¿Qué Teme un Palestino?

Rabino Roberto Feldmann

Como activista palestino, decidió inconscientemente concebir su patriotismo no como empinar su patria, en vecindad con Israel, sino como la pasión de negar la patria de los judíos -llamados "sionistas"- quienes le habrían quitado la suya. Al elegir eso, su patria no es un país sino una narrativa hecha de victimazgo para demonizar. Teme que si la cambia por paz constructiva pierda su identidad palestina y sea borrado del mapa. Así, su patria se ha vuelto la sinergia del odio a Israel, y sus instituciones son el brazo armado de la propaganda que intenta lograrlo.

¿Por qué escribo esto? 
 
Probablemente, muchos estamos choqueados y confundidos. Desde el liderazgo de la comunidad palestina en Chile ha habido un incremento cualitativo de agresión: abuso antisemita contra muchachos de nuestro equipo de fútbol del Estadio Israelita en el Estadio Palestino, Propaganda en El Mercurio, boicots. 

¿Cómo evitar la tentación de reducirlo o de vendarnos los ojos en nombre de la paz que siempre debemos preservar como valor judío mayor? ¿Cómo ser claro, preciso con las palabras que buscan entender esto? ¿Y de dónde surge? Hay un proceso psicológico reciente que justifica una violencia organizada hacía muchachos judíos por el hecho de ser judíos. Cristales rotos.

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Dirigentes e individuos pertenecientes a nuestra hermana Comunidad Palestina en Chile, han logrado supeditar a cualquier judío, a ser abusado por ser "sionista". –A mucha honra serlo-. 

Esto llega en un contexto de aumento exponencial de antisemitismo a nivel mundial. Pero no es solo eso. Albañales de distintos odios y distintos antisemitismos han confluido y se potencian. Algo esencial se rompe.

El texto que escribo aquí no se refiere a los hechos estos en sí, sino al proceso psicológico que los sustenta. Este momento bisagra es el que están viviendo nuestra comunidad judía en Chile y otras comunidades judías e individuos judíos en el mundo. Y es a ello que me siento interpelado a tomar el pulso.

Este texto no es académico o rabínico. Lo escribo como un judío chileno, como un ciudadano. Lo escribo tranquilo, y no obstante, sin contemplaciones políticamente correctas. Lo hago consciente de que el proceso emocional que viven nuestros compatriotas palestinos, si bien es dañino y peligrosísimo, no por ello es incomprensible. Existen procesos psicológicos operando aquí. Entenderlos me parece crucial.


Asumir que no tenemos socios sino enemigos, es dramático. No obstante, de ser así, asumir a quienes deciden concebirse y obrar desde la enemistad, es básico. Hay discursos, premisas y anhelos de paz, que quedan obsoletos desde la comunidad judía en Chile y en nuestro país. Sin cerrar jamás la puerta a la paz, a la razón y la empatía humana verdadera, entender en qué estamos hoy, es sine qua non para conducir nuestra comunidad en el peligroso presente en que nos encontramos.

Mis palabras no son de experto, pero no son novatas tampoco. Nacen del sentido común y mi real, sentido aprecio por lo humano de mis compatriotas de origen árabe palestino. Pero pueden, aún con mi sincera intención de buscar honesta lucidez y franqueza, ofender a alguien. Es posible. Pero no por lo que diga, sino por como sea escuchado emocionalmente. 

Desde ya, dado que este texto es público y que nunca se sabe los derroteros que alcance en internet, pido con humildad y sinceridad mis disculpas si a pesar de mis esfuerzos, causaren ofensa a alguien. Como dice mi amigo Martín Hopenhayn: "Escribir es un fracaso casi seguro. No escribir es un fracaso seguro"... Entiendo mi rol como el de alguien que busca comprender los fenómenos para fortalecernos entendiéndolos, por más odiosos que sean y por más que duela confrontarlos.

Sé bien que el ideal sería escribir esto en pocas palabras, resultando un texto más breve. Pero eso no es posible cuando se analiza un fenómeno así. 

