Persecución a los cristianos en Medio Oriente

 

Medio Oriente, la cuna del cristianismo, se vacía de cristianos a toda velocidad. Una extinción en tiempo real que mucho tiene que ver con la marea negra de Estado Islámico (EI) y otros guerreros encapuchados del mismo estilo, que al grito de “Alá es Grande” se pasean ante las cámaras, espada en mano y fusil en bandolera. Y quizás en la mochila, sepan o no leer, el libro sagrado.

Lo saben mejor que nadie, porque lo viven y lo sufren a diario, los misioneros cristianos que se aventuran en esas ruinas contemporáneas en que se convirtieron, en sólo unos años, las ciudades de Siria e Irak. Acompañan en su fe a los miles de árabes cristianos que intentan seguir adelante con sus vidas, a pesar de las bombas cotidianas y bajo la amenaza, nada exagerada por cierto, de que el día menos pensado les caiga un misil encima o vean entrar en sus barrios las hordas de jihadistas blandiendo sus banderas y machetes. Será la última imagen de su vida.

“Lo que vivimos en Medio Oriente es la ampliación de lo que pasa en el corazón de cada ser humano. Es la expresión máxima de esa batalla espiritual que se da en todos nosotros entre el odio y la caridad. Es a lo que puede llegar el hombre si deja entrar el odio en su corazón”, dijo el padre misionero Luis Montes, durante una charla en el Colegio San Pablo. Allí repasó, junto con la hermana Guadalupe Rodrigo, los horrores que padecen las comunidades cristianas de la región.

No queda la menor duda de que el odio ganó definitivamente la batalla en los corazones de los jihadistas, según el relato de Montes y Guadalupe, ambos misioneros argentinos del Instituto del Verbo Encarnado con años de experiencia en Medio Oriente, ella en Siria y él en Irak.

De la imagen espiritual de los corazones, Montes pasa a descripciones más mundanas para graficar la capacidad de daño de los integristas armados. “Chicos y adultos crucificados, enterrados vivos, calcinados, decapitados. Les cortan las cabezas y las exponen para filmarlas. Lo más triste de todo es que con eso reclutan adeptos”, señaló el padre. ¿Un ejemplo? Tiene decenas, centenas. No tiene más que llamar a su congregación en Irak para que le pasen el último parte de víctimas en aquella galería del horror.

Elige el caso de un chico de 15 años de la ciudad iraquí de Mosul, tomada por las milicias de EI, que fue crucificado por escuchar música occidental. También el de una chica de 12 o 13 años que se quedó rezando hasta el último segundo cuando entraron cuatro terroristas armados hasta los dientes. Cinturones explosivos, fusiles Kalashnikov, granadas. Un arsenal. La chica le dijo a la madre, embarazada, que se quedara tranquila, que no le iba a pasar nada. Voló una bomba y todo se volvió escombros. La madre, como profetizó su hija, se salvó de milagro. La chica, no.

“Lo que más pena nos da como misioneros es que ese odio no es solamente el de terroristas que matan gente de manera cruel, de locos religiosos -dijo Montes-. Lo peor es la gente que en la zona y en Occidente, con saco y corbata, decide guerras donde mueren cientos de miles de personas por un poco más de petróleo, un poco más de dólares, un poco más de poder.”

En un aparte con LA NACION, Montes señaló que los cristianos no son la única minoría religiosa en la mira de los asesinos. “Hay distintas gradaciones de odio. La diferencia principal es que los primeros enemigos son los cristianos -explicó-. Lo primero que hacen cuando entran a un lugar es tirar las cruces abajo, incluyendo las de los cementerios, porque es lo que más odian. Les pasan por encima con topadoras.”

Para el padre Montes y la hermana Guadalupe, lo que sostiene a los cristianos sirios e iraquíes no es ni más ni menos que su fe, de la que no reniegan aunque intenten obligarlos a golpes, azotes u otras crueldades seguidas de muerte.

“Es admirable ver cómo llevan adelante su vida cotidiana, los chicos yendo al colegio, los universitarios, estudian Medicina… ¡Medicina! ¡A quién se le ocurre, si no saben si van a vivir mañana! -dijo Guadalupe, destinada desde 2010 en Aleppo, la segunda ciudad de Siria-. Los que están en la pensión estudian más que antes. Es impresionante verlos estudiando, con sus linternitas, y recibirse. Una chica se acaba de recibir en Biotecnología. Fueron cinco años de estudios… hizo toda la carrera en guerra.”

Un día dieron la alarma porque parecía que los rebeldes entraban al barrio. Las monjas y los estudiantes se fueron corriendo con lo básico. Algo de ropa, objetos personales. La muerte estaba literalmente a la vuelta de la esquina. Una de las chicas se tomó su tiempo para agarrar los apuntes de la facultad. Quizá demasiado tiempo. Y cuando otra le preguntó para qué los quería, si quizá no contaban el cuento, le contestó: “Es que si pasamos esto, el lunes tengo examen”.

Fuente: La Nación/Visavis

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