Los palestinos, agentes de su propia destrucción

Denis MacEoin

Con el advenimiento de la Administración Trump, se esperan abundantes cambios, no sólo en el frente doméstico, también en el internacional. Una de las primeras regiones que requerirá inmediatamente su atención es Oriente Medio, donde las políticas de la Administración Obama han tenido como resultado un papel más reducido de Estados Unidos y, por lo tanto, de la libertad global.

Si la Administración Trump quiere hacer rápidos progresos en el proceso de paz (al punto de que verdaderamente hubiera tal), su primera prioridad debe ser demoler el relato palestino. Es un relato falso de principio a fin. Dice falsedades históricas sobre los orígenes del pueblo palestino, la presencia de los judíos en el territorio, la identidad judía y cristiana de los lugares sagrados y la autoinfligida Nakba de 1947-1948. Pero es improbable que un enfoque puramente histórico pueda calar a nivel político o emocional. Hay algo más que se debe tratar. Ese algo más debería ser, precisamente, un firme rechazo del relato victimista palestino. Es esta percepción de los palestinos como víctimas constantes de un agresivo Israel lo que solivianta a cristianos propalestinos, activistas pro derechos humanos, moralistas, socialistas y demás.

Es difícil exagerar la importancia de un cambio de narrativa. De hecho, es la clave para la paz. "Igual que no pudo llegar la verdadera paz a la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial hasta que los alemanes no abandonaron el relato alemán y aceptaron la historia real sobre la guerra, que empezó su país, sólo el abandono del relato palestino y la aceptación de la auténtica secuencia de los acontecimientos de 1947-1948 puede servir como base para la reconciliación entre los judíos y los árabes", ha escrito Moshé Arens, exministro de Defensa del Estado de Israel.

Los árabes palestinos, sus líderes y sus múltiples asistentes y cómplices en todo el mundo han engañado a los medios internacionales, a Naciones Unidas, a los políticos de casi todas partes, a los líderes religiosos de la mayoría de las iglesias cristianas y a los activistas pro derechos humanos de todos los continentes haciéndoles creer que son las principales víctimas del mundo, un pueblo perseguido y en apuros cuyos dolor y sufrimiento han eclipsado durante décadas los de todas las demás minorías que sufren en la faz de la Tierra.

Nunca hace falta mirar mucho para encontrar pruebas al respecto. En 2015, poco después de la visita de Mahmud Abás a la Asamblea General de la ONU, el doctor Eran Lerman, del Begin-Sadat Center for Strategic Studies, escribía esto sobre el victimismo palestino:

El discurso pronunciado por el líder de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, en la Asamblea General de la ONU la semana pasada demostró una vez más que el 'relato' victimista palestino se ha convertido en una amenaza para cualquier perspectiva realista de paz. Los líderes palestinos siguen fomentando constantemente una interpretación de la Historia que no concuerda, ya no con los hechos, tampoco con los intereses de su pueblo.

En el centro del lastimero discurso de Abás está la idea de que los palestinos son víctimas inocentes, cuyo derecho a la estadidad y la independencia se ha dejado de lado y sido brutalmente ignorado durante demasiado tiempo. En este relato, los palestinos merecen ser apoyados lo antes posible por medio de una intervención coactiva, y ha de imponerse a Israel una solución que haría efectivo dicho 'derecho'.

Lerman añade:

La falsa narrativa palestina de que sólo una parte es víctima es un importante obstáculo a todos los esfuerzos destinados a alcanzar la paz israelo-palestina. Los actores globales tienen que ayudar a los palestinos a dejar atrás la autocompasión y los ritos de vituperación de Israel, y a avanzar hacia acuerdos difíciles con Israel.

En octubre de 2016, Zahava Raymond escribía en Honest Reporting sobre un artículo del periódico irlandés antiisraelí The Irish Independent que publicitaba una exposición de fotografía titulada This is Palestine ("Esto es Palestina"), a cargo del coreógrafo y aspirante a experto en Oriente Medio John McColgan.

En el mundo de 'The Irish Independent' y la exposición de McColgan, todo palestino es víctima de la opresión israelí. No hay palestinos que hagan daño a otros palestinos y no hay palestinos que hagan daño a los israelíes. Es la habitual narrativa sesgada que los medios favorecen (...), donde 'israelíes = opresores' y 'palestinos = víctimas'.

Este falso tropo de los palestinos como víctimas es ya bastante universal, y pocas veces se cuestiona o desenmascara fuera de los medios o los círculos políticos –salvo que sean proisraelíes o verdaderamente ecuánimes–. Ahí están el New York Times, el Guardian o el Independent.

No son sólo los medios los que piensan de ese modo. Muchas iglesias protestantes de todo el mundo adoptan la misma actitud. En un artículo para Commentary publicado hace dos años, Melanie Phillips decía:

Dentro del mundo protestante, muchas iglesias son profundamente hostiles al Estado de Israel. Presentan a los palestinos como víctimas de la opresión israelí, mientras ignoran el criminal acoso que practican contra ciudadanos israelíes.