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Imagínate
 
Imagínate que eres palestino. Es decir, que tus abuelos árabes, probablemente cristianos, llegaron a Chile desde el territorio de la Turquía Otomana que los romanos bautizaron como Palestina hace dos mil años para dejar de llamarle Judea a la provincia rebelde, como obviamente se llamaba. Se vinieron probablemente hace un siglo, en torno a la primera Guerra Mundial, para esquivar el cruel y mortal reclutamiento del ejército Turco en la Primera Guerra Mundial. O buscando oportunidades. Quizá fue durante el Mandato Británico, 1918 – 1948, que le dio el inmenso territorio oriental del Mandato de Palestina, Transjordania, al rey Abdulá I, con lo que el British Mandate in Palestine quedó reducido al territorio estrecho entre el Mediterráneo y el Jordán.

Imagínate que tus abuelos venían de Belén, de Beit Jalla o de Abu Ghosh. Durante los cuatro siglos de Imperio Otomano, existió allí una cultura árabe provinciana, bastante pobre. No había un reino, califato, emirato o estado palestino. Sí una cultura. Estos árabes palestinos llegaron de aldeas que pertenecían al Imperio Otomano, luego al Imperio Británico. Y se instalaron en Chile como los judíos sefardíes de Turquía, Grecia o Macedonia, o como los judíos de Besarabia, Bukovina, Ucrania o Rusia, quienes llegaron por la misma fecha a Chile, desde Argentina, huyendo de los pogromos en Rusia, la pobreza, o el mismo reclutamiento Otomano. 

Ambos colectivos se radicaron aquí lejos. Tenían cosas en común. Gente de esfuerzo, de ciudades pequeñas o aldeas, quienes se dedicaron al comercio y les fue bien. Y tenían cosas radicalmente diferentes. Nosotros necesitábamos un estado propio, el único estado judío, el refugio, en nuestra tierra ancestral, la misma de ellos. Nos exterminaron en la Shoá. No obstante, desde medio siglo antes de eso, nuestros hermanos que no vinieron a Chile, o a otros países, emigraron a Eretz Israel / Palestina con un idealismo y sacrificio a toda prueba, crearon Kibbutzim, Moshavim, ciudades; revivieron el hebreo, una cultura, un ethos socialista y democrático, con un empuje, heroísmo y sacrificio indescriptibles. No se puede pedir al pueblo árabe palestino, con otra historia, haber tenido el mismo ímpetu. Son historias diferentes.

Sí, nuestros hermanos y hermanas judíos, inspirados por el movimiento de emancipación nacional judío que es el sionismo, levantaron a pulso el único estado judío que expresa nuestro derecho a regresar a la tierra que nos vio nacer hace tres mil años, para volver tras dos mil años a ser un pueblo libre en nuestra tierra, la tierra de Sión y Jerusalén.

Imagina ahora que esa no es tu historia, sino la historia de otros. Y la Palestina árabe tradicional no tenía en ese entonces un movimiento de emancipación nacional que pudiera concebirse moderno, como los movimientos europeos del siglo XIX. Posiblemente sea pertinente decir que esa aspiración no tenía conciencia de sí misma como Palestina, sino que se inscribía en el incipiente nacionalismo pan-árabe.

E imagina que las Naciones Unidas, conscientes de que hay dos pueblos, votan repartir el territorio pequeño en un hogar nacional para el pueblo árabe palestino y uno para el pueblo judío. Los judíos aceptamos, los árabes no. Israel surge en parte “en el lugar” que llamabas Palestina. Imagina que te opones. Los árabes musulmanes –no los cristianos necesariamente- se oponen a un estado judío. En parte visceralmente, en parte porque Dar-el-Salaam, es decir el territorio alguna vez conquistado por el Islam, (desde fines del siglo VII) "debe ser islámico” para siempre.

Imagínate que tus “hermanos árabes” se opusieron desde antes de la creación de Israel a los judíos; y desde la partición, en 1947, con violencia, que los judíos también reciprocamos, en ocasiones mucho más puntuales, de modo atroz. Y desde la creación del Estado de Israel, los árabes desataron una guerra genocida contra el Estado Judío. Cinco ejércitos árabes invadieron Israel cuando no había cumplido aún veinticuatro horas de existencia. No nos apoyó nadie, excepto oblicuamente, Checoslovaquia. Pero teníamos un arma que los árabes no tenían: no había alternativa a repeler la invasión. Los árabes podían regresar a casa en Egipto, Siria, Líbano, Jordania e Iraq. Nosotros luchábamos por nuestras vidas. Y esa es un arma poderosa. Contra todo pronóstico, heroicamente, vencimos.  


