Persecuciones religiosas, una cruel realidad

Claudio Epelman

Están dos peces nadando uno junto al otro cuando se topan con un pez más viejo que va en sentido contrario, quien los saluda y dice, “Buen día muchachos ¿Cómo está el agua?” Los dos peces siguen su camino hasta que después de un tiempo uno voltea hacia el otro y le pregunta “¿Ey, qué es el agua?”. Con esta historia el escritor David Foster Wallace comenzó su discurso en la ceremonia de graduación para la generación de 2005 en la Universidad de Keyton. 

El sentido con el que Wallace contó la parábola era transmitir a los estudiantes el hecho de que a veces las realidades más obvias son las más difíciles de ver y sobre las que es aún más difícil hablar. Desde antaño la humanidad ha sido testigo de persecuciones étnicas y religiosas. El holocausto judío, el genocidio armenio y la masacre de Ruanda son sólo algunas de las máximas atrocidades que la especie humana creó y de la que a su vez fue víctima. Atrocidades que nos avergüenzan pero que recordamos para que no vuelvan a repetirse, pues el olvido podría ser el pasaporte a un nuevo desastre. El pasado 15 de marzo sucedió algo que no tuvo gran trascendencia mediática pero que fue de una gravedad superlativa: atentaron contra una Iglesia cristiana en Pakistán, donde murieron más de 60 fieles y otros 130 resultaron heridos, solamente por estar celebrando las pascuas de acuerdo a sus creencias. Pocos días antes ocurrió en Uruguay una situación sin precedentes que conmocionó a toda la sociedad: David Fremd, un comerciante judío de 55 años, fue asesinado a puñaladas en la ciudad de Paysandú frente a su hijo. 

El asesino aludió motivos religiosos. Ese día se despertó y una voz le dijo que tenía que matar a un judío. Estos dos hechos que tuvieron lugar en terrenos totalmente alejados el uno del otro, con sociedades distintas desde su composición y contra diferentes objetivos, dan cuenta de algo en lo que no podemos hacernos los distraídos: hoy las persecuciones religiosas existen y debemos hacer algo al respecto. No se trata solamente de mirar por televisión las barbaries que ocurren en Irak o Siria y compungirnos. No alcanza con compartir una publicación en las redes sociales solidarizándonos con las víctimas de los ataques terroristas en Europa. 

Debemos hacer nuestro pequeño aporte a la paz sacando los prejuicios con los que cargamos y mirando al otro como un hermano, y exigiendo a los gobiernos que tomen medidas concretas en la lucha contra el flagelo del terrorismo y las persecuciones de fe. En un futuro cercano nuestros hijos van a preguntarnos cómo está el mundo del que deberán hacerse cargo. Así como los peces de la historia de Wallace nosotros también podemos reaccionar y darnos cuenta a tiempo, empleando nuestras capacidades para mejorar el entorno en que vivimos.

Fuente: Clarin.com

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