Aferrarse al poder

Tiberio Yosif Klein

No es algo nuevo: un líder que llega, las más de las veces para salvar la situación frente al desastre– un dictador, economía al borde del abismo, conflictos sociales aparentemente insalvables -, y logra el apoyo casi total del pueblo. Exceptuando, por supuesto, de quienes se beneficiaban de la situación anterior. Tampoco es novedad ver como muchos de esos salvadores de la nación se convierten ellos mismos en gobernantes eternos, a los que es casi imposible sacar de escena. Eso ha sucedido en innumerables casos, especialmente en países donde no había democracia, o esta era precaria.

En la Unión Soviética, que era supuestamente el gobierno de su pueblo, Stalin tomó el poder tras deshacerse de sus rivales, y sin cesar de asesinar o exiliar a antagonistas se mantuvo en el poder hasta su muerte, lo que continuaron sus sucesores. Lo mismo sucedió con los regímenes fascistas en Italia con Mussolini, Alemania con Hitler, España con Franco, y otros de tendencias diferentes, como el Mariscal Tito– Josip Broz – en la desaparecida Yugoslavia, Ceacescu en Rumania, Mao Tze Tung en China, y muchísimos ejemplos a lo largo del mundo. Y ni que decir de Fidel Castro en Cuba, que tras vencer al dictador Batista se apropió él mismo de su país, al que gobernó casi cincuenta y cuatro años ayudado por su hermano Raúl, jefe del ejército y de la policía política. A los que aún veneran sus incondicionales de los partidos afines que aún subsisten en varios países del mundo.

Al ver desde lejos el actuar de esos líderes, dictadores o con sueños de serlo, uno no puede dejar de preguntarse qué es lo que les hace actuar así, y como es que no les sacan del poder que han conseguido. Así como ver a ciertos políticos que se aferran al poder como verdaderos psicópatas. En todos los países se ve a ancianos que aún siguen presentes en elecciones como parlamentarios, usufructuando de cargos del estado a costa de los contribuyentes. Porque estos políticos psicópatas aman el poder, usan a las personas para obtener más y más poder. Una característica básica del psicópata es que es un mentiroso, pero no es un mentiroso cualquiera. Es un artista. Miente con la palabra, pero también con el cuerpo. Actúa. Puede, incluso, fingir sensibilidad. Uno le cree una y otra vez, porque es muy convincente.

Un dirigente común sabe que tiene que cumplir su función durante un tiempo determinado. Y cumplida su misión, se va. Al psicópata, en cambio, una vez que está arriba no lo saca nadie: quiere estar una vez, dos veces, tres veces. No larga el poder y mucho menos lo delega. Otra característica es la manipulación que hace de la gente. Alrededor del dirigente psicópata se mueven obsecuentes, gente que bajo su efecto persuasivo es capaz de hacer cosas que de otro modo no haría. La gente le sigue porque esta subyugada. Para este dirigente psicópata la gente es una “cosa”, sólo un instrumento para lograr sus fines de eternizarse en el poder. Para él tienen que estar a su servicio, y para eso compra voluntades con el dinero que usa como si fuera propio. Es el llamado “clientelismo”. “Yo te doy pero después tú tienes que devolvérmelo”; “con tu lealtad incondicional, haciendo lo que te pido: usándote para mi beneficio”.

El proyecto del líder psicopático es apelar a la patria, la nación, la raza superior, cualquier cosa. Buscará un enemigo para unir a sus seguidores. Chávez en Venezuela, ejemplo típico de este tipo de líder psicopático, lanzó sus dardos contra Israel, contra los judíos, contra Estados Unidos, contra los “ricos” de su país. Y Maduro, su delfín, apela a que está siendo perseguido por “el imperio” para poderle señalar a sus seguidores un enemigo, culpable de lo que sucede en su país.

Este tipo de líder necesita las crisis para ser reconocido como salvador, ya que si hay paz su papel desaparece. De manera que si no hubiera crisis, la inventará. La única manera de sacarlos del poder es mediante opositores, ya sean normales u otros psicópatas como él, como ha pasado en tantos casos, como la ya mencionada Cuba de Fidel Castro contra Batista. En Chile, Pinochet se sentía el salvador de la patria, y sus seguidores, aún existentes, le idolatraban incondicionalmente. Tal como sucede a los dirigentes psicopáticos, se sentía dueño de la verdad, y tal como sus similares hacen, eliminaba cualquiera que pretendiera dar a conocer otras opciones o que quisieran hacerlo dejar el poder. 
Vemos como en Venezuela en el pasado su presidente Chávez logró ir nuevamente a la reelección, y aunque estaba muriendo, sus seguidores seguían  siendo sus incondicionales. Ahora el sucesor Maduro también es seguido por sus beneficiarios, a los que ha mantenido a su lado gracias a las subvenciones y regalos, y más que nada perdura gracias tener a su lado al ejército, en el que al igual que sus acólitos, se han enriquecido los oficiales de alto grado gracias a la corrupción. Su llamado “chavismo” quizás se convierta el lo que ha llegado a ser el “peronismo” en Argentina, algo tan difuso como el decir que un partido es “del pueblo”, o “popular”, que usan todos, desde la izquierda a la derecha. En Argentina, la presidenta Fernández logró en el pasado una nueva reelección; en Ecuador también Correa lo consiguió en el pasado; en Nicaragua a nadie se le ocurría que no siguiera siendo “presidente “Ortega. Aunque hayan sido desplazados, de igual manera sus seguidores aún los apoyan; la memoria es frágil. Por supuesto que estos dirigentes psicopáticos no se reconocen como tales; si alguien les contara sobre esa clase de persona se sorprenderían, y comentarían que es terrible que hayan tantos locos en el mundo sin identificarse con esos.