La Identidad como Emoción. Cualquier Emoción.

E imagínate ahora esto: Tu identidad, que antes era natural como del pastor de un rebaño, una tienda, una pipa de agua, un olivar, era, más allá de oponerse a Turcos Otomanos y Británicos, políticamente incipiente. Hasta que el jeque Hajj Amín al Husseini (1.0), más tarde Gamal Abdel Nasser, Hafez Assad, Yasser Arafat, Moammar Ghadaffi, Saddam Hussein y otros líderes árabes y palestinos (2.0), llegaron y revolucionaron, en la segunda mitad del siglo veinte, la identidad árabe política como anti-colonialista, anti-imperialista, (marxista-leninista o no), como fundamentalmente anti-judía, anti-Israelí. Y usaron terrorismo sin escrúpulos. Hasta hoy. Planifiicaron y ejecutaron matar civiles israelíes, hombres, mujeres y niños con premeditación por un siglo ya, hasta hoy. No por error, no por efecto colateral o fatal error de cálculo. Para matar y aterrorizar judíos y destruir a Israel. 

Imagina que creciste escuchando llamar a Israel “entidad sionista”, y que te dijeron durante toda tu vida que los israelíes eran ocupantes foráneos, que eran como los “huincas” para los Mapuche. Y luego llegó Pallywood, BDS, Autoridad Palestina, BBC, CNN e Internet (3.0). Imagina que tu cultura no interpone escrúpulos cuando de tergiversar  o mentir se trata. Imagina que te contaron historias de horror y que “tus abuelos las vivieron”, que “fueron expulsados por los judíos sionistas”, que algo totalmente distinto al idealismo heroico y creativo fue imbuyéndote de identidad árabe, y desde los años setenta, de identidad palestina: La certeza de haber sido desposeído, la convicción de que es culpa de los judíos.

Cosas humanas, emociones humanas, basadas en una narrativa hecha de todo lo que creyeron que les convenía decir, y justificando, retorciendo o escondiendo todo lo que les ha venido en gana omitir de su narrativa. Ninguna es perfecta, ninguna es absolutamente luminosa. Pero la narrativa, por no aceptar construir tu país palestino, sino rechazar el país judío, es lo único que tienes. Eso, exilio, odio y victimazgo por default.

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El Impulso de la Carencia

Imagínate que tu movimiento de emancipación nacional no se sacrificó para redimir la tierra y hacerla fértil; que no construyó, que no desarrolló. Imagina que con cinco ejércitos invadiendo a Israel recién nacido en 1948, no pudieron degollar a los judíos y echar sus cadáveres al mar como prometía el Mufti Hajj Amín el Husseini, abuelo de Yasser Arafat y amigo personal de los jerarcas Nazis, de Hitler y Himmler -imaj shemotam; sean sus nombres borrados-. Imagínate que nadie te ha dicho que hubo más judíos, ochocientos cincuenta mil, que tuvieron que huir con lo puesto de los países árabes musulmanes tras la independencia de Israel, que palestinos que decidieron o tuvieron que salir de Palestina, o de Israel recién creado, por el llamado del Mufti, en la invasión de los ejércitos árabes y la consiguiente guerra.

Imagínate lo emocional que es ver a esos pobres ancianos con sus títulos de propiedad y las llaves de sus casas esperando regresar y no pudiendo. Imagínate ver a los niños que nacieron en campamentos de refugiados palestinos. El hecho de ser peones del nacionalismo pan-árabe, confinados en ellos para mantener el odio caliente “por culpa de los judíos sionistas”, es para ti secundario.

Y el hecho que en Israel viven felices y en paz dos millones de árabes que nunca se fueron, también lo barres convenientemente bajo la alfombra. La imagen del refugiado palestino vale para ti más que todas las demás verdades. Y la anciana desposeída, pobre, el viejo con su llave y su título de propiedad, es todo lo que necesitas para hacerte tu “identidad” hecha de narrativa selectiva, o a veces derechamente inventada. Ella nace y crece siendo de víctima. Toda la vileza, el terrorismo, la cobardía, la crueldad, la tiranía; toda la corrupción de la Autoridad Palestina, la violencia terrible de Hamás en Gaza, lo desconoces o justificas con la empedernida insistencia de que alguien te desposeyó. Soy desposeído ergo existo. Soy víctima ergo soy palestino. Y esa emoción visceral es tan fuerte y viva como una verdad factual o histórica, en la psique de un activista palestino. La cree y más, es la piedra angular de su identidad. 

