Los Papas y los judíos: del Concilio a los “hermanos mayores” de Wojtyla

Salvatore Cernuzio

Lo que marcó un antes y un después fue cuando Juan Pablo II, el 13 de abril de 1986, cruzó el umbral de la Sinagoga de Roma, el Templo Mayor, una de las sinagogas más grandes de Europa. El mismo lugar que el domingo 17 de enero visitará también el papa Francisco. Aquella vez fue la primera que un Pontífice realizaba un gesto similar. Nadie, ni judíos ni cristianos, estaban preparados para un evento similar; todos, sin embargo, tenían una certeza: es ese momento se estaba escribiendo un capítulo de la historia. Una historia de reconciliación entre dos pueblos iniciada ya con el Concilio Vaticano II y la redacción de Nostra Aetate, piedra angular del diálogo de la Iglesia con las otras religiones, especialmente  con el judaísmo definido por primera vez de forma oficial como el humus del que floreció el cristianismo.

Incluso antes del Concilio estuvo ese inolvidable gesto de san Juan XXIII que, en 1959, hizo parar, en el Lungotevere, al coche que viajaba y al cortejo pontificio para bendecir a los judíos que, siendo sábado, salían de la Sinagoga. Un gesto revolucionario, de gran simbología, que supuso para el Papa el entusiasmo de todos los presentes que rodearon su coche para aplaudirlo y saludarlo.


Llegó después el viaje de Pablo VI a Tierra Santa, en 1964, que sirvió de trampolín para esta historia de redescubrimiento de las raíces comunes. A esta, el santo Wojtyla dio el impulso final escribiendo un nuevo capítulo que como título tenía una sencilla expresión, “hermanos mayores”. Expresión que desterró completamente a otra: ese “judíos pérfidos” contenido en la oración del Viernes Santo que identificaba las difíciles relaciones vividas entre católicos y judíos hasta el Concilio. Con dos palabras, el Papa polaco sintetizó el profundo cambio que estaba teniendo lugar en la Iglesia y que aún hoy continúa desarrollándose: año tras año, Papa tras Papa.


Desde esa visita a la comunidad judía romana nada fue como antes: el abrazo entre los dos pueblos hermanos deseado por muchos (no por todos) de una simple esperanza pasó a ser algo concreto. De hecho, no se pueden olvidar los gestos de fraternidad y recíproca acogida entre el Pontífice y el entonces rabino jefe de Roma, Elio Toaff. El mismo Toaff, cuyo nombre aparece en el testamento espiritual de Wojtyla, junto al del entonces prefecto de la congregación para la doctrina de la fe, el cardenal Joseph Ratzinger, después Benedetto XVI, y del cardenal Stanisław Dziwisz, arzobispo de Cracovia, durante cuarenta años secretario particular del Santo Padre. Signo de una unión “que va más allá de lo oficial. Una simpatía sustancial que lleva a la amistad allí donde el perfil doctrinal puede crear problemas”.


Precisamente Toaff, en el volumen autobiográfico ‘Judíos pérfidos, hermanos mayores’, describe detalladamente esos instantes: “Juntos entramos en el Tempo. Entré en medio del público silencioso, en pie, como en sueños, el Papa a mi lado, detrás los cardenales, prelados y rabinos: un cortejo insólito, y ciertamente único en la larga historia de la Sinagoga. Subimos en la Tevá y nos dirigimos hacia el público. Y entonces estalló el aplauso. Un aplauso larguísimo y liberador, no solo para mí sino para todo el público, que finalmente entendió completamente la importancia del momento… El aplauso estalló (nuevamente) con fuerza cuando (el Papa) dijo: ‘Sois nuestros hermanos predilectos y, en cierto modo, se podría decir, nuestros hermanos mayores’”.


Siguieron en los años sucesivos otros encuentros entre los dos líderes religiosos, a menudo privados, y a través de cartas. Muchas cartas. Como esa enviada por Juan Pablo II al rabino en la Pascua judía de 1987, en la que, recordaba Toaff: “El papa Wojtyla me escribía para que me hiciera portavoz ante mi comunidad de sus votos para que prosigamos juntos, judíos y cristianos, en el camino de la libertad y de la fe en la esperanza, con la alegría que está en nuestros corazones durante la gran solemnidad pascual”, “recordémonos en cada momento de nuestra vida que el hombre está hecho a imagen de Dios”, decía Juan Pablo II.


Después de él, Benedicto XVI acudió el 17 de enero de 2010 a la misma famosa y antigua Sinagoga, que surgió –más bien resurgió– entre el 1901 y 1904 en una de las cuatro parcelas de terreno obtenidas por la demolición de las zonas más en ruinas del Ghetto. Los judíos romanos –cuya presencia en la capital de Italia se remonta al año 70– quisieron con fuerza que el nuevo Templo surgiera entre los dos mayores símbolos de la reencontrada libertad: el Campidoglio, sede del ayuntamiento, y el Gianicolo, lugar de las batallas más ásperas de la reunificación de Italia, y que fuera grande y visible desde cualquier punto panorámico de la ciudad.


El resultado fue un edificio ecléctico, impresionante por dentro y por fuera gracias a sus formas asiro-babilonas. Benedicto XVI entró 24 años después de su predecesor. En su discurso, el papa alemán quiso entrar enseguida en la raíz de la visita del papa polaco: “Viniendo entre vosotros por primera vez como cristiano y como Papa, mi venerado predecesor Juan Pablo II quiso ofrecer una contribución decisiva a la consolidación de las buenas relaciones entre nuestras comunidades, para superar toda incomprensión y prejuicio. Mi visita se incluye en el camino trazado, para confirmarlo y reforzarlo…”, dijo.


No faltó en esa ocasión, la confirmación de la petición de perdón “por todo lo que ha podido favorecer de alguna manera las llagas del antisemitismo y del antijudaísmo”. “¡Puedan estas llagas ser sanadas para siempre!”, afirmó Ratzinger, elevando la misma sentida oración que Wojtyla pronunció en el Muro de las Lamentaciones, el 26 de marzo de 2000: “….nos duele profundamente el comportamiento de cuantos, en el curso de la historia, han hecho sufrir a estos tus hijos, y, a la vez que te pedimos perdón, queremos comprometernos en una auténtica fraternidad con el pueblo de la alianza”.


Por tanto, es un camino ampliamente trabajado el que, el próximo domingo, recorrerá el papa Francisco, desde siempre muy cercano al mundo judío (recordemos su gran amistad con el rabino argentino Abraham Skorka).
Tal camino se enriquecerá con nuevas piezas, coincidiendo con la visita del Pontífice,  la 27ª Jornada de la Iglesia italiana para la profundización y el desarrollo del diálogo entre católicos y judíos,  así como un contexto histórico marcado por varios conflictos en el mundo y por la violencia extremista en nombre de las religiones. Sin olvidar el marco del Jubileo de la Misericordia, también este un evento católico pero de raíz judía, que revive de forma particular la unión entre estos dos pueblos hermanos.

Fuente: ZENIT

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