El apocalipsis de Juan: un formidable registro de la transición del judaísmo al cristianismo

Irving Gatell

Empecemos con el análisis del contenido de lo que, en el Apocalipsis de Juan, es presentado como la revelación especial de lo que debe “ocurrir pronto”.

Los capítulos 4 y 5 inauguran la visión de un modo estrambótico, y lo que describen no es otra cosa sino una litrugia celestial. Es como si el visionario repentinamente hubiese entrado a un Templo Cósmico a presenciar algo que los seres humanos hacemos con mucha regularidad –servicios religiosos– pero esta vez llevados a cabo por celes angélicos.

A eso se refiere la expresión “he aquí una puerta abierta en el cielo…” (Apocalipsis 4:1). ¿La puerte de qué? Evidentemente, del Templo Cósmico.

Lo primero que se menciona es un trono (4:2) rodeado por un arcoiris “semejante” a la esmeralda (4:3), ocupado por alguien (evidentemente, D-os mismo) de quien sólo se dice que su aspecto es “semejante a piedra de jaspe y de cornalina” (4:3). No se dan más detalles, y en ello notamos una clara marca del pensamiento judío, renuente a cualquier intento por describir a D-os.

En cambio, el texto va inmediatamente a la descripción de quienes están junto al trono: 24 ancianos “vestidos de ropas blancas y con coronas en sus cabezas” (4:4), siete lámparas de fuego (4:5) y “cuatro seres vivientes” (4:6).

Vamos por partes: ¿quiénes son estos 24 ancianos?

En la versión original factiblemente elaborada en Qumrán, habrían sido los líderes sacerdotales de la secta qumranita. Es fácil de deducir por la indumentaria; vestimentas blancas (típicas de los esenios) y coronas en las cabezas (muy propias del simbolismo en Qumrán). Pero en la reconstrucción cristiana –la que tenemos a la mano– es obvio que esta identificación ha cambiado.

¿Por qué 24 ancianos? En la lógica original, porque fueron 24 las familias sacerdotales encargadas del Templo, según consta en I Crónicas 24:8-31. Pero es dudoso que dicha lógica tuviese sentido para los autores cristianos, que probablemente no tenían demasiada idea de cómo funcionaba un Templo que, para entonces, ya estaba destruido. Sin embargo, conservaron el nombre. Es probable que les haya parecido razonable en función de que el pueblo de Israel –el del Antiguo Pacto– se fundó con 12 patriarcas, y la iglesia –la del Nuevo Pacto– se fundó con 12 apóstoles.

Sería entonces una reinterpretación radical e interesante: de un sentido jerárquico muy preciso y estricto, donde todo era decidido por la Casta Sacerdotal, se habría pasado a un sentido eminentemente popular, toda vez que la noción cristiana sobre los apóstoles nunca fue la de gente aristocrática o pudiente, sino personas sencillas y humildes.

¿Qué representan los siete candelabros? Según el propio texto, a las “siete iglesias”, una clara referencia a lo que se mencionó en Apocalipsis 1:12-16, donde Jesús es descrito como el Sol rodeado de siete luminarias (candelabros), que según los conocimientos astronómicos de la época serían los planetas: Mercurio, Venus, Tierra, Luna, Marte, Júpiter y Saturno.

Esto refuerza la noción de Culto Cósmico en Apocalipsis 4, porque no sólo los ángeles y otros seres especiales están participando de esta liturgia, sino incluso los planetas que giran alrededor del Sol. De este modo EMINENTEMENTE SIMBÓLICO se enfatiza la grandeza de D-os, a quien se le rinde adoración absoluta.

Los cuatro seres vivientes son los más fáciles de identificar: evidentemente, la imagen está recuperada del capítulo 1 de Ezequiel –el antecedente perfecto de lo que lugo vino a ser el simbolismo apocalíptico–, y son lo que en hebreo antiguo se conoció como SERAFIM, castellanizado como “serafines”.

