El exterminio de los cristianos

Ricardo Ruiz de la Serna

El pasado 4 de marzo un grupo yihadista asaltó una residencia de ancianos que las Misioneras de la Caridad dirigen en la ciudad de Aden (Yemen). Los terroristas mataron a doce personas; entre ellas, cuatro religiosas de la orden. Fundada en 1950 por la Madre Teresa de Calcuta para ayudar a los más pobres, la congregación cuenta hoy con más de 4.500 monjas en más de 133 países. Junto a los votos tradicionales de pobreza, castidad y obediencia, estas religiosas añaden un cuarto voto de servir libres y de todo corazón a los más pobres entre los pobres. Dos de las monjas asesinadas en Yemen eran ruandesas, otra era keniata y otra india. Junto a ellas, los terroristas también dieron muerte al chófer de la comunidad y a dos colaboradores de las religiosas. Además, secuestraron al sacerdote salesiano Tom Uzhunalil.

Nuestra sociedad tiende a conmoverse rápido y a olvidar deprisa. La celeridad de las noticias convierte el estremecimiento por el horror en una emoción fugaz que pasa con la rapidez de un anuncio publicitario. En un tiempo de objetos para “usar y tirar”, lo mismo sucede con las indignaciones y las solidaridades. Tan pronto como pasa la impresión de los primeros días de una crisis humanitaria, un atentado terrorista o una guerra, el público se inmuniza frente al dolor y los llamamientos a la solidaridad –“devolvednos a nuestras niñas” o “refugiados bienvenidos”- comienzan a sonar algo artificiales. Las redes sociales devoran esas oleadas de fraternidad pasajera y las devuelven convertidas en tuits, entradas de Facebook o fotografías viralizadas “ad infinitum”.

El asesinato de estas religiosas ni siquiera ha merecido esa atención pasajera que se dispensa a las noticias trágicas del mundo; al menos, no en España.

En nuestro país, han sido noticia docenas de acontecimientos donde ha muerto gente inocente -mujeres, niños, ancianos. Sobre ellas han escrito creadores de opinión con audiencias de centenares de miles (o aun millones) de espectadores, lectores, oyentes o seguidores en redes sociales. Se han abierto informativos de televisión y boletines radiofónicos. Se han hecho campañas de recaudación de fondos -a las que los españoles contribuyen siempre con una generosidad admirable- y se han convocado manifestaciones. Desde el hambre en algunos países de África al drama de los refugiados de Idomeni, los españoles jamás defraudan cuando se trata de ser solidarios.

Por eso, no deja de entristecerme el silencio que ha rodeado este nuevo crimen cometido contra los cristianos que viven en el mundo islámico su compromiso con los más pobres, es decir, su compromiso evangélico.

Precisamente porque el pueblo español ha dado sobradas pruebas de su generosidad con los que sufrían, ya fuese en Nepal o en Marruecos, me cuesta comprender por qué han sido tan pocas las voces que se han alzado y se alzan para denunciar que a los cristianos los están exterminando en Irak, Siria, Nigeria y otros tantos lugares como Yemen, donde una guerra civil entre sunníes y chiíes se libra inspirada por Arabia Saudí y la República Islámica de Irán. Ni a unos ni a otros les importa el destino de las comunidades cristianas. Desprovistas de un Estado, olvidadas por la comunidad internacional, padecen un exterminio silenciado y constante al que la corrección política pone sordina. El Genocidio Armenio (1915-1923) conmocionó a Europa y los Estados Unidos pero esto fue insuficiente para impedirlo. La destrucción de los cristianos de Oriente Próximo hoy apenas provoca reacciones. La tragedia de los armenios presagia lo peor si no se reacciona a tiempo. Es necesario movilizar a la opinión pública y exigir a los gobiernos decisiones firmes en favor de las víctimas de este nuevo genocidio.

Estos días los católicos y protestantes de todo el mundo celebran la Semana Santa. Dentro de pocos, en abril, lo harán también los ortodoxos. Todos conmemoran la Pasión y Muerte de Cristo y su Resurrección, acontecimiento central de su fe. Es inevitable pensar en la crucifixión cotidiana que padecen hoy los cristianos que viven aterrorizados y perseguidos por el terror yihadista. También es imposible negar la tristeza por ese silencio cómplice que apenas rompen algunas voces y que contribuye al crimen.

¿Qué sucede en España para que se hable tan poco de esto? Algunos temen a la acusación colectiva contra los musulmanes, pero creo que es más un pretexto que una razón. Creo que, en general, la opinión pública tiene clara la diferencia entre la mayoría de los musulmanes y los fanáticos islamistas y yihadistas y que ese pretendido “miedo” en realidad esconde la incomodidad que supone admitir que los seguidores de Jesús están sufriendo un genocidio en algunos lugares ante la mirada pasiva de Occidente. La conveniencia económica y la corrección política exigen despojar de su fanatismo religioso a los perpetradores para que puedan entrar en el discurso público como si a los cristianos los estuviese diezmando una plaga o un huracán. Es como si fuese de mal gusto decir que los están matando fanáticos islamistas y terroristas.

Por supuesto, no solo acaban con los seguidores de Cristo. Las comunidades judías del mundo árabe han desaparecido casi por completo. La de Yemen tenía unos tres mil años. Hoy ya no existe. Esto debería servir de advertencia al mundo sobre el futuro de los cristianos en los países islámicos si el mundo no reacciona. Es necesario incluir en la agenda política internacional la exigencia a los países islámicos del respeto a sus minorías religiosas como condición “sine qua non” para cualquier iniciativa bilateral o multilateral en otros campos. Natan Sharanski, el gran disidente soviético judío que escribió “Alegato por la democracia” y emigró a Israel, escribió sobre la importancia que el apoyo internacional tuvo para los opositores al comunismo en la URSS. Hoy es necesario brindar ese apoyo a las comunidades cristianas perseguidas y exterminadas.

En España deberíamos empezar a preguntar a los partidos y a sus líderes qué piensan hacer con esto, al igual que nos interesa qué planes tienen para otras cuestiones de derechos humanos como la asistencia a los refugiados. Habría que empezar a ver si las muestras de “apoyo” y “solidaridad” se extienden a los millones de cristianos amenazados en todo el mundo por el terrorismo yihadista. Quizás la Semana Santa brinde la ocasión para preguntar por esos crucificados en nuestros días y en nuestro mundo ante el silencio de millones en Europa.

Rompamos el muro de silencio e indiferencia que rodea al exterminio de los cristianos.

Fuente: Elimparcial

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