Imagínate que no sabes qué mueve a los judíos, que tampoco te interesa de veras saber las verdades de ellos, ni que el Rey David y el Rey Salomón gobernaron Judea e Israel, con un Templo maravilloso (que de no ser por él no existiría ni la cúpula dorada de El Omar, o la plateada de la mezquita de Al-Aqsa, construidas sobre el Bait-Al-Maqdis, en árabe, o Bet Hamikdash en hebreo: la explanada del Templo). Te tienta negar sicofantemente, que desde Jerusalén y Judea, los judíos fueron la civilización de la antigüedad que le dio la Biblia al mundo, sin lo cual no habría cristianismo ni islam ni sagradas narrativas de ambos acaeciendo en Jerusalén. Y que desde entonces, hace más de tres mil años, nunca han dejado de vivir judíos, aunque fuera unos pocos no vendidos como esclavos o expulsados por los babilonios y romanos, en Judea, Samaria, Galilea y Jerusalén. Te sientes el indígena, y relativizarlo te resulta anatema. Los judíos son de Judea, los árabes son de Arabia. Pero nada te impide inventar que eres descendiente de filisteos, o que Jesús fue "palestino". Al no haber pragmatismo, el odio incentiva la creatividad absurda de tu narrativa. 

Y no solo eso. Tu identidad está hecha de emociones. El que los hechos no las avalen no te amilana. Tú eres tu narrativa. Sus falacias son irrelevantes porque es incuestionable que tú existes. Si existes tu narrativa debe ser verdad. Tu existencia la avala. Eso crees. Y esa es una causa prima del horror que tenemos delante hoy.

Y ahora, imagínate que cada logro inverosímil de los israelíes, atiza las llamas de tu narrativa-identidad, tu odio-identidad, acaso, inconfesadamente, tu envidia-identidad. Y muy especialmente tu victimazgo-identidad. Imagínate que los judíos no solo son capaces de repeler todo lo que los árabes y árabes palestinos les arrojen: fedayines, morteros, incursiones asesinas, bombas, tanques, aviones, terrorismo ultra-izquierdista, nacionalista e islámista; bombas suicidas, cohetes, misiles –los atrapan en el aire-. Y que ganan cada guerra. ¿Qué sentirías?

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El Orgullo y sus Sucedáneos

Imagínate que eres un palestino orgulloso. Orgulloso de ser palestino. Luces Keffiyeh, amas -a mucha honra- tu cultura. Guardas algunas tradiciones. Es hermoso y noble. Digamos que hasta hablas algo de árabe. Pero: ¿Orgulloso de qué estás? Seguramente puedes estar orgulloso -y mucho- de la contribución de los ciudadanos de origen árabe palestino en Chile, a este país.

Pero: ¿En qué consiste tu orgullo de ser palestino, referido a tu pueblo “allá" en Palestina?

¿Acaso de ser hermano de los pobres palestinos, los despojados, los refugiados, los que luchan por un estado palestino que a la hora de la verdad, sus dirigentes rechazan, y que no conciben vecino a Israel sino en lugar de Israel? ¿Orgulloso por sentir ira, odio, resentimiento? ¿Orgulloso del orgullo. Emocionado de la emoción. Enamorado de la vendetta. Infatuado del victimazgo?

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Porque tu orgullo en tu identidad no se nutre de lo que los palestinos han aceptado, sino de lo que han rechazado: Israel. Y hoy, además -y es lo clave ya- de antisemitismo. No se nutre de lo que tus hermanos han creado o levantado.

¿Qué han construido? Como la respuesta es deficitaria, te abandonas sin miramientos al mito de que “Palestina” era feliz como una aldea de pitufos “hasta que llegaron los judíos y nos robaron todo”. Compraron cada Dunam, ero es más fácil el mito del robo. Reemplaza la incómoda pregunta: ¿De qué heroísmo, cultura, aporte a la humanidad, separación de poderes, democracia, solidaridad, avances de salud, ciencia, derechos de las minorías, sacrificio, bondad, desarrollo, independencia puedo enorgullecerme?