La imagen está ligeramente distorsionada. Ezequiel los describe de este modo: “… había en ellos semejanza de hombre. Cada uno tenía cuatro caras y cuatro alas. Y los pies de ellos eran derechos, y la planta de sus pies como planta de pie de becerro; y centelleaban a manera de bronce muy bruñido. Debajo de sus alas, a sus cuatro lados, tenían manos de hombre; y sus caras y sus alas por los cuatro lados. Con las alas se juntaban el uno al otro. No se volvían cuando andaban, sino que cada uno caminaba derecho hacia adelante. Y el aspecto de sus caras era cara de hombre, y cara de león al lado derecho de los cuatro, y cara de buey a la izquierda en los cuatro; asimismo había en los cuatro cara de águila” (Ezequiel 1:5b-10).

La descripción en Apocalipsis es más escueta: “… cuatro seres vivientes llenos de ojos delante y detrás. El primer ser viviente era semejante a un león; el segundo era semejante a un becerro; el tercero tenía rostro como de hombre; y el cuarto era semejante a un águila volando. Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas, y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos” (Apocalipsis 4:6b-8a).

Lo que más llama la atención es que mientras en Ezequiel cada ser viviente tiene cuatro rostros (hombre, león a la derecha, buey a la izquierda, águila atrás), en Apocalipsis cada uno es un ser distinto (los mismos, salvo por la sustitución del buey por becerro).

¿Por qué esta diferencia? Lo más probable es que se trate de una corrupción textual derivada de algo muy comprensible: los documentos qumranitas en los que se basaron los autores cristianos para elaborar el Apocalipsis, debieron ser documentos recuperados de los estragos de una guerra. Por lo tanto, es muy lógico suponer que haya estado dañados o incompletos y, por lo tanto, sus nuevos dueños y editores finales hayan tenido que reconstruir mucha de la información.

Como veremos en otros casos más adelante, es una situación que se repite de manera consistente, así que resulta completamente verosímil.

En otras palabras: en un texto qumranita original, la descripción de los seres vivientes debió ser similar, o de plano idéntica, a la de Ezequiel. Pero estos textos debieron estar incompletos o dañados cuando llegaron a manos cristianas; en consecuencia, el autor (o los autores) del Apocalipsis de Juan rehicieron lo mejor posible la imagen de los seres vivientes. Por ello, su descripción es distinta y más elemental.

Sin embargo, se entiende perfectamente que se trata de los Serafim de la tradición judía.

Por cierto: inemdiatamente viene otro detalle que también puede explicarse de este modo. Es decir: algo que tiene un referente muy claro hacia un texto de la Biblia Hebrea, pero que en el Apocalipsis se presenta alterado, lo que nos permite suponer que los autores de la versión final no tuvieron a la mano el texto completo, y lo reconstruyeron como bien pudieron.

Se trata de lo que se nos presenta como el primer himno cantado en esta liturgia celestial: “Y los cuatro seres vivientes… no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor D-os Todopoderoso, el que era, el que es y el que ha de venir” (Apocalipsis 4:8).

Se trata, evidentemente, de una referencia al texto conocido como “Kadosh, Kadosh, Kadosh” en el Judaísmo, y como Sanctus en la liturgia cristiana en latín, y que está tomado de Isaías 6:3, y dice: “Santo, santo, santo Señor de los Ejércitos; toda la tierra está llena de tu gloria”.

Una vez que los cuatro seres vivientes del Apocalipsis cantan su versión singular del Sanctus, los veinticuatro ancianos reaccionan cantando lo suyo propio: “Señor, digno eres de recibir la gloria, la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas” (Apocalipsis 4:9-11).

Se trata, entonces, de un estilo antifonal que refleja que los autores del Apocalipsis ya participaban de una liturgia cristiana notablemente elaborada. Es evidente porque, a fin de cuentas, traducen a este lenguaje simbólico con personajes celestiales sólo lo que ellos mismos comprenden y conocen. Entonces, si en este culto celestial aparecen dos grupos distintos haciendo funciones corales intercaladas (primero cantan los seres vivientes, luego los 24 ancianos), es casi seguro que los autores estaban acostumbrados a que en sus servicios religiosos se daba este tipo de alternancia musical con textos litúrgicos.

Lo que sigue continúa con la lógica de un servicio litúrgico: “Y vi en la mano del que estaba sentado en el trono un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos” (Apocalipsis 5:1).

Tiene sentido: ha terminado la adoración inicial, se han cantado las antífonas correspondientes, así que es hora de proceder a una lectura, y el libro lo tiene en su poder el Ministro principal, que en este caso del Culto Cósmico, es D-os mismo.

