Cuando Israel oculta pruebas de su propia inocencia

Evelyn Gordon

No soy tan ingenua como para pensar que unas mejores relaciones públicas resolverían todos los problemas diplomáticos y de relaciones públicas de Israel. Pero no hay duda de que unas relaciones públicas incompetentes empeoran mucho su situación. Como ejemplo, tomemos la estupefaciente revelación del pasado martes: a las 24 horas del incidente con bajas civiles con más repercusión de la guerra de Gaza de 2009, Israel había obtenido pruebas que ponían en entredicho su responsabilidad por dichas muertes. Pero las ocultó durante más de ocho años, y sólo se hicieron públicas como parte de un informe de la defensa en una demanda civil interpuesta por el padre de una de las víctimas.

El incidente en cuestión tuvo lugar el 16 de enero de 2009, cuando soldados israelíes que combatían en Gaza fueron atacados por francotiradores. Los soldados dispararon dos proyectiles contra un puesto de observación que parecía dirigir a los francotiradores. El puesto de observación estaba en la tercera planta de un edificio en el que –sin que lo supieran los soldados– también se encontraba la casa de un conocido médico, Izeldín Abuelaish. Murieron tres de las hijas de Abuelaish, además de una de sus sobrinas; otros miembros de su familia resultaron heridos. Abuelaish, que trabajaba en Israel, mantenía buenas relaciones con los israelíes y abogaba por la paz; más tarde adquirió fama mundial cuando publicó un libro sobre este incidente y su reacción ante el mismo, titulado No voy a odiar.

El mundo cargó a Israel las muertes de las Abuelaish y jamás puso en duda su culpabilidad. Sin embargo, ahora resulta que, sólo un día después del incidente, Israel tenía pruebas que apuntaban a la posibilidad de que no hubiesen sido sus proyectiles los que causaron la matanza.

La evidencia la aportaron unas pruebas de laboratorio realizadas sobre seis fragmentos de metralla extraídos de dos de las víctimas que fueron tratadas en Israel (los otros heridos no fueron llevados a Israel, ni los muertos, así que no se pudo obtener metralla de las demás víctimas). Las pruebas demostraron que, junto a las trazas de varios explosivos utilizados por las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y Hamás, al menos un fragmento contenía un explosivo, denominado R-Salt, que no usan las FDI pero sí se emplea en los artefactos explosivos improvisados elaborados en Gaza. Además, los seis fragmentos contenían nitrato de potasio, otra sustancia que no usan las FDI pero sí Hamás en sus misiles Qasam.

Un informe de seguimiento realizado un mes después, en el que se cotejaba la metralla con el tipo específico de proyectiles disparados por Israel, concluía que era imposible que cuatro de los seis fragmentos hubiesen provenido de dichos proyectiles; un quinto “podría haber procedido” de un proyectil de las FDI y, al parecer, no había conclusión posible sobre el sexto.

Todo esto sugiere que Hamás, o una organización palestina más pequeña, estaba utilizando la casa como depósito de armas. Según las FDI, no hay otra forma de explicar la presencia de explosivos que no eran suyos en la metralla.
Esto no implica de ninguna manera que los Abuelaish sean culpables. Los terroristas palestinos tienen la costumbre de almacenar armas en casas de civiles sin el consentimiento e incluso sin el conocimiento de sus propietarios. Pero sí plantea la posibilidad de que los proyectiles israelíes, cuyo objetivo era eliminar el puesto de observación sin causar daños significativos a la vivienda, no habrían provocado tantas muertes si ésta no hubiese albergado un arsenal oculto –algo que los soldados no podían saber–, que explotó con el impacto de los proyectiles. De ser así, entonces estaría claro que Israel no fue responsable de esas muertes: utilizó una cantidad de fuerza razonable para responder legítimamente a una amenaza militar y no podía prever las letales consecuencias.

Una de las acusaciones más comunes lanzadas contra Israel por sus críticos es que, como posee armas de precisión capaces de hazañas tales como destruir una sola habitación sin dañar el resto del edificio, cualquier víctima civil tiene que ser fruto de una negligencia criminal, en el mejor de los casos, o, en el peor, un asesinato. Obviamente, sólo se puede llegar a esa conclusión si se ignoran varios datos fundamentales, como que los errores son inevitables en el campo de batalla, donde los soldados deben tomar decisiones en décimas de segundo basadas en información imperfecta.
Otro de esos datos fundamentales tiene que ver con el hábito de Hamás de almacenar armas y munición en casas de civiles sin, lógicamente, informar a Israel de la ubicación de los arsenales. Esto significa que no importa cuánto cuidado pongan los soldados israelíes al elegir sus municiones: no tienen forma de afrontar la posibilidad de que un depósito de armas desconocido provoque explosiones secundarias, dando lugar a un daño mayor del previsto.

Este hecho es esencial para entender por qué la culpa de la mayor parte de las muertes de civiles no recae sobre Israel, que efectivamente se afana por utilizar fuerza militar proporcionada, sino sobre Hamás, que deliberadamente pone en peligro a su propia población civil escondiendo armas en sus hogares. Ya que con frecuencia esto no se entiende bien en el extranjero, a Israel le interesa publicitar estos ejemplos cualitativos con el mayor despliegue posible.

En cambio, ocultó su información sobre el caso Abuelaish durante ocho años. El informe del laboratorio se mantuvo tan en secreto que los abogados de Abuelaish no supieron de su existencia hasta la semana pasada, pese a que la demanda se presentó en 2010. Y entonces, tras haberse visto obligado por fin a hacer público el informe para defenderse de la demanda, el Gobierno no ha hecho ningún intento de publicitarlo; salió a la luz solamente porque un periodista se tomó la molestia de leerlo y se dio cuenta de que tenía interés noticioso.

Obviamente, una información como esta no hará cambiar de parecer a uno solo de los detractores de Israel. Pero hay muchas personas de buena fe, especialmente entre los judíos residentes en el extranjero, que de verdad quieren creer que las FDI se esmeran en evitar muertes de civiles y no pueden entender por qué, si es así, se siguen produciendo.

Israel tiene muchas respuestas válidas a esa pregunta, empezando por que su ratio de muertes civiles-militares es de hecho inferior a la de otros ejércitos occidentales. Pero esas respuestas son inútiles si no se toma la molestia de publicitarlas. Ocultar información exculpatoria durante ocho años sobre un caso con tanta repercusión no es precisamente la mejor manera de aplacar las inquietudes de sus defensores.

Fuente: Revistaelmedio

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