Las palabras finales del escritor Saúl Schkolnik

David Hevia

Saúl Schkolnik (1929-2017) escribió, entre otras obras, Cuentos con pulgas.

El pasado miércoles 25 de octubre se apagó la vida del canónico autor de libros infantiles chileno Saúl Schkolnik. Tenía 88 años y una vida entregada enteramente a la literatura para los niños y jóvenes, dejando su huella en varias generaciones.

Libros como Cuentos para adolescentes románticos (1979) o Érase una vez un hermoso planeta llamado tierra (1981) se transformaron en pequeños clásicos nacionales. Un año antes de morir, el escritor (todavía en gran forma física) recibió a La Tercera y conversó largamente.

Cuando sobre los hermanos Grimm caía la censura, se defendían diciendo que lo que ellos hacían no era literatura infantil.

Eran filólogos, no escritores, y les encuentro toda la razón.

La idea de una literatura infantil es compleja. ¿Cómo la definiría?

Veamos, primero, el momento en que surge. Desgraciada o afortunadamente surge por un problema comercial. En un momento determinado de la historia los niños entran en el campo del mercado. Entonces, pidamos permiso a los Grimm. Ellos dijeron bueno, nosotros hacemos investigación filológica; ustedes usen estos cuentos si quieren para los niños. De ahí salen estas monstruosidades, porque los cuentos de los Grimm son obras de arte, una maravilla, pero ¿para los niños…?

¿Por qué no para niños?

En El Enebro hay un muchacho, cuyo papá se casa con una señora que tiene a su vez una hija. En un momento le ofrece manzanas al niño, quien ingenuamente mete medio cuerpo en el baúl donde los alemanes guardan las frutas: la madre baja la tapa y le corta la cabeza. Ella lo sienta a la orilla del camino, le amarra la cabeza con una bufanda. Llega la niñita, le da un golpe en la espalda para saludarlo, rueda la cabeza por el suelo, la niñita se va llorando donde la mamá y le dice: “Mamá, mamá… maté a mi hermanito”. “No te preocupes”, le responde. Agarra al niñito, lo troza en pedacitos , lo pone a hervir y se lo sirve como un guiso al papá; y al papá le encanta el guiso.

Así es.

Eso no es para niños, obviamente. No digo que todos los cuentos sean así, pero desgraciadamente los más conocidos son espantosos para los cabros chicos. Luego llegó Walt Disney y tergiversó todo, transformándolo en cualquier cosa menos en buenos cuentos. Fueron vendidos a los niños y los papás los siguen comprando. Así nace la literatura infantil.

Siguiendo con los Grimm, ellos exploraban la lengua…

Lo que a ellos les interesaba era el lenguaje alemán, la lengua real y no el latín. Porque todo se hacía en latín en ese momento, en los niveles de la Iglesia y de los gobernantes. Y nosotros tenemos algo que derivó de ahí muy hermoso: el lingüista alemán nacionalizado chileno Roldolfo Lenz (1863-1938), quien pertenece a la misma escuela de los Grimm. Él se viene a instalar a Chile, sobre todo donde hay pehuenches. Toma la lengua mapudungún y traduce maravillosamente los cuentos al castellano. Viene a investigar las lenguas autóctonas.

¿Y quiénes fueron los autores infantiles relevantes en Chile?

Hernán del Solar (1901-1985) se dedicó realmente a la literatura infantil. Y con una imaginación, con un cariño, que yo encuentro admirable.

¿Qué opina de la moraleja en los cuentos?

La moraleja implica que el escritor no está seguro de su mensaje. Tiene que ponerla al final así, para asegurarse de que llegue. Eso significa que el cuento es malo. Si el cuento no dice lo que quiere decir, es malo y punto. Puede estar bien escrito, pero que no se hable de cuento en ese caso. No creo que un relato sea para enseñar, sino más bien para formar.

Fuente: La Tercera

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