Arthur Miller: judaísmo es rebeldía

Joseph Hodara

La relectura de un libro -en particular en estos días del diluvio googliano- es un elocuente tributo a su contenido. Implica entre otras cosas que sus mensajes se incrustaron en la piel de quien por vez primera lo exploró y experimenta más tarde la necesidad de un retorno. Es mi caso en “Vueltas al tiempo”, publicado por Tusquets editores en 1987, en el que el dramaturgo y escritor Arthur Miller pasa cuidadosa revista no sólo a múltiples tramos de su vida. También anota allí trechos políticos e intelectuales de la escena norteamericana y mundial que se conocieron en la segunda mitad del siglo veinte y en los cuales fue protagonista y testigo. Por su extensión (600 páginas) aún no encontró editor en hebreo.


Nació en Nueva York en 1915. Sus abuelos y padre llegaron a Estados Unidos hacia el final del siglo XIX incentivados por las buenas perspectivas que el joven país ofrecía y la creciente cerrazón -particularmente para los judíos- que entonces revelaban no pocos países de Europa oriental. Dejaron en el camino la fe y los hábitos religiosos sin renunciar a la identidad judía en la América que formalmente decía respetarla. Bien rápido ellos lograron reunir un patrimonio que les concedió holgura y seguridad permitiéndoles vivir en un cómodo departamento en el Central Park, consentidos por un autómovil y el chófer que les facilitaba transitar por las calles neoyorquinas. La Depresión de los años treinta despedazó estas comodidades. Debieron contentarse entonces con la mudanza a Brooklyn a un humilde departamento. Temas que alimentarán las piezas teatrales de Milller.
Sobre su entorno familiar escribe: “…nací moreno, con ojos castaños y pelo oscuro, y a menudo mi familia preguntaba: ¿a quién habrá salido? Pues todos mis parientes eran bisontes blancos de ojos azules… Y cuando nacieron mis hijos ellos se interesaron en el tono de su piel…”
Apuntes los suyos que reflejaban en qué medida los judíos de origen austríaco y polaco habían asimilado no pocos prejuicios antisemitas.
Con múltiples dificultades logró culminar estudios de periodismo en la Universidad de Michigan. En 1940 conoce a una muchacha católica -Inge Morath- que profesa ideas liberales. Más no sus padres. A fin de soslayar conflictos, la pareja debe hacer concesiones aceptando algunas instrucciones del sacerdote; Miller sin embargo no dejó de perturbarlo con espinosas preguntas. Este vínculo se prolongó hasta 1956; tuvieron dos hijos. El encuentro de Miller con Marilyn Monroe en ese año trastornó esta relación. Convertida al judaísmo por un rabino reformista, Marilyn fue su esposa desde entonces hasta 1961.


Miller se consagró a escribir guiones para el teatro. En 1947 se escenifica “Todos eran mis hijos”, que tiene como principal protagonista a un fabricante de artefactos militares. Para multiplicar sus ingresos, éste no duda en ofrecer componentes de dudosa calidad; su hijo descubre el engaño. Circunstancia que lo lleva al suicidio. Abrumado por la culpa, el padre escoge también este final.


Sin duda, “La muerte de un viajante”-escenificada dos años más tarde- le abrió el paso a la celebridad. Expone en esta pieza las agonías de un modesto comerciante que viaja incansablemente de una ciudad a otra a fin de reunir recursos para su familia y al no lograrlos resuelve suicidarse para que, como fallecido presuntamente por muerte natural, la familia reciba el seguro correspondiente. Pieza teatral que reflejó las amargas experiencias de la Depresión: obtuvo dos veces el Premio Pulitzer y durante muchos años mereció estridentes aplausos en múltiples escenarios, incluyendo la URSS y la China maoísta.


Al igual de no pocos miembros de la inquieta juventud norteamericana, Miller flirteó con algunos principios marxistas; la prolongada crisis económica y el ascenso del nazismo gravitaron en esta inclinación. Pero bien rápido se liberó de esta tendencia; se inclinó a pensar que el ideal bolchevique involucra una suerte de parricidio: la muerte de los padres que deja sin recursos a los hijos.


El inicio de la guerra fría creó en Estados Unidos un ambiente hostil contra cualquier tendencia liberal y contestataria. El senador Mc Carthy promovió entonces iniciativas en contra de intelectuales y artistas sospechosos de abanderar tendencias presuntamente filocomunistas. En paralelo a numerosos intelectuales, Arthur Miller fue investigado y al negarse a mencionar nombres de personas que habrían manifestado alguna simpatía respecto a la URSS, se le condenó a prisión. Apeló entonces a la Suprema Corte y la sentencia fue borrada.


Este ambiente lo condujo a escribir “Las brujas de Salem”, drama que refiere las persecuciones que se verificaron en USA en el siglo XVII. Niñas desbordadas e histéricas agreden sin piedad a los padres y se empecinan en imponer fanáticas doctrinas. Una clara alusión al dogmatismo político que caracterizó a la política norteamericana en los años cincuenta.


Su breve maridaje con Marilyn Monroe suscitó la ruidosa atención de periodistas y del público en general. El nexo duró apenas seis años; el consumo desbordado de barbitúricos y las infinitas consultas a psicoanalistas por parte de Marilyn abreviaron los lazos entre ellos.
A pesar de que sus aciertos teatrales se redujeron después de los triunfos iniciales, Miller es considerado junto con Tennesse Williams el más talentoso dramaturgo del siglo XX. Como presidente de la asociación internacional de escritores -PEN- visitó múltiples países, incluyendo Israel. Junto con el entonces primer ministro Itzjak Rabin asistió a la presentación en Tel Aviv de “Todos eran mis hijos”.


En esta ocasión Rabin le observó: “Ya ves: también aquí, en el frente, los jóvenes luchan; pero en la retaguardia, los políticos acumulan dinero”. Recibió el premio Príncipe de Asturias en 2002 y Jerusalén un año después. Frisando los 90 años falleció en Nueva York.

Fuente: Aurora

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