El libro tiene una característica muy interesante: está sellado. Esto, en lenguaje apocalíptico, no puede significar otra cosa sino que se trata del libro de Daniel: “Pero tú, Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin…” (Daniel 12:4).

En la lógica de la tradición apocalíptica judía, el texto original qumranita que luego se confirtió en el Apocalipsis de Juan, este debió ser el momento en que los grandes secretos del libro de Daniel por fin iban a revelarse. Evidentemente, el autor habría sido un típico judío exaltado y radical verdaderamente convencido de que había llegado “el tiempo del fin”.

Naturalmente, esos detalles han quedado matizados y diluidos en la versión cristiana, la que tenemos en el Nuevo Testamento. En primer lugar, porque –como ya señalamos– los documentos qumranitas originales debieron estar dañados e incompletos. Y, en segundo lugar, porque los intereses teológicos de los autores cristianos debieron ser muy distintos a los de los extremistas judíos apocalípticos.

Eso se hace muy evidente en una aparente contradicción que carecería de sentido en un texto qumranita, pero que es perfectamente lógica en el pensamiento cristiano: los versículos 2 al 7 nos cuentan que, en principio, el rollo tiene el singular problema de que nadie puede abrir sus sellos. Pero entonces se anuncia que “el León de la Tribu de Judá” es digno de hacerlo (versículo 5). Sin embargo, el que se hace presente es un “cordero inmolado con siete cuernos y siete ojos” (versículo 6).

Para un judío de Qumrán esto no habría tenido el menor sentido; para los cristianos, en cambio, es perfectamente coherente con sus creencias: se trata de los dos atributos de Jesús, el Cristo, al mismo tiempo rey de Israel (león de la tribu de Judá) y sacrificio expiatorio (cordero inmolado).

En el Judaísmo, semejante perspectiva sobre el Mesías simplemente no existe. Se nota, entonces, como el pasaje ha sido reelaborado a partir de paradigmas teológicos cristianos.

¿Qué significan los siete ojos y los siete cuernos? El propio versículo dice que son “los siete espíritus de D-os”, y eso nos vuelve a poner en contacto con los siete candeleros del capítulo 1, que vuelven a aparecer en el capítulo 4.

Es muy interesante: se trata de un símbolo solar.

En el capítulo 1 es muy evidente que este ser definido como “el Hijo del Hombre” es presentado como el Sol (versículos 12-19), y por ello se pudo deducir que los siete candelabros (o siete espíritus) tienen que ver con los siete planetas que, en ese entonces, se conocían.

Aplicando este criterio al capítulo 5, esto nos permite visualizar de un modo más preciso lo que el Apocalipsis nos quiere decir: la imagen simbólica (y recalco: SIMBÓLICA) sería la del Sistema Solar, con el Sol en medio y todos los astros girando alrededor a manera de culto religioso.

El Sol, en este caso, va acumulando características muy propias de los antiguos mitos solares, ahora replanteadas por el Cristianismo: según el capítulo 1, es el primero y el último, el que vive y estuvo muerto, y el que tiene las llaves del abismo y del Hades; según el capítulo 5, es el cordero inmolado.

En la simbología solar, de origen emintemente agrícola, el Sol es lo primero y último que vemos mientras hay luz; vive aunque estuvo muerto en dos niveles: en el de diario, muere cada noche y renace cada mañana; en el anual, muere en invierno y renace en primavera (nótese el modo en el que el Apocalipsis resalta que esto sólo es una apariencia: justo después de decir que “vivo y estuve muerto”, dice “mas he aquí que vive por los siglos de los siglos”); tiene las llaves del abismo y del Hades, porque todas las noches se interna al inframundo y lo recorre para salir victorioso cada mañana; y es el cordero inmolado, porque este viaje que hace por la región de los muertos es un sacrificio para garantizar que a la mañana siguiente volverá a aparecer para darnos vida.

Como puede darse cuenta cualquier cristiano medianamente estudiado en su religión, son simbolismos plenamente incorporados a la figura de Jesús.

