Agravio a la civilización

• Marcos Aguinis

El abrazo y los besos fraternales del Papa Francisco con el Patriarca Ortodoxo Kirill, no sólo cierran la grieta milenaria que dividió al cristianismo, sino que elevó un repudio firme contra la persecución de la que es objeto en la actualidad.
Un volcán escupe lava y amenaza multitudes. El ala fundamentalista del Islam, tras varias décadas de latencia, se ha erguido con furia y avanza con diversas intensidades, métodos y justificaciones. Pretende devolver el mundo a la oscuridad de la Edad Media.

La ONG llamada MECHRIC (Comité Cristiano del Medio Oriente), formada por instituciones de Irak, Líbano, Sudán, Irán, Siria y todo el norte de África, fue fundada en 1981 para monitorear las agresiones que se venían cometiendo contra las poblaciones cristianas desde el Atlántico hasta el océano Indico. La masacre contra la iglesia copta de Alejandría determinó que esa entidad publicase un documento en el que –¡por fin palabras claras!- condenó a sus autores directos e intelectuales. “Este acto atroz fue realizado por los seguidores jihadistas de una ideología criminal corporizada por Al Qaeda, la red Salafi y sus aliados, que están infiltrando las elites de toda la región”. MECHRIC urge a los pueblos cristianos del orbe a movilizarse en favor de sus hermanos del Medio Oriente gravemente amenazados por una permanente discriminación. “También convocamos a los sectores democráticos y las organizaciones defensoras de los derechos humanos de los países árabes y musulmanes a condenar la barbarie cometida contra los coptos de Egipto y contra los cristianos de Irak y otras regiones de la zona”. Desde entonces la situación ha empeorado.

No es un secreto que en Arabia Saudita está terminantemente prohibido construir una iglesia o exhibir una cruz, pese a que ese país construye mezquitas suntuosas por doquier. Bajo la Autoridad Palestina, el hijo de un peluquero en la ciudad de Qalkilia fue encarcelado por el “crimen” de haber formulado dudas respecto al Islam; los intendentes cristianos de varias ciudades cisjordanas fueron reemplazados por musulmanes; un lento y permanente éxodo vacía de cristianos a todos los territorios llamados “palestinos”. Los católicos están desapareciendo de Irán. No cesan de disminuir los maronitas en el Líbano. Casi no quedan en Siria.

Las matanzas ocurridas en Sudán a lo largo de muchos años por hordas que irrumpían en las aldeas cristianas conforman una muestra del más extremo horror. Ni hablar sobre el genocidio de Darfur. Pero Sudán y otros países que oprimen a la mujer y discriminan a sus minorías religiosas, siguen formando parte de las Naciones Unidas y ¡hasta integran comisiones vinculadas con los derechos humanos! En Eritrea se propagó la fantasía de que los cristianos deseaban voltear la Junta dictatorial y se puso en marcha una campaña para limpiar el país de “los subversivos que portan una cruz”. En Bagdad hubo un asalto a la catedral, en medio de la misa, y se asesinó a 58 personas. Esto viene de lejos y ha crecido por la apatía del resto del mundo.

Durante la dictadura del general Muhammad Zia, en Pakistán, se sancionó una ley contra la blasfemia, término vago que incluye desde una expresión insultante hasta una ingenua sospecha sobre las verdades del Corán. En Nigeria fueron secuestradas centenares de niñas, forzadas a convertirse al Islam y ser esclavas sexuales. La misma técnica, pero agravada, ocurre en Irak: después de asesinar a todos los varones de la familia, son secuestradas sus mujeres para que también sirvan de esclavas sexuales. El espanto es más intenso al enorgullecerse los fanáticos por la decapitación de sus prisioneros y someter otras víctimas al suplicio de la crucifixión. ¡En pleno siglo XXI!