Tus estupendas revistas te relatan en lustrosas páginas bien diagramadas que una fundación realiza esto y aquello. Qué bien. Pero tu identidad no se basa tanto en lo que construyes, reconstruyes, levantas, creas. No se basa en ser palestino para crear independencia, felicidad y prosperidad palestina, sino para negar al estado judío; negar su legitimidad y demonizarle. Es una identidad por la vía negativa, culpando de todo lo que se te ocurra a los sionistas, a los israelíes, a los judíos.


Si no construyo mi estado, mi narrativa será mi patria. 
 

Como activista palestino, decidió inconscientemente concebir su patriotismo no como empinar su patria, en vecindad con Israel, sino como la pasión de negar la patria de los judíos, -llamados "sionistas"- quienes le habrían quitado la suya. Al elegir eso, su patria no es un país sino una narrativa hecha de victimazgo para demonizar. Teme que si la cambia por paz constructiva pierda su identidad palestina y sea borrado del mapa. Así, su patria se ha vuelto la sinergia del odio a Israel, y sus instituciones son el brazo armado de la propaganda que intenta lograrlo. 

Si eres un “palestino orgulloso” de tu identidad, y si te concibes como palestino con el mito de que los sionistas son los culpables de tu victimazgo, tu identidad será odio y envidia en un amasijo irracional, en que todo lo que para nosotros son los increíbles logros de los israelíes, del sionismo, de los judíos; para ti como palestino es victimazgo, odio, ira, furia, rabia, indignación, resentimiento, convencimiento de ser desposeído, lo cual lleva a más de lo mismo y a destrucción, incluso a expensas propias.  

La identidad árabe palestina en términos políticos es hoy por hoy practicamente solo odio antijudío, antisionista, antiisraelí. Y mientras más fracasos palestinos, más odio. Mientras más éxitos israelíes, tienes la tentación irresistible de alimentar el mito narrativo con libelos. Y mientras más pasas el tiempo en ello, más se refuerza el odio como Ersatz, como sucedáneo de identidad.

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Tras varias opciones rechazadas de cambiar el odio y violencia de tu narrativa por independencia de tu patria palestina en paz con Israel, a tus hermanos palestinos y a ti mismo, para ser orgullosamente palestinos, no se te ocurre otra cosa que ahondar el odio anti-israelí.

Y con una vuelta más: La mala conciencia entre nosotros los humanos, es mantenida a raya con furia y rebusque. Y cuando la mala conciencia es amenazante por su volumen y calado, la rabia se hace proactiva y proyectiva. Elegimos agredir para mantener la narrativa, y comenzamos a tergiversar. Y mentir y fabricar una industria de la mentira. Y eso alimenta el círculo vicioso. Al cabo de veinte, treinta, cincuenta o setenta años, es una inercia indetenible. Ni hablar de denunciarla.  

E imagina ahora, que no solo es tu propia irracionalidad la que genera la transposición de orgullosa identidad en odio-como-identidad:

Imagínate que todos los árabes abrazan tu causa por lo mismo. Sociedades relativamente atrasadas a pesar de una inmensa riqueza petrolera mantienen caliente al odio anti-judío, anti-sionista y anti-israelí.  

Imagínate que no solo eso, los musulmanes quienes despojaron a tus abuelos cristianos y los siguen desplazando hoy, te dan de beber de todo el veneno antisemita no solo musulmán tradicional, sino también del cristiano. Y que no solo se limitan a atizarte las llamas de tu “orgullo de ser palestino” con antisemitismo religioso:

Imagínate que todos los izquierdistas del mundo, desprovistos de épica y narrativa tras el fin del “campo socialista”, de la Unión Soviética, del fracaso rotundo del comunismo, te apoyan. Es más, que el antisemitismo globalizado, nacionalista, racial, religioso, de paranoias conspirativas – Mein Kampf y los Protocolos de los Sabios de Sión, y los sitios web, y todos los libelos medievales con los judíos mataron a Jesús, perforan la hostia, trafican órganos de niños palestinos, matan y violan y matan niños mezclados. Todo eso te lleva como flotando en un poderoso alud fecal dándole fuelle a ese ser “orgulloso palestino” tuyo.