Psicológicamente, es más fácil abrazar una buena causa (o, para el caso, incluso una mala) si se recurre a parámetros simples del tipo blanco o negro. Para mucha gente, una causa buena es la de quienes que padecen el "imperialismo" y el "colonialismo"; la de valerosas minorías; la de víctimas tercermundistas de la opresión del Primer Mundo; la de las vanguardias revolucionarias y la de cualquiera que se sienta explotado por Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, etc. Otras potencias imperialistas, como Rusia, China o Irán, son convenientemente soslayadas u olvidadas, por no hablar de los siglos de imperialismo islamista sobre Irán, Turquía, Grecia, todo el norte de África, Hungría, Serbia, los Balcanes y prácticamente todo el Este de Europa.

En este relato de buenos y malos, los palestinos, supuestamente, han sido permanentemente desposeídos, de entre todos los pueblos, por el judío, al que tuvieron la desgracia de atacar en 1948, 1956, 1967 y 1973, y contra el que perdieron. A los palestinos se les ha ofrecido repetidas veces un Estado propio, con la condición de que firmaran un acuerdo para el fin del conflicto. Pero no sólo rechazaron el Plan de Partición de la ONU de 1947, también lo hicieron con el 97% de las ofertas que les presentaron los primeros ministros israelíes Ehud Barak y Ehud Olmert. Se negaron incluso a negociar –"ni paz, ni reconocimiento ni negociaciones"– en Jartum, tres meses después de la Guerra de los Seis Días, que perdieron en 1967. La cuestión israelo-palestina, por lo tanto, tiene que ser la más negra y la más blanca de todas: antes de atacar a otro país, ten en cuenta que podrías perder. En el relato palestino, cualquier rastro de gris, cualquier introducción de contraargumentos o presentar hechos distintos se considera anatema. Sólo se debe permitir la plana, falsa y cruda verdad palestina.

Ahí es donde se complica todo. No hace falta estudiar demasiado para saber que los palestinos son responsables de muchas cosas malas que les han pasado. Judíos inocentes han sido víctimas de décadas de guerras palestinas de agresión y de terrorismo. Las cosas no son, ni mucho menos, blancas o negras. Esto significa que los defensores de los palestinos tienen que crear su propio relato o asumir alguno inventado por sus propagandistas. Por un lado, los israelíes (es decir, los judíos) tienen que haber hecho todas las cosas malas que se considera han tenido lugar en el territorio destinado por la Liga de las Naciones para el Mandato Palestino. Por otra, no se puede decir jamás que ningún palestino haya hecho nada malo. La violencia, los asesinatos y el terrorismo sólo pueden venir de un lado, el israelí, mientras que los árabes palestinos son vistos únicamente como víctimas de la barbarie israelí y la mala voluntad judía.

Este sectario afán por absolver a los palestinos de sus numerosos pecados y, lo que es peor, por cargar esos pecados sobre los judíos y los israelíes tiene consecuencias. Quizá la más grave es que se despoja a los palestinos de cualquier sentido de la responsabilidad. Ser siempre pasivos, sufrir y no actuar nunca, quejarse pero no presentar nunca propuestas constructivas –o incluso contraofertas– para dejar atrás el sufrimiento acaba dejando a los palestinos sin sentido de la autonomía.

Es hora de que, para convertirse en dueños de su propio destino, los palestinos –colectivamente y a través de sus líderes– actúen para resolver sus problemas internos y se impliquen en el mundo exterior. Para ello precisarán de un realismo que ha faltado en sus vidas durante demasiado tiempo, de un sentido de propósito y de unas metas alcanzables (en concreto, un Estado que no implique la abolición de Israel), así como reconocer los errores que han cometido durante tantas décadas.

Que hasta la fecha los palestinos se hayan negado a hacer nada de eso revela un profundo problema psicológico; un problema que los deja entrampados en una infinita ronda de violencia y negación que, trágicamente, atenta totalmente contra sus propios intereses. La gente que sufre suele decidirse por las soluciones que se le ofrecen, aunque les suponga cierto sacrificio. Algunas personas que se están muriendo por las complicaciones de un cáncer o una diabetes suelen aceptar someterse a una mastectomía o a una amputación, porque entienden les salvará la vida. Los palestinos no tienen ninguna esperanza de salirse con la suya mientras sigan aferrados a la vieja fórmula de "ni paz con Israel, ni reconocimiento de Israel, ni negociaciones con Israel". Se han negado constantemente a dar el menor paso que les pueda conducir a una vida mejor, por no hablar de la obviedad de que Israel busca una solución pacífica al conflicto.

Si los miembros de la nueva Administración estadounidense quieren promover el moribundo proceso de paz, quizá no encuentren nada mejor para empezar que confrontar directamente el obstruccionismo palestino. Nadie quiere que los palestinos sufran sin necesidad, pero mientras sus líderes sigan prefiriendo hacerse las víctimas no se paliará ese sufrimiento. Así que hay que presionar a esos líderes lo más duramente posible, para que dejen de perseguir a su propia gente. Si es necesario, habrá que hacer que los palestinos elijan directamente entre la violencia y la libertad. Debe haber zanahorias, pero también palos. La ONU, la UE y la OCI sólo ofrecerán zanahorias. En cuanto a Estados Unidos ¿añadirá al lote la amenaza de auténticas consecuencias?

Fuente: Gatestone Institute

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