Pablo Simonetti: Discurso al recibir premio “Javer Olam” durante conmemoración de Iom Hashoa

 

(Discurso del ex Presidente de Iguales en el acto de Yom Hashoá )

“Me pregunto si lo único que cabe para recordar la Shoá no es sino conmemorar en silencio a las víctimas, realizar un toque de diana, tal vez, un acto de contrición, un esfuerzo reconcentrado de memoria. Sin embargo, los organizadores me alentaron a que dijera unas palabras, y aquí estoy, intentando no romper el recogimiento de esta fecha con ideas vanas o fútiles. Me limitaré a rendir homenaje a las víctimas desde el humilde propósito que significa pensar qué podemos hacer para que nuestro país sea almácigo de diversidades y no nido de discriminadores.

Antes que nada, agradezco la distinción Javer Olam al Círculo Israelita de Santiago y al Instituto Hebreo, un honor asombroso e inmerecido, al punto de que creo que quienes decidieron otorgármelo están en un error. Ha sido tan enorme la contribución de la comunidad judía en el mundo al avance de los derechos humanos, que cualquier esfuerzo que yo haya podido realizar resulta insignificante. Quiero dejar en claro además que este no es un reconocimiento solo a mi persona sino también a Fundación Iguales. Fue dentro del espacio formado por el compromiso y las ideas de muchos que mi trabajo a favor de una sociedad más inclusiva, expresado en particular en el empuje para aprobar la ley antidiscriminación, tomó cuerpo. Aquí presente se halla Juan Enrique Pi, el actual presidente de Iguales, quien sigue adelante con las tantas tareas pendientes para hacer de Chile un país responsable y orgulloso de su diversidad.

Recuerdo con especial emoción la labor que realizamos junto a la Comunidad Judía de Chile para sacar adelante esta ley. Con mi querido Shai Agosin y la ayuda de Marcelo Isaacson creamos una mesa de trabajo que reunió a diferentes grupos históricamente discriminados, a la que llamamos País Diverso, porque compartíamos el mismo ideal. Con Shai estuvimos en La Moneda y el Congreso defendiendo hasta la última palabra de un texto que a cada momento se veía amenazado por facciones políticas que se oponían a él, y que buscaban reducir su impacto a la más mínima expresión.

Le ley ha tenido un efecto simbólico valioso, a tal punto que la mayoría de los chilenos tiene hoy conciencia de que discriminar es contrario a la ley. Pero nos falta mucho por hacer.

Desde ya educar a la sociedad en los valores de una igualdad activa y transformadora. Para lograrlo, creemos que nuestro primer cometido debe ser cambiar la mentalidad, si me me permite la expresión, del Estado de Chile, esfuerzo que solo fue enunciado en la ley, sin que se le proveyera de una estructura institucional, ni de funciones, ni menos de presupuesto e instrumentos de gestión.

La idea de que somos un país diverso es reciente en el espacio público chileno. Desde la fundación de la república hasta fines de la década de los 80, el Estado perseveró en consolidar una sociedad homogénea, uniformada, con creencias y concepciones de mundo que erróneamente se suponían comunes a todos. Ejemplos sobran: el trato denigrante que recibieron personas de religiones distintas a la católica durante el siglo XIX y gran parte del XX; la ocupación y colonización del sur, que sometió a las cosmogonías, lenguas y formas de vida de los pueblos indígenas a un asedio destructivo; la voluntad estatal de establecer la primacía de los hombres, de una sola forma de familia, de una sola clase de hijos, de una sola manera de vivir la sexualidad; las ideas nacionalistas, eugenésicas y de higiene social que predominaron durante la primera mitad del siglo XX, con secuelas nefastas como el antisemitismo generalizado, la Ley de Defensa de la Raza, promulgada por Aguirre Cerda, o la Ley de Estados Antisociales, impulsada por Ibáñez; la denegación de derechos y protección a las mujeres, incluso en épocas de supuesta apertura, como fueron los años 60; la larga espera de las personas con discapacidad para ser tomadas en cuenta; la reciente asonada de racismo y xenofobia en el trato que se les brinda a los inmigrantes latinoamericanos.

Este afán de uniformidad recrudeció con la dictadura. Mediante el uso de la fuerza y el control de la prensa y las universidades, la Junta buscó imponer un modelo de conducta y valores propio de poblaciones militares. Incluso la prolongación del toque de queda durante trece años podría interpretarse como una política de disciplina cultural.

Esta estrecha visión, sin embargo, no tuvo color político. Históricamente, al interior de los partidos de izquierda tampoco hubo voluntad para tomar, por ejemplo, las banderas de la emancipación femenina, ni las demandas de la diversidad sexual.

La ceguera de siglos por parte del Estado de Chile está en la base del desafío que enfrentamos hoy para abrazar la diversidad que siempre ha existido en nuestro país y prepararse para acoger las nuevas diversidades que puedan germinar. El desafío es grande y los llamo a trabajar juntos para construir una institucionalidad gubernamental que permita transverzalizar, a lo ancho del Estado y a lo largo del país, políticas capaces de cambiar comportamientos atávicos, tanto por parte de agentes estatales, como de los ciudadanos. Su misión será lograr que los habitantes de nuestro país nos sintamos acogidos en la casa común, al mismo tiempo que veamos respetada nuestra diversidad cultural, de género, de origen nacional, de capacidades diferentes, etaria, étnica, sexual, religiosa. Con tal fin, deberá lidiar con las jerarquías naturalizadas dentro del tejido social. Dichas jerarquías, que nos dividen en ciudadanos de primera y segunda clase, construidas a lo largo de nuestra historia con el aval del Estado chileno, son la raíz de todo acto discriminatorio.

Esta tarea nos incumbe a todos y cada uno de nosotros. La religión judía ha dado el ejemplo, avanzando más que cualquier otra religión de origen semita en la inclusión de las parejas del mismo sexo al tejido familiar y religioso, inclusión que esperamos que pronto se vuelva plena. A una persona no se le debe exigir que escoja entre dos elementos fundamentales de su identidad, como son su espiritualidad y su orientación sexual. Por nuestra parte, en Iguales no hemos dejado nunca de trabajar para sobreponernos a la desigualdad estructural que padecen las mujeres lesbianas y las personas trans. Lo mismo tenemos que hacer en nuestras familias, lugares de trabajo y mundos de pertenencia. Podemos cambiar la mentalidad del Estado, pero en último término, la responsabilidad de un acto de discriminación es individual. Y si los individuos no nos liberamos de nuestros prejuicios, eventualmente, en el futuro, podríamos convertirnos en cómplices del surgimiento de gobiernos discriminadores, o incluso asesinos. Es cosa de mirar el mundo para darse cuenta de que no es una posibilidad remota.

Nuestro sueño, y con esto termino, el que estoy seguro de que compartimos en plenitud con la comunidad judía, es una sociedad sin triángulos rosados, ni triángulos amarillos, ni marcas discriminatorias de ninguna índole, por muy invisibles que nos parezcan a primera vista. Queremos que aquello que nos distingue sea valorado y celebrado como una fuente de riqueza cultural, una voluntad inclaudicable de justicia y un ejemplo permanente de igualdad”,

Fuente: CJCh

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