La liturgia sigue, sólo que ahora deja de ser antifonal (dos grupos que se alternan cantando) y pasa a ser responsorial (los solistas ahora se alternan en su canto con la congregación entera): “Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían arpas y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos; y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque tú fuiste inmolado y con tu sangre nos has redimido para D-os, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hechos para nuestro D-os reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra. Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y su número era millones de millones, que decían a gran voz: el Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riqueas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza. Y a todo lo creado que está en el cielo y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Los cuatro seres vivientes decían: amén; y los veinticuatro ancianos se postraron sobre sus rostros y adoraron al que vive por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 5:8-14).

¿Por qué es tan importante que sea un simbolismo solar en este caso?

Porque el Sol fue, en muchas tradiciones religiosas antiguas, el símbolo del conocimiento. Por eso es lógico que, en un estilo retórico típicamente antiguo, se compare a Jesús con el Sol: él es quien va a abrir los sellos que nos harán entender en qué consiste el fin de los tiempos.

Hasta aquí, podemos detectar ya varios rasgos en donde esta construcción teológica cristiana se ha apartado de manera definitiva del Judaísmo.

El primero es esa percepción dual del Mesías: león de Judá, pero también cordero inmolado. Es algo muy lógico para el Cristianismo, pero totalmente inexistente en el Judaísmo. La prueba es que NO EXISTE un solo documento judío anterior al Cristianismo en el que se haya hablado de una dicotomía semejante (y si después de la aparición del Cristianismo se llegaron a escribir textos que abordaron el tema, fue para rechazar la postura cristiana).

En el Judaísmo NUNCA existió la perspectiva de “el Mesías” como agente reconciliador del cosmos entero. En realidad, la perspectiva tradicional judía fue de DOS MESÍAS, uno de la Casta Saceerdotal (descendiente de Aarón) y otro del Linaje Real (descendiente de David). Incluso, en la secta judía más extremistas –y la única en la que se desarrolló un verdadero mesianismo–, y que fue la de Qumrán, el Mesías principal no era el del Linaje de David, sino el del Linaje de Aarón. Después de la destrucción del Templo y de las derrotas ante los romanos (que se extendieron hasta el año 135), los judíos desarrollaron una nueva perspectiva sobre el tema mesiánico, pero nuevamente con la figura de DOS MESÍAS: un mártir guerrero, inspirado en el capítulo 12 de Zacarías, y que fue identificado como Mesías de la Tribu de Efraim, y un rey victorioso, identificado como el Mesías del Linaje de David.

Entonces, aunque existe la noción de un personaje regio (León de Judá) y algo vagamente similar a un “cordero inmolado”, en el Judaísmo NUNCA existió la idea de que esto se diera en la misma persona. Incluso, la idea del Mesías del linaje de Efarim –el guerrero mártir– es muy tardía; apenas empieza a esbozarse en la segunda mitad del siglo II, y sólo se consolida hasta el siglo III.

El otro aspecto relevante del Apocalipsis que marca una distancia insalvable con el Judaísmo es el simbolismo solar: el Judaísmo fue una religión eminentemente lunar-solar, aunque es cierto que tuvo un grupo disidente que se decantó por lo exlclusivamente solar.

Hasta donde se puede deducir de libros apocalípticos judíos como Libro de los Jubileos y todo el ciclo de Enok, la secta apocalíptica –cuyo último vestigio fue el grupo de Qumrán– tuvieron como único referente astronómico al Sol. No tenemos muchas pistas de que hayan usado un simbolismo solar tan radical como el del Apocalipsis, pero por lo menos se puede detectar esa afinidad en torno al Sol.

Sin embargo, los judíos apocalípticos estilo Qumrán se extinguieron hacia el año 73. Cuando un grupo de cristianos recuperó algunos de sus escritos y los reelaboró produciendo el libro del Apocalipsis, el Judaísmo entero ya se había redefinido como una religión lunar-solar en cuanto a sus referentes astronómicos. Esto, sin duda, refleja que ya desde finales del siglo I judíos y cristianos habían tomado rutas completamente diferentes en sus paradigmas teológicos.

La próxima semana empezamos con el análisis de los juicios de D-os, simbolizados por los siete sellos del libro de Daniel que, según el Apocalipsis, fue abierto por el Cordero Inmolado.

Fuente: Enlacejudío

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