Debiera ser otra cosa. Los judíos han sido tanto más víctimas, pero no empinan su estado desde esa psicología. Muy por el contrario. Lamentablemente, la identidad palestina no elige la vía positiva, constructiva, sino la negacionista.  

Y te llevan en brazos, en andas, te coronan de Jesús mismo, de mártir. Te perdonan toda la vergonzosa  miseria, y atizan esa alianza non sancta de izquierda "progresista", islamismo y el antisemitismo entero de dos mil años…
 
Gradualmente, tu odio "solo anti-israelí, anti-sionista" se volvió antisemita. Y te embriagas de “orgullo” entendido como odio y victimazgo. Imagínate que la corriente -de la que no quieres desmarcarte- va creciendo de modo tan exponencial, que cada campus se contagia de ello, y te unge de víctima de los judíos, desde el mismo antisemitismo católico que fundó a Chile, y a Argentina, Brasil, México, Occidente.

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Imagínate que por fin, después de décadas de un odio vago, solapadamente culpable, que admitía que “los judíos son inteligentes”, por fin, puedes, acompañado del mundo, olvidarte de complejos y vergüenzas, incluso justificar el terrorismo como “resistencia”, y que te dan a baldes las noticias producidas por las billonarias cadenas árabes como Al-Jazeera o Al-Arabiya, y las "progresistas", con fondos de la Qatar Foundation, como la BBC y CNN…
 
Más allá del Pudor (y de los hechos históricos)
 
Imagínate que ya no tienes que sentir la comezón por la vergüenza que cualquier comparación ética y humanista con Israel pudiera generarte, no necesitas pastorear complejo alguno, porque ya eres víctima indiscutida, y te convences todos los días, a 360° a la redonda, via Facebook, Twitter, televisión, noticieros, hasta con galvanos de las Naciones Unidas, que “los sionistas” matan niños en Gaza por miles, los rabinos envenenan el agua, los judíos son dueños del mundo…

Ni te diste cuenta y te has vuelto un Nazi. Pero no lo reconocerás, porque crees que perderías tu identidad palestina. Y esa equivocación te está pudriendo. Podrías ser -a mucha honra- un palestino orgulloso con un estado palestino libre y en paz. Pero te has abandonado a lo oscuro. Es una tragedia. 

Así, los últimos restos de escrúpulos se desprenden en el caudal formidable de simpatía “pro-palestina” de cada ignorante veinteañero de cada universidad, de cada facultad de periodismo, hasta los actores de teleserie y el taxista…

…Pierdes así toda motivación para informarte, para pensar con razonamientos verídicos, ajustados al principio de realidad. Vas embalado en bote a motor por un Mapocho “palestino”, y te da absolutamente lo mismo que sea islamista, izquierdista y antisemita; te da igual que sea solo odio y victimazgo convertidos en narrativa y moda. Te da igual, porque al fin te liberas de todos los pudores, de todos los constreñimientos de la razón, de la veracidad y la honestidad, y sientes la delicia de la pasión de odiar recorriéndote, movilizando tu adrenalina en compañía omnipresente, para tuitear, garabatear respuestas y repetir eslóganes. Ya no miras para atrás, y si miras para el lado, todos te aplauden, te respetan, te atizan las llamaradas, te felicitan y galardonean. Eres la primadonna del “progresismo”.

Y no solo eso. Aunque eres la mayoría, te otorgan el estatus de víctima "borrada del mapa" igual. Es decir, en el ámbito de la imaginación, de la psicología de masas, de la mitología urbana y de la sensación de "tener razón”, todo te apuntala, te afirma, te abraza y te vitorea.
 

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Por fin tienes la sensación que imaginabas que “solo los sionistas tenían” –como sermonea Trump- de “ganar, ganar y cansarte de ganar”. "Ganas" todos los “debates” (hasta los que no se dan, porque te ayudan boicoteando cualquier contendor israelí o judío chileno, quien sería un “agente del sionismo internacional”). Todo el mundo te recibe, te alaba, te refrenda y te confirma lo encomiable que es ser palestino, en tanto víctima que (también) odia a los judíos, con todo el arsenal antisemita de dos milenos.