Estos sectarios aspiran a un Medio Oriente Christenrein (limpio de cristianos), así como ya lograron que sea Judenrein (limpio de judíos) cuando expulsaron de sus países a todos los judíos en 1949, que terminaron refugiándose en Israel. Se estima que la población cristiana del Medio Oriente, hasta fines del siglo XX, se acercaba a un 20 por ciento. Los últimos censos la han reducido a un 5 por ciento. Y su número sigue bajando. Ahora se ha exacerbado el odio contra los inermes yaseríes y otras minorías, que son objeto de un exterminio sistemático. Aquí corresponde emplear la palabra “genocidio”, que se ha banalizado en boca de muchos ignorantes. Genocidio es precisamente eso: liquidar un vasto grupo humano por razones de nacionalidad, raza, etnia o religión. Exterminarlo, hacerlo desaparecer de la faz de la tierra. En el siglo XX sufrió genocidio el pueblo armenio y otro más atroz el judío. Luego llegaron las matanzas africanas. Ahora se destacan los crímenes perpetradas por las ramas asesinas del Islam. Algunos líderes, envalentonados por sus éxitos, han manifestado que también recuperarán España y, en la misma España, ciertos imanes respaldan ese “derecho”, para lo cual se reproducen imágenes de la antigua presencia musulmana en el país. En otras palabras, el infierno del Medio Oriente –para estos sicarios- no se reducirá al Medio Oriente. Su ambición es planetaria, aunque parezca absurda.

El delirio ya se extendido más de lo sospechado. Crece bajo el calor de la tolerancia religiosa que floreció en Occidente. Pero esa tolerancia no es asumida por muchos líderes musulmanes. En Italia, el ministro del Interior acaba de expulsar al imam Raoudi Aldelbar con este mensaje: “Es inaceptable que se hagan explícitas invitaciones a la violencia y el odio religioso. Por eso he dispuesto su inmediata expulsión del territorio nacional. Que mi decisión sirva de advertencia a todos quienes piensen que en Italia se puede predicar el odio”. La medida fue adoptada tras una serie de investigaciones del Servicio Central Antiterrorista Italiano. Durante sus alocuciones el imam maldijo a Israel y pidió la intercesión de Alá para que “muera hasta el último judío”. “Israel es un pueblo que merece ser encadenado y maldito. Alá: búscalos de uno a uno y mata hasta el último de ellos. Haz que su comida se convierta en veneno y se convierta en llamas el aire que respiran”.

No es un estilo nuevo. Prédicas similares abundan en Irán y son propaladas a diario por Hezbollá y Hamás.

Urge que la porción civilizada del mundo ponga las manos en el fuego. Lo acaba de hacer el papa Francisco con su habitual valentía. Falta que también eleven su voz los gobiernos y las organizaciones internacionales. Pero sobre todo, falta que haya condenas explícitas contra esta versión canallesca del Islam por parte de los mismos musulmanes. Es decisivo. A estos les corresponde defender los aspectos nobles de su religión. Hacerlo con fuerza. Es cierto que los atraviesa el miedo a represalias cargadas de salvajismo. Pero su silencio los hace cómplices. No alcanza con poner las culpas afuera. Las matanzas en Siria, Irak, Nigeria y otros países no dan lustre a las enseñanzas del Corán ni corresponden a las palabras con las que empieza cada una de sus suras, que dicen: “En el nombre de Alá, clemente, misericordioso”. En esos crímenes no hay clemencia ni misericordia, sino agravio a los cielos, si se considera que Alá es el creador de la vida.

Lamentablemente, en el Corán existen versículos reñidos con la paz, la pluralidad y la tolerancia. Son los versículos que citan los jihadistas. Es obligatorio decirlo y reconocerlo. Como también es obligatorio decir y reconocer que existe ese tipo de versículos en la Biblia. Pero la civilización ha logrado que se haga abstracción de las porciones hostiles y se acentúen las piadosas y fraternales. Ellas convierten a las religiones en un motor de la paz exterior e interior, luego de siglos en que parecían condenadas a lo contrario.

Es inmoral la relativa indiferencia con la que el mundo civilizado responde a este salvajismo. Desde la prehistoria existieron guerras de religión y también ocurrieron entre diversas denominaciones cristianas. Pero se han realizados valientes y denodados esfuerzos por superar semejante aberración. Este esfuerzo debe ser más intenso que nunca antes.

Fuente: Coloquio

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