Al contrario de todo lo anterior, en las democracias es poco frecuente que este tipo de personas logre tomar el poder para no soltarlo. En Israel, que es una democracia a todo evento, sucede todo lo contrario. A tal punto, que no trepidan en encarcelar al presidente por acusaciones de abuso sexual, a un ex primer ministro por corrupción, acusar a Rabin en el pasado por tener una cuenta en dólares en Estados Unidos – donde había sido representante de Israel – de sólo veinte mil dólares. En ese sentido, en Israel no hay tradición dictatorial, pues no es parte de la cultura judía.

En el pasado, los reyes de Israel, que nunca fueron de “origen divino” como sucedía en el caso de la mayoría de los reyes de otros países – europeos hasta muy poco tiempo atrás –. Eran sensibles a la opinión pública, que no dejaba de observarlos. En caso de desviarse se arriesgaban a ser denostados por los profetas. Estos eran personas con tal reconocimiento de parte del pueblo por su incorruptibilidad, sapiencia y rectitud, que los reyes ni se atrevían a tocarlos cuando les gritaban en público sobre sus fallas. Hubo reyes en Israel que pretendieron ser dictatoriales, como Herodes, despreciado por parte de su pueblo por no ser judío de cepa, y que en el caso del segundo Herodes, más bien estaba apernado a su trono porque era un títere de los ocupantes del país, los romanos.Esto pudiera ser la causa de que en el Estado de Israel se ponga a la luz cualquier desvío de los dirigentes, lo que no sucede en la mayoría de los otros países. Por ejemplo en Chile, jamás se ha escuchado de que un o una político o presidente haya tenido amantes, eso es escondido por la clase política aunque sea vox pupuli para ellos. Lo mismo sucede con el ocultamiento del consumo de drogas en el Congreso Nacional por parte de algunos parlamentarios y funcionarios, y que cuando se ha dado a conocer, no ha pasado de allí.

Esta vocación democrática de Israel llega a tal punto, que muchas veces sorprende como candidez que se destruya a dirigentes eficaces por una corrupción que en otros lados es ínfima. Es como si Israel quisiera mostrar al mundo político como deben hacerse las cosas. A pesar de lo cual no es perfecto. Pero sí parece difícil que alguna vez pudiera llegarse a ser regido por uno de esos líderes psicopáticos antes mencionados.

Un verdadero líder pretende lo mejor para sus gobernados. George Washington no quiso ser reelegido presidente de Estados Unidos para un tercer mandato, y renunció voluntariamente a esa opción. Dijo que si un mandatario se perpetúa en el poder, esto sería perjudicial para la libertad. Con eso instauró la costumbre de sólo una reelección (solamente rota por Franklin Roosevelt durante la segunda guerra mundial).

En muchas instituciones deportivas, sociales o de otro tipo, numerosos dirigentes han sido eternos en sus cargos. No se trata del tipo de personas psicopáticas antes mencionadas, después de todo se trata de instituciones sin fines de lucro  que pretenden el bien de los miembros. Pero han sido reelegidos una y otra vez a dedo por sus directorios afines, o mediante asambleas de socios, logrando seguir en sus cargos gracias a la recolección de los poderes entre los accionistas de la institución, labor que cumplen sus empleados, asegurándose así la continuidad de sus cargos: en lo que se podría llamar “clientelismo”. Sin embargo, la razón de dicha continua presencia de esos dirigentes muchas veces ha sido porque nadie más ha estado interesado en un cargo como ese. Sin fin de lucro, sin ganancias monetarias, enfrentado inevitablemente a las críticas a su gestión, generalmente parte de quienes no aportan nada. Por supuesto que en no pocos casos se ha dado lo de siempre, el creer que sólo él o ella son los que pueden hacer bien las cosas.

Hay personas que después de fundar empresas u organizaciones, creen que nadie más que ellos son los que saben cómo manejarlas. No escuchan nuevas ideas, desestiman desviarse de lo que ha sido siempre su norte, aunque la brújula ya indique otra dirección debido al cambio de la tecnología y las circunstancias. El judaísmo ha podido perdurar porque por una parte mantiene su cultura e ideología, la religión, y por otro lado, en cada uno de los rincones de la tierra en que ha vivido el exilio ha sabido absorber la cultura del lugar, para luego unirla con la propia y dar soluciones novedosas a problemas ancestrales. Esto ha hecho que todo se pueda cuestionar, de manera que no hay temas prohibidos. Por lo que finalmente el judaísmo no acepta los liderazgos dictatoriales, es como intentar mezclar agua y aceite. De manera que donde haya un líder eternizado en el poder, habrá un judío entre los que pretenden volver a tener democracia y libertad ayudando a la causa. No es fácil llegar a que los judíos acepten dictaduras desde el momento en que es cierto lo que se dice, que “donde hay dos judíos, hay tres opiniones”.

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