En este rincón del mundo

Benito Roitman, desde Israel

En este pequeño rincón del mundo suceden simultáneamente tantas cosas, tan diversas y algunas de ellas potencialmente tan destructivas, que resulta casi imposible seguirlas y también imposible (sin el casi) encontrarles un sentido lógico y racional. Acabamos de celebrar, como si se tratara de un logro personal de cada uno de nosotros, el anuncio de la compra -por parte de la empresa multinacional Intel- de Mobileye, una empresa tecnológica israelí que produce sistemas avanzados de asistencia para la conducción, por más de 15 mil millones de dólares (el precio más alto pagado hasta ahora por la compra de una empresa israelí). Junto con ello se nos comunica que la economía del país –su Producto Interno Bruto (PIB)- ha crecido 4% durante el año 2016, cuando en los países desarrollados (EE.UU, los países europeos, Canadá, Japón, etc.) el PIB en el 2016 creció por debajo del 2%. Pero  nos enteramos asimismo que un día sí y el otro también, se abren, se continúan y se cierran investigaciones por denuncias de corrupción y malos manejos de todo tipo que involucran a autoridades públicas estatales y  municipales, a empresas públicas y a corporaciones privadas, sin que a nadie se le mueva un pelo.

El Primer Ministro  y el Ministro de Hacienda celebran conjuntamente la venta de Mobileye y aprovechan para arrogarse, cada uno de  ellos, la iniciativa de disminuir impuestos (aprovechando, entre otras cosas, el ingreso de recursos por una sola vez asociados a la venta de Mobileye), aunque se olvidan convenientemente que los objetivos económico-sociales: mejor educación, más salud,  no se alcanzan, que el costo de vida no ha disminuido y que el precio de la vivienda continúa subiendo, así como sube el número de pobres y se profundiza la brecha de ingresos. Y eso con una tasa de desempleo inferior al 5% (pero donde el promedio mensual de salarios del 60% de los trabajadores del país es inferior al promedio mensual general, lo que implica una pésima distribución del ingreso salarial, como lo muestran los datos de la Oficina Central de Estadísticas). Mientras tanto la coalición de gobierno parece a punto de romperse, porque el Primer Ministro y el Ministro de Hacienda disputan por el mantenimiento o el desmantelamiento de una Autoridad de las Comunicaciones (aunque es posible apostar que el público no sabe a ciencia cierta qué implica mantener o desmantelar esa Autoridad, ni tampoco sabe –y quizás ni le interesa- si eso conducirá o no a elecciones anticipadas. Y esto último, lo de elecciones anticipadas, parece ser el deporte favorito de la clase política israelí).

Las iniciativas para incorporar los territorios ocupados (o una parte de ellos, para comenzar) a la soberanía israelí están a la orden del día, así como lo están las iniciativas –muchas de ellas ya aprobadas legislativamente- para ir limitando la capacidad de expresarse libremente. No sabemos qué pasa con las construcciones de viviendas en los territorios; parecería que se estuviera acatando la voluntad del   Presidente de los EEUU, Donal Trump en el sentido de frenar por ahora su avance, pero en cualquier momento podríamos llegar a enterarnos que ese freno es sólo temporario y táctico. En el interín, continúan esporádicamente los atentados de arma blanca y los ataques a pedradas, mayormente en los territorios; para gran parte de la población se han incorporado ya como parte de la experiencia cotidiana, pese a que son un recordatorio constante de la ocupación. El informe del Contralor General de la Nación referido a la guerra de Gaza, presentado hace unas tres semanas, parece haber desaparecido de la atención pública, después de los violentos comentarios en pro y en contra que en su momento colmaron los medios. Pero en un ambiente que se está tensando, en donde varios ministros han afirmado como al pasar que la guerra está a la vuelta de la esquina, es urgente recordar que uno de los principales valores de  ese ya casi olvidado  informe es el hincapié que hace en el desaprovechamiento de las oportunidades existentes entonces, en 2014, para negociar en lugar de atacar; y esas oportunidades también existen ahora, aunque no resulta claro si la actual dirigencia está dispuesta a anteponer la cordura y el razonamiento a la soberbia y al mesianismo. Lo que sí resulta claro es que la educación –el principal instrumento para moldear a largo plazo el carácter de una sociedad- está siendo cooptada y alejada de una formación universal basada en un pensamiento crítico y libre; y parecería que la sociedad no sabe cómo –o no le interesa- reaccionar.

En vista de todo lo anterior es admirable ver –aunque a veces  desconcierta-  cómo es que la sociedad israelí  puede desarrollar una vigorosa vida cultural, intelectual y científica, cómo es que su economía continúa creciendo, cómo es que mantiene una posición privilegiada en varias de las áreas de punta del desarrollo tecnológico internacional. Pero es también legítimo preguntarse cómo se están definiendo las tendencias a futuro de estos desarrollos. Y el temor real es que la cotidianeidad arriba esquematizada esté pesando negativamente sobre todos estos aspectos, amenazando la libertad de expresión, concentrando los frutos del crecimiento en pocos manos y cediendo el control de los desarrollos tecnológicos hechos posible por el talento nacional, a las grandes corporaciones internacionales que centralizan cada vez más en sus manos el destino de los avances de la tecnología.

Esta incompleta y desordenada síntesis de lo que sucede día a día en este pequeño rincón del mundo debería llevar a reflexionar, quizás, sobre los rasgos y las inclinaciones de una sociedad expuesta cotidianamente a este tipo de eventos. Es probable que con el tiempo se haya ido  desarrollando una especie de acostumbramiento o  alguna forma de “callosidad social” que permita continuar viviendo dentro de lo que podría considerarse la normalidad, sin caer en depresión o en una total desconexión con la realidad; aunque opinar sobre ello requiere conocimientos sociológicos y de psicología social de los que carezco. Pero de todos modos es posible suponer que en alguna medida, la tensión permanente que genera una realidad de amenazas externas, cuando éstas son exacerbadas por una constante mención de su inminencia, sea cierto o no, aunada a los feudos internos entre religiosos y seculares, entre “derechistas” e “izquierdistas” (en la peculiar acepción israelí de esos términos), entre “mizrajim” y “ashkenazim” (y otras minorías), en un contexto en que la corrupción y el amiguismo y la “viveza” no parecen tener demasiada sanción social, todos esos elementos están dejando sus huellas en el carácter y la conducta de esta sociedad.  

¿Y cómo se supera esto? Se requiere un cambio profundo, una remoción de fondo que  libere a esta sociedad de esta especie de sopor en el que está sumida. ¿Elecciones? Puede que sean instrumentales para el cambio, pero siempre que constituyan el vehículo para que nuevas fuerzas, no comprometidas con lo que viene sucediendo, asuman la dirección de esta sociedad y la hagan avanzar hacia un futuro de paz y de solidaridad. Mayores milagros se han visto en este rincón del mundo.

Fuente: Aurora

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