EDITORIAL Nº 411

David Abodovsky

Momento de tomar conciencia: Somos una generación privilegiada…

Ser un pueblo apátrida está muy lejos de ser una bendición, por el contrario, es una gran maldición. Nuestro pueblo lo fue por veinte siglos y tenemos la triste experiencia de lo que eso significa.

Nuestro pueblo debió padecer durante veinte siglos discriminación, persecuciones, expulsiones y genocidios sin tener un estado que nos respaldara, nadie que abogara por nosotros, tampoco los líderