Fracturas en el mundo musulmán

Jesús M. Pérez

Durante la década 2001-2011, enmarcada por los ataques terroristas del 11-S y la muerte de Ben Laden, la violencia yihadista, que golpeó duramente lugares como Nueva York, Washington, Madrid y Londres, centró el debate intelectual en el choque del mundo musulmán y Occidente. Precisamente la popularidad de la tesis sobre el choque de civilizaciones, presentada por Samuel P. Huntington, llevó al presidente del Gobierno español Rodríguez Zapatero a presentar una iniciativa, asumida por Naciones Unidas, de diálogo de civilizaciones. El libro de Huntington hablaba de las “sangrantes fronteras del Islam”, pero a partir de la campaña de ataques de Al Qaeda en Irak (que luego se transformó en el Estado Islámico) contra la población musulmana chií empezó a acumularse la evidencia de que, en términos cuantitativos, las principales víctimas de la violencia yihadista son los propios musulmanes.

Hoy la lista de países donde radicales musulmanes matan a musulmanes es larga: Argelia, Túnez, Libia, Mali, Nigeria, Somalia, Yemen, Siria, Irak, Afganistán, Pakistán… El balance de víctimas de la ola de atentados yihadistas que comenzó en 2012 en Europa, pese a su impacto social, empequeñece frente al balance mensual de algunos de estos países, donde son habituales atentados contra aglomeraciones de gente en mercados y templos.

El mundo musulmán sufre grandes fracturas que lo ponen, fundamentalmente, en conflicto consigo mismo. La primera fractura separa al tronco suní, mayoritario, del tronco chií, del que parten varias ramas, como la de los alevíes turcos, los alauitas sirios y los zaidíes yemenitas. De Turquía a Pakistán, encontramos que allí donde los chiíes son minoría sufren discriminación, restricciones a su libertad religiosa y violencia en nombre de la pureza del islam. Encontramos un historial de ataques, desde la masacre de Sivas de 1993 en Turquía al atentado del Estado Islámico en Arabia Saudita en 2015.

El conflicto entre las dos ramas principales del islam tiene, cómo no, una derivada geopolítica importante: la rivalidad entre Arabia Saudita e Irán, que se manifiesta en una gran partida sobre el tablero del Gran Oriente Medio. Ahora mismo tiene dos focos candentes. Uno es la guerra civil siria, donde en 2013 Riad y Teherán decidieron echar toda la leña al fuego aprovechando la falta de una estrategia del Gobierno de Obama, que había quedado escarmentado con la experiencia libia.

El otro foco candente es la guerra del Yemen, donde el poder militar saudí ha quedado encallado (véase “El Yemen y el límite del poder saudí”) e Irán ha asumido un papel más discreto. Un parlamentario iraní llegó a afirmar en 2014 que cuatro capitales árabes estaban en manos de la revolución iraní. Se refería a Damasco (Siria), Beirut (Líbano), Bagdad (Irak) y Saná (Yemen). Pero la rivalidad geopolítica se juega en un terreno amplio y es posible encontrar dinero saudí e iraní en lugares tan alejados como Mauritania.

Pero sin duda la gran fractura es la que vive en general el Islam enfrentado a la modernidad. La gran caída de los precios de las materias primas a finales de los años 80 obligó a la Unión Soviética a enfrentar los problemas estructurales de su economía dirigida y evidenció el agotamiento del discurso del socialismo árabe en países como Argelia. El experimento reformista soviético se llevó por delante el sistema y la Europa comunista hizo una rápida transición hacia la economía de mercado y la democracia liberal. El socialismo árabe no fue reemplazado como ideología política hegemónica por una de corte modernizador. La principal oposición a líderes como Mubarak y Arafat fue la de los movimientos islamistas, sustentados por un tejido social de organizaciones educactivas y asistenciales. Hasta Sadam Husein trató de recuperar legitimidad con una campaña de islamización que creó las condiciones para que, después de su caída, numerosos cuadros de su régimen terminaran en las filas del Estado Islámico (véase “Del Irak de Sadam y la Siria de Asad al Estado Islámico (1)”).

La esperanza quedaba fuera del mundo árabe, demográficamente minoritario en el Islam. No en vano, casi la mitad de los musulmanes viven en un arco que va del Mar Caspio al sur de Filipinas, mientras que el norte de África y Oriente Medio acoge a poco más de la quinta parte de la población musulmana. La atención estaba puesta en el experimento turco, donde se confiaba en la consolidación de una democracia islámica al estilo de la democracia cristiana europea, con el movimiento Gülen dando sustento a una ética del trabajo al estilo de la descrita por Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Hoy, la ruptura entre el partido islamista en el poder en Turquía y el movimiento Gülen, al que Ankara responsabiliza del fallido golpe de Estado de julio de 2016, es total. Y la deriva autoritaria de Erdogan es evidente (véase “Turquía ya no es el país del futuro”).

La otra región del mundo que aunaba modernidad e islam era el Sudeste Asiático. Hoy, en Indonesia, el país musulmán más poblado del planeta, el islamismo conservador avanza. Un exgobernador provincial fue recientemente condenado a dos años de cárcel, más pena que la que pedía el fiscal, por blasfemar contra el islam, en medio de una gran presión social. Precisamente la acusación de blasfemia le costó la vida este año a un estudiante en Bangladesh, asesinado por una turba de compañeros de universidad.

Años de protagonismo mediático de los yihadistas, como Osama ben Laden y su discurso sobre el “enemigo lejano”, que éramos nosotros, nos han hecho pasar por alto la fitna, la guerra civil que vive el mundo musulmán. La violencia terrorista que sufrimos en Occidente es parte de las ondas de choque de ese conflicto que nos afecta de lleno por una razón aún más importante. La presencia de una creciente población musulmana en Occidente plantea un dilema. O bien surge en Occidente un islam moderno u Occidente será consumido por el conflicto del islam con la modernidad.

Fuente: Revista El Medio

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