Marx en el diván

Pablo Cúneo

Conocidas son las acusaciones hacia los judíos creadas en la Edad Media y que incluso llegaron hasta el propio siglo XX, la más conocida fue la del crimen ritual. Se acusaba a los judíos de matar niños cristianos para utilizar su sangre en la elaboración de su matzá en Pascuas. Sabemos las consecuencias de muerte que provocaron por un populacho que creía fervientemente en ella.

Hacia mediados del siglo XIX una acusación emparentada con estas historias pero dirigida hacia el cristianismo primitivo surgió en los medios intelectuales de la izquierda hegeliana. Ya no se trataba de un populacho enardecido movido por el odio religioso, ahora se trataba de jóvenes hegelianos ateos en lucha contra el cristianismo.

Georg Freidrich Daumer, poeta y teólogo, publicó en 1847 una obra titulada Secretos de la Antigüedad cristiana donde sostenía que el cristianismo primitivo era una secta de caníbales. Afirmaba que los semitas, tal como lo muestra el caso de los sacrificios al dios Moloch, sacrificaban a sus hijos, pero mientras los hebreos se alejaron de esas prácticas sustituyendo el sacrificio humano por el de animales la secta cristiana retomó los viejos sacrificios a través del canibalismo.

Jesús pasó a ser el jefe de esta secta clandestina quien temeroso de Judas, sospechando de que fuera un espía, lo obligó a comer carne humana. Según el autor Judas terminó por denunciar esta práctica caníbal como lo fue la Última Cena. Daumer sostenía “que  la idea fundamental del cristianismo reside en la inmolación de una víctimas humana a Dios. ¿Acaso habéis olvidado que el cristianismo enseña que el cuerpo de su Dios fue sometido a un sacrificio sangriento?

León Poliakov (1989)  -de quien tomamos el relato- nos cuenta que la obra de Daumer fue tomada muy en serio en su época. Mientras Daumer distinguía entre judíos ilustrados como Judas y judíos caníbales como Jesús y sus seguidores, algunos de sus discípulos denunciaron el canibalismo judío como un todo. 

Ahora bien, el propio Karl Marx a la edad de 29 años, en el mismo 1847 en que se publicó el libro, dio una conferencia a obreros en Londres sobre las ideas desarrolladas por el autor, ideas que consideraba que darían un golpe de muerte al cristianismo. Marx afirmó: “Sabemos que el sacrificio humano constituye el elemento supremo del cristianismo. Y Daumer ha demostrado, en una obra recientemente publicada, que los cristianos han degollado realmente a hombres, han comido carne humana y han bebido sangre humana…Esta cuestión, tal como la expone Daumer en su obra, ha asestado el último golpe al cristianismo…Nos proporciona la certidumbre de que la vieja sociedad se acerca al final de sus días y que el edificio de la mentira y el prejuicio se derrumba”.

Es sorprendente observar cómo esta reconstrucción acusatoria sobre Jesús y sus discípulos tiene su parentesco directo con lo que Freud desarrollará 75 años después en Tótem y tabú. Lo que Daumer refiere a la secta cristiana primitiva Freud lo refiere a los hermanos de la Horda Primitiva que asesinan al Padre y que luego se lo comen identificándose con él e instaurando la ley. Como sabemos Freud remitirá la eucaristía cristiana a este hecho como expresión simbólica del mismo.

Hará de este mito la piedra fundamental del nacimiento de la civilización y la cultura, fundará todo desarrollo humano y religioso en él, siendo el asesinato del Padre un acontecimiento siempre presente vía trasmisión filogenética. Como se sabe en tanto hecho histórico, la reconstrucción freudiana fue duramente criticada por los antropólogos.

Freud pudo así dar cuenta analíticamente a través del asesinato del Padre de una estructura mítica -que latente- está siempre presente a ser tomada y recreada como trama acusatoria en el interior de los procesos sociales. Cuando aparece en el orden de lo real se desanda el entramado civilizatorio construido a partir de ella.

El judío ha sabido de la misma en el marco del Occidente cristiano al ser acusado de deicidio, la acusación antisemita por excelencia. Por un breve lapso y en forma atípica fue el propio cristianismo el que se vio rozado por ella y el propio Marx no fue ajeno a sus efectos.

Fuente: Mensuario Identidad

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