqueos, no marca ni identifica las tumbas del lugar. Mantiene la ubicación de su hogar en París como un secreto, y ha recibido numerosas amenazas debido a su trabajo.

En su carrera contra el tiempo, el padre Desbois explica qué lo motiva a seguir a medida que enfrenta estos horrores casi impensables: "Trato de pensar en términos realmente concretos sobre esta gente, y de no verlos sólo como millones o como matemáticas. Estoy viendo las tumbas de Itzjak, Rebeca y Dora", dice él.

"No puedes dejar Europa con miles de tumbas desconocidas sin marcar", explica el padre Desbois, "o estaremos negando todos nuestros valores. No podemos construir una Europa segura y un mundo moderno, y pedirle a la gente que se quede en silencio. Si hacemos esto, estaremos justificando el próximo genocidio. Si no enterramos a las víctimas, entonces, esa sería la victoria final para Hitler".

Fuente: Aishlatino

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