Yihadismo en Manchester

Marcos Peckel

Marcos Peckel analiza lo sucedido en el Reino Unido donde un atentado terrorista marcó el cierre de un concierto de pop y deja cerca de dos decenas de muertos.
Una vez más queda demostrado que la guerra contra el terrorismo se gana hasta el siguiente atentado y siempre habrá uno. 12 años después del último gran ataque en el Reino Unido ocurrido en 2005 contra el transporte público en Londres con un saldo de 56 víctimas fatales, el terror vuelve a golpear a Gran Bretaña.

¿Por qué Manchester? Es una gran ciudad lo que le ofrece a los terroristas, presumiblemente de ISIS, una gran vitrina propagandística.

¿Por qué en un concierto de una estrella pop? Por la aglomeración de jóvenes víctimas inocentes, la posibilidad del perpetrador de pasar desapercibido a pesar de las extremas medidas de seguridad y el fuerte impacto mediático con niños como víctimas.

¿Quién es el terrorista? Un ciudadano británico hijo de padres libios, ferviente musulmán, indoctrinado en alguna de las mezquitas radicales en el Reino Unido o por amigos que viajaron a Siria y regresaron.

Mientras los terroristas están planeando su próximo atentado, donde y cuando puedan y quieran, las autoridades y los cuerpos de seguridad enfrentan una vez más una situación de “ataque cumplido” en el que además de tener que exhibir la sensación de que están en control, deben encontrar el “hueco” por donde el terrorista actuó en este caso por debajo del radar de la inteligencia británica, una de las más activas y eficaces del planeta.

Una vez más queda al desnudo el dilema que aprieta a las democracias liberales entre los derechos civiles y la seguridad ciudadana. Hay que recordar que los que cometieron los actos terroristas en Bruselas y Paris eran conocidos para los servicios de seguridad, tenían antecedentes y sin embargo golpearon a discreción. Se trataba de musulmanes radicalizados nacidos en esos países.

Las listas negras de terroristas potenciales en poder de las autoridades europeas son extensas y ahí radica el gran desafió.
¿Cuándo aplicar prisión preventiva, si la legislación lo permite, qué tanto hacer seguimiento a una gran cantidad de individuos y qué tanto se puede estigmatizar a una minoría religiosa sin que ser acusado de discriminación?
Derrotar a ISIS en Siria e Irak o a Al Qaeda en Yemen o Somalia no acabará con el terrorismo islámico, pues es una ideología viva, representada en cantidad de organizaciones prestas a actuar y promovida por imanes en mezquitas, madrazas y centros de estudio. Los atentados terroristas no cambiarán políticas, ni transformarán sociedades, ni siquiera atemorizarán a la población de los países golpeados. Les sirven a los terroristas para reclutar, subir la moral de “sus tropas”, conseguir fondos y decir “presente”. De pronto para que al interior de las comunidades musulmanas se haga una retrospección de porque algunos de sus jóvenes están dispuestos a inmolarse por una causa vacía. Y para los servicios de inteligencia hacer un seguimiento cuidadoso de la ideología y el dinero provenientes de países como Arabia Saudita, exportador de la ideología wahabita, fuente de radicalización religiosa.

A manera de ejemplo, los millones que ha invertido el reino saudí en la construcción de mezquitas y el despacho de imanes del golfo a Bosnia han generado un proceso de radicalización en lo que era una sociedad musulmana moderada, convirtiendo a ese país balcánico en proveedor de mercenarios a ISIS en Siria.
Hoy en Manchester. Mañana en cualquier lugar del mundo. Cualquiera.

Fuente: Caracolradio

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