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Hoy ya no solo es la poesía nostálgica de odio y pendencia de Mahmoud Darwish, o la deliciosa cocina, la hospitalidad árabe, o las tradiciones culturales, sino un ilimitado y poderoso sentimiento de ir ganando. Mientras más odias a los judíos, más sientes ir ganando, y más te embriagas de tu deleite de esconder, tapar y rellenar tu vacío de logros reales con el logro irrefutable de vencer a los judíos en el terreno de “la verdad” (la propaganda con relaciones públicas). Así, te ves tentado a pagar inserciones a página entera en El Mercurio publicando descontextualizaciones cínicas que apuntalen tu victimazgo, y convertido en libelo violento, se lo arrojas a los judíos.

Y si ellos te responden que no has querido paz, te ríes de la paz, porque no la quieres ni la necesitas. Por tus venas corre el arak del odio que suplanta el lugar del complejo tanto como del “orgullo identitario”. Finalmente ya no te sientes impotente a tanta capacidad israelí, o sionista o judía.  

Porque el mundo, en esta fase adolescente, odia a los padres. Y determinó que los padres son blancos, y la juventud es negra, gay, palestina, aborigen… no-blanca. Y el izquierdismo tomó esa adolescencia y se embebió de ella. Los negros eran los palestinos del pasado, y los palestinos son los negros hoy. Los indígenas son bacanes y los palestinos son los indígenas. Y –más genial aún- no necesitas vestirte con plumas, ni andar con taparrabos. Con una Keffiyeh, una bandera y una polera que diga “Free Palestine” te vistes de aborigen global, y eres bacán de inmediato, gratis, en las alas del guarén volador del antisemitismo, del que ni sabes nada ni te interesa saber nada. “Hamas, Hamas, Jews to the Gas!”en su versión chilena, te parece delicioso y tu humanidad se apaga. Como en Alemania hace setenta años. Como en Irán hoy. Como en Gaza.

 
Disfrutando el Pogromo
Si tú fueras palestino, y ponte la mano en el corazón, ¿tendrías la hombría, la decencia, la luz, el coraje, para dejar ir toda la oportunidad que el odio y la envidia flotando en el inmenso Nilo de veneno antisemita te otorga? ¿Tendrías la motivación de confrontar a la multitud con megáfono, a tus amigos del club palestino, de la universidad, de la municipalidad, de tu trabajo, del asado, de… y hablarles de esto?

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Tendrías la finura y la integridad para dejar el vicio de “ganar” en odio, victimazgo y justificación de la violencia, para en su lugar declarar “no hemos hecho nada por nuestro pueblo en Cisjordania, Gaza y los campamentos de refugiados en Medio Oriente. ¿Tendrías el humanismo y la lucidez para darte cuenta que no vas a ninguna parte, que “Palestina”, que pudo vivir como país junto al estado de Israel ene veces, no es ahora sino un enjambre de corrupción, terrorismo, islamismo, un failed state (estado fracasado), como Gaza? ¿Tendrías el coraje de admitir que nadie “ocupa” Gaza? ¿Y que a pesar de ello, tus hermanos lanzan cohetes sobre Israel, y que Israel se defiende como lo haría cualquier país? ¿Tendrías el coraje de admitirlo?

Probablemente no. La inmensa mayoría de la gente es del montón. Y si le dan odio como sucedáneo de identidad, y ese odio se hace moda y pose, “verdad” y justificación, la gran mayoría de la gente no tendrá los escrúpulos para disociarse de este, menos en los tiempos post-factuales de Facebook.

En eso están los alcaldes y concejales palestinos. En eso están los diputados y senadores, los ministros y políticos palestinos en Chile.

Y en eso están los antisemitas de izquierda, o los izquierdistas antisemitas, antisistémicos, anti-imperialistas, anti-colonialistas, los roqueros boicoteantes y los académicos con inconfesadas pasiones antisemitas. En eso convergen todos los antisemitas de todos los colores y olores, de todo el espectro de toxinas y paranoias: nazis y comunistas, fascistas católicos y comerciantes musulmanes, los soi-dissant “progresistas” de todo origen y pelaje, y los hipócritas. A todos los antisemitas, odiar hoy a Israel les dio al fin un camuflaje: “No al sionismo” en que “sionismo” es los judíos. Y por supuesto, estar en compañía de Hitler, la Inquisición Española y los Ayatolás de Iran no es problema alguno para ellos. Los pueden esconder tras Roger Waters, Linda Sarsour o Stephen Hawking.


Y si fueras un Líder Comunitario Judío

Mientras nosotros posteamos impotentes en redes sociales y decimos "qué barbaridad", hay miembros de nuestra comunidad judía que brindan su tiempo, su inteligencia, su pasión para representarnos. Su esfuerzo y entrega con los pies en la tierra, debiendo sortear con gran responsabilidad todo este odio desde redes sociales hasta tribunales, merece toda nuestra gratitud, apoyo y empatía; nuestra mejor ayuda, buen consejo y solidaridad.


Si tú fueras un líder comunitario judío, posiblemente no te has planteado de qué está hecha la “identidad palestina”. Tal vez te falta algo de perspicacia y perceptividad fina para ello. Quizás, antes de planteártelo siquiera, ya habrías tomado un curso de Hasbará, (esclarecimiento factual) con un “experto”, quien aún cree en aportar hechos y citas, números y párrafos de resoluciones de Naciones Unidas como táctica caballerosa. Estamos fatalmente entregados a un tremendo déficit de comprensión.  

Posiblemente irías a televisión, creyendo que lo factual desbarata al fascismo, y no entenderás por qué miembros de tu propia comunidad judía sienten inefectivo tu cometido, y que, liberado de todo lastre factual, tu contertulio te comió vivo, mirando a la cámara cautivante, y empleando sus recursos emocionales, que tus datos absolutamente verídicos y tus desmentidos completamente justos y honestos ni siquiera lograron rasguñar.

Nadie te habría dicho que al público televisivo no le interesan los hechos, sino la inmediatez afectiva y aparente; que se identificará con la víctima con quien sea más emocionalmente inteligente, más carismático y atractivo. Y no solo eso, creerás que el debate es con tu oponente, y olvidarás que tu oponente es irrelevante, y que lo único que debes hacer es ganarte al público. Y si te pusieron en el rol de victimario, poco y nada aporta si afirmas que no lo somos, porque tu oponente ya se invistió con el rol de víctima. Llegó primero para eso. Ni siquiera necesita debate. Y en el “debate” se dedica a leudar su mitología, la que te traga vivo como lo haría una anaconda con un tapir, con todas tus cifras, verdades, porcentajes, fechas, citas y todo tu arsenal de realidades.

Y porque Israel es brillante en tanta cosa, pero no en entender que tenemos al frente en la guerra psicológica y mediática que una narrativa mentirosa impone, nos vamos de derrota en derrota, creyendo que lo hemos hecho estupendamente. A veces nos convencemos a nosotros mismos que vamos regio redactando cartas de repudio. Y mientras te convencerías de que eres una macanudez, y que un seminario de datos y un libro de "mitos y realidades" conjuran el fascismo eterno, tus representados postean sus frustraciones entre ellos mismos, mientras te hundes en la trampa que los activistas palestinos y sus partidarios nos ponen.

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Ser telegenicos y creíbles; ser carismáticos, simpáticos y de atractiva presencia, desbaratando el victimazgo como lo odioso y agotador que es, con humor y no solo con seriedad, es un aprendizaje pendiente.

Falta descolocar, aludir al subconsciente, poniendo el propio corazón y la intuición, -no solo los propios argumentos a la defensiva-. (Y falta mostrar la belleza de nuestra identidad judía, que tantos ignoran). Superar esa modalidad ante un surtidor de mentiras, libelos, acusaciones y todo el odioso narcotráfico a la verdad, es un planteamiento que nuestros "expertos" claramente no manejan aún. Mientras antes lo entiendan, mejor.

Israel es una radiante realidad. Imperfecta, pero muy feliz y exitosa. Heroica, increíble. Y el sionismo es probablemente la revolución política idealista más exitosa de todo el siglo veinte. Mostrarla en su humana realidad, risueños, es poner la foto de una aguja junto a la foto de un globo inflado de negras mentiras, antisemitismo y victimazgo. Si vemos la foto de un globo y una aguja a su lado, es el observador solo quien revienta el globo. Es un método elegante, sutil y eficaz como el humor, del que el pueblo judío tiene una de las mayores reservas mundiales.

Y si, con ayuda divina y humana, adviene la paz –cosa que no parece inminente- mucho mejor.

 

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