La persona del siglo XX, el faro que nos sigue iluminando: Albert Einstein

Moshé Korin

Albert Einstein fue a todas luces un ser humano excepcional. Si revisamos la historia contemporánea con detenimiento, es probable que no encontremos una figura que se le asemeje o que se le acerque siquiera a él, en su actitud para proyectarse a las cumbres más altas de la creatividad intelectual y a la vez a las alturas más reconfortantes de la ética personal y del esfuerzo por dignificar la condición humana.

La revista "Time"lo designó en el año dos mil, como la persona del siglo XX, y nadie se atrevería a poner en duda la legitimidad de esa elección. 

Barry Parker, uno de sus biógrafos más recientes, se arriesga a decir que Einstein fue tal vez, el más grande científico de la historia humana; luego de recordar que tenía apenas veinticuatro años, cuando enunció en 1905, hace algo más de un siglo, su Teoría de la Relatividad ("Energía, igual a masa por velocidad de la luz al cuadrado"), que le cambió a los hombres, como tantas veces se ha dicho, la concepción tradicional del tiempo y el espacio. 

Parker nos recuerda que Einstein pasó sus últimos treinta años, tratando de reunir todas las fuerzas de la naturaleza, en una teoría del todo , tarea que dejó inconclusa, dice el biógrafo, pero que está de alguna manera contenida o anticipada en su espléndido legado científico y moral. 

Quienes han estudiado la trayectoria y la personalidad de Albert Einstein, aseguran que nadie en la historia llegó más lejos que él, en su afán por darle una dimensión de totalidad a la ciencia física, en su intento de diseñar una teoría unificada del universo. 

Cuando exponía sus avances en esa dirección, solía repetir una frase que ha circulado mucho y que los biógrafos han ido rescatando, en sus distintas aproximaciones a su vida. Una frase que resume claramente su pensamiento: "Dios no juega a los dados con el Universo".Qué otra frase más elocuente, más profunda, podría haber elegido para transmitirnos su certeza de científico, su confianza en la previsibilidad total del universo. 

Todos los biógrafos de Einstein parecen coincidir en que su genio intelectual, trasuntaba una concepción del mundo en la que confluían la verdad científica, el rumbo ético, la preservación obsesiva de la dignidad humana y hasta una pasión estética que no podía disimular. 
Por eso dijo este genio alguna vez, "lo más hermoso que el alma humana puede experimentar es el misterio", y agregó: "En la emoción que suscita el misterio, está el origen del verdadero arte y de la verdadera ciencia; quien no lo siente así, pierde para siempre su capacidad de asombro. Y quien ya no se asombra de nada, quien ya no experimenta sorpresa alguna, es como si estuviese muerto". 

Trama emocional 
Einstein tenía una idea clara del proceso de la mente humana y de su profunda integración con la totalidad, de los elementos que forman la trama psíquica y emocional del hombre. 
Por eso se preguntó en cierta ocasión "¿De qué modo surge una idea nueva en la mente del investigador o del científico?" y él mismo dio la respuesta con estas palabras: "La idea nueva surge casi siempre en forma repentina y de una manera más bien intuitiva. Eso significa que la idea no llega a nosotros como una conclusión lógica conciente; pero si más tarde repasamos el proceso que hemos vivido, no tardamos en descubrir las razones que nos fueron conduciendo inconscientemente a esa nueva idea, a esa nueva conclusión". 
Estas sabias palabras del maestro ayudan a entender el hecho admirable de que la primera revelación de la Teoría de la Relatividad le haya llegado a él, cuando sólo tenía veinticuatro años de edad. Creo que no está demás recordar que cuando Newton en 1666, formuló las leyes del movimiento y enunció la Ley de la Gravedad, tenía también esa misma edad. 
La creatividad intelectual y el talento visionario, labrado a golpes de intuición, se abrieron paso en lo más profundo de estos espíritus superiores, que creaban desde la conciencia, pero también desde la intimidad de sus almas en ebullición. 

Descubrimiento 
Ese mismo proceso fue, seguramente, el que llevó a Einstein a postular, siendo aún muy joven, que la luz está compuesta de partículas, de la misma manera que la materia está compuesta de átomos. 
Su portentoso trabajo sobre el efecto fotoeléctrico, fue el que determinó que se le otorgara el Premio "Nobel" (1921). Es cierto, que por entonces, la Teoría de la Relatividad ya estaba elaborada y ya se tenía la seguridad de que iba a revolucionar el pensamiento científico, pues determinaba que las dimensiones espaciales y temporales no son absolutas, según las concebía la física clásica, sino relativas al movimiento de los sistemas en que se encuentran. 
Pero el "Nobel" le fue dado por su investigación sobre la luz, sobre el efecto fotoeléctrico, quizá, porque de las dos teorías, era la menos polémica, la que menos perturbaba o dividía a los científicos de la época. 

