Sigamos celebrando la fiesta de la Libertad

Benito Roitman

En unos pocos días más estaremos celebrando la fiesta de Pesaj, la Pascua judía, la consagración de la libertad y el comienzo de una nacionalidad. Y se repetirán las mismas ceremonias, y se volverá a contar a los hijos sobre la salida de Egipto, y se reiterará el mismo sentimiento de que en esa ocasión, somos nosotros los que fuimos liberados. Y la antigua tradición volverá sobre la leyenda, y sobre la esclavitud vencida, y sobre los milagros en la trayectoria del desierto a la tierra prometida. Y el mito seguirá en pie, más allá de su vaga legitimidad histórica, y seguirá siendo fundacional.

Y sí, el mito es importante. Sobre él, sea verdadero o no, se ha construido un pueblo y es parte inseparable de la identidad de ese pueblo, esté donde esté. Pero en estos  días es imperativo preguntarse, al menos por parte del pueblo que reside en la tierra donde se ha vuelto a establecer el hogar nacional judío, qué aspectos de la leyenda, cuáles de sus vertientes y de sus interpretaciones han de servir de guía para mantener vigente los valores que derivan de esa leyenda, que a mi juicio se centran en el infinito aprecio por la libertad ganada a la esclavitud, en el código ético que se forjó en el desierto, en las lecciones morales que recogió la Torá, en particular en relación con la actitud a tener con el “otro”, con el extranjero, que aunque insertas en una cultura ya trascendida, deben de adaptarse a las realidades actuales. Y se trata, además, de aceptar que no se trata de valores tribales; estamos orgullosos, al menos de labios para afuera, de la universalidad que han alcanzado esos valores, aunque seamos socios menores en los esfuerzos que se han requerido para alcanzar esa universalidad.

Sin embargo ¿se compagina todo eso con lo que realmente está sucediendo en este país?  Desde hace ya un largo rato vivimos un persistente deterioro de esos valores, en especial en lo que tienen que ver con su aplicabilidad más allá de nuestras estrechas miras tribales. Ese deterioro no es sino la consecuencia de una visión carente de toda racionalidad. Una visión que antepone el pensamiento y la creencia fanática de una promesa divina, a las necesidades reales de un pueblo en busca de un hogar –de su hogar- donde pueda acogerse y acoger a sus hermanos y vivir en paz con sus vecinos, sin ejercer sobre ellos el yugo que el Exodo de Egipto le enseñó a repeler. Es decir, si se pudiera dar un término moderno a los valores desarrollados a partir de las enseñanzas del Exodo,  cabría utilizar la palabra democracia, entendida como el gobierno de las mayorías pero con el máximo respeto a las minorías, y entendida también –y al mismo tiempo- como el sistema que prioriza el mantenimiento y la defensa de los derechos individuales y sociales.

Pero es precisamente esa democracia la que se está deteriorando a ojos vistas, eso sí, con la formal utilización de instrumentos que constituyen parte del arsenal de la democracia, en la mejor tradición de  regímenes que terminaron traicionandola.  Así es como la votación mayoritaria, en el Parlamento (la Kneset), ha impuesto disposiciones que limitan y constriñen valores democráticos como la libertad de expresión, como la libertad de circulación, o que ha convalidado acciones ilegales en los territorios ocupados (ilegales tanto para las leyes internacionales como para la propia legislación local) para convertirlas en eventos limpios de toda mácula. Y es así como el Ejecutivo distribuye los recursos del Estado -que son de toda la Nación- con el criterio de apoyar sólo a quienes piensan como los partidos de turno, sus ministros y sus seguidores. Y el control de los medios de comunicaciones parece ser el principal objetivo de las más altas autoridades, a pesar de lo evidente que resulta a la comunidad internacional –pero quizás no tanto a esta sociedad anestesiada-  que pasos como estos sólo llevan a la pérdida de los valores democráticos. Y es inútil recordarles, si es que alguna vez la conocieron, la sabia expresión del mexicano Benito Juárez, el Benemérito de las Américas, cuando decía: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz.” Aunque esa expresión esté emparentada con la que una vez el sabio Hillel utilizara para resumir toda la Torá: “Lo que te es odioso a ti, no se lo hagas a otro”. Pero parecería que se trata de enseñanzas que se han ido esfumando en el tiempo.

Pesaj, esta fiesta de la libertad, es un momento tan bueno como cualquiera para evaluar qué va quedando de lo que fuera una sociedad solidaria y abierta, dispuesta a escuchar y a aceptar todas las voces,  y sobre todo dispuesta a proteger socialmente a todos sus integrantes. Hoy, vaya uno a saber qué movimientos de la historia lo han ido cambiando, todo eso está siendo parte del pasado. Y son pocas las voces que cuestionan este proceso; la oposición simplemente no existe y aparentemente sólo aspira a substituir en el poder al actual gobierno, sin ofrecer  alternativas dignas de ese nombre. En ese vacío, y en el ámbito menos esperado –el económico- destacan las observaciones que una institución como el Banco de Israel hace a la labor del gobierno, cuyo carácter crítico es indudable, ya que pese al lenguaje gentil utilizado, no dejan de poner en tela de juicio la dirección que sigue el gobierno en temas económicos cruciales. 

En efecto, en oportunidad de la presentación del Informe Anual 2016 del Banco de Israel y de la  conferencia de prensa correspondiente –el 29 de marzo de 2017-  en la que participaron su Presidenta y el Director de Estudios Económico del Banco, ambos hicieron referencia al contenido del Informe, destacando en primer lugar las fortalezas de la economía y sus logros en materia de ocupación. Pero en ambas intervenciones ha resultado claro que el Banco sostiene posiciones discrepantes con la conducción económica del gobierno en temas centrales, tales como la proporción de recursos que se vuelcan en las áreas sociales (educación y salud principalmente) y la continua disminución del gasto público como porcentaje del PIB. Y más aún, la crítica se ha centrado en lo que podríamos llamar miopía económica del gobierno, que concentra sus acciones en el corto plazo en desmedro dre las necesidades del mediano y del largo plazo, lo que está poniendo en riesgo el crecimiento económico futuro, y con él el bienestar de la población.

Seamos realistas; estas críticas no llegan a la mayoría de la población ni afectan –ni modifican- el rumbo de la política gubernamental. Pero representan, al menos en vista de  la virtual ausencia de una oposición seria, una forma de discusión política que  mucho se querría ver ampliada y difundida a lo largo de toda la sociedad. Porque cuando se ejerce la crítica, se está rechazando una gran debilidad social: la resignación Y hoy, precisamente hoy, es necesario recordar que  la lucha contra la resignación destaca entre las grandes enseñanzas de Pesaj.   Sin esa lucha, insiste una y otra vez el mito del Exodo, todavía seríamos esclavos en Egipto.

Quizás por ello, pero también porque es preciso mantener el optimismo, se debe entrar a celebrar la Fiesta de la Libertad como una forma de exaltar los valores que nos acercan, y rechazar los que nos separan.      

Fuente: Aurora

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