Humanista 
Ninguna evocación acerca de Albert Einstein, estaría completa, sin una referencia a su condición de humanista, a su incansable militancia a favor de la paz. 
Desde muy joven, fue un enemigo implacable de las guerras y de la violencia. El se distinguió por ser un intransigente defensor de los sistemas que privilegian la protección integral de la dignidad de la persona humana. 
Si como científico anhelaba construir una teoría unificada del universo, cuanto más, quería incentivar una cultura fundada en la tradición del humanismo, quería contribuir a edificar un sistema de convivencia, que garantizara la paz duradera y trabajó siempre para llegar a construir una sociedad auténtica de hombres libres; tanto en su Europa natal como en Norte América, que fue finalmente su patria de adopción. 
No había dos Einstein, uno comprometido con la ciencia y otro con el humanismo y con la paz. Había un único hombre, en el que convivían sólidamente entrelazadas como raíces, todas las vertientes del saber y de la responsabilidad ética. 

Pacifismo 
Así como el universo podía y debía ser visto desde una perspectiva de unificación y de previsibilidad, la dignidad del hombre, como parte de ese mismo universo, debía tener asignada su mirada esencial y ser también un valor garantizado y previsible. El pacifismo de Einstein, fue transparente e indestructible, pero el ejercicio concreto de su militancia, estuvo sometido a duras presiones por las turbulencias trágicas del siglo XX. 
En 1921, publicó un lúcido escrito para expresar su oposición a todo acto de guerra y para sostener que sólo se lograría un auténtico progreso social, el día en que los hombres se organizaran a escala internacional, para rechazar toda convocatoria a un servicio armado. 
Más tarde, en 1930, pronunció un recordado discurso en el que afirmó que si sólo el 2% de los ciudadanos del mundo, convocados al servicio militar, proclamaran su negativa a enrolarse y exigieran que los conflictos internacionales, se resolvieran siempre en forma pacífica, los gobiernos quedarían impotentes para llevar a sus pueblos a la guerra. Ese noble discurso se publicó en el "New York Times", y alcanzó en su tiempo gran repercusión. 

Replanteo 
En 1933, al llegar Hitler al poder determinó que Einstein se viera obligado a replantear en parte, su estrategia. Y cuando Bélgica afrontó la inminencia de la invasión del nazismo, no vaciló en firmar un texto que revisara su propia propuesta originaria, y escribió lo siguiente: "Bajo las condiciones actuales, si yo fuera belga no rechazaría el servicio militar, sino que lo abrazaría, para salvar a la civilización europea". El gran científico no renunciaba a sus principios, que se mantenían incólumes, pero comprendía que estaba llevando a los hombres libres, a una terrible encrucijada; les planteaba, paradójicamente, la necesidad de armarse, para defender a la paz. 
Un conflicto de conciencia parecido se le planteó en 1938 cuando existía la sospecha de que científicos alemanes, estaban ya trabajando en la fabricación de armas atómicas. Ese hecho determinó que un grupo de hombres de ciencia de los países libres dirigieran una carta al Presidente Roosevelt, para pedirle que los Estados Unidos se movilizara a fin de impedirlo, y hasta le pedían al presidente norteamericano que previera la posibilidad de que las naciones democráticas desarrollaran estrategias, para neutralizar esa amenaza. Einstein firmó algunas de esas cartas al presidente Roosevelt. 

Petición 
Años después, cuando la guerra estaba concluyendo y los Estados Unidos lanzaron bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki el gran científico manifestó públicamente su arrepentimiento, por haber firmado en alguna oportunidad esa petición. 
Los movimientos del alma, también se revelaban relativos y adquirían diferente valor moral, según los desplazamientos derivados, según las imposiciones crueles de la historia. Pero por encima de los horrores que el nazismo le impuso a la civilización en el siglo XX, los grandes sueños y los grandes ideales de Albert Einstein , siguieron siendo los mismos. 
El hombre de ciencia, el fervoroso defensor de la paz, el humanista inclaudicable y hasta el artista sensible, que encontró siempre su mejor refugio en el violín y en su amado Mozart, mantuvieron inclaudicables sus ideales hasta el fin de su vida. 

Progreso social 
Albert Einstein había nacido en Ulm, Alemania, el 14 de marzo de 1879, se doctoró en 1905 en la Universidad de Zürich, y en 1909 fue nombrado profesor de la misma. Él se sentía orgulloso de ser judío, fue activo en el movimiento sionista y miembro del Consejo de Gobernadores de la Universidad Hebrea de Jerusalem, en cuyo acto de fundación participó (1918). En 1952, luego del fallecimiento de Jaim Weizman, él rechazó la proposición de Ben Gurion de ser presidente del Estado de Israel. 
A más de cincuenta y dos años de su muerte, el 18 de abril de 1955, su ejemplo sigue siendo uno de los faros que iluminan la conciencia de los hombres libres.

Fuente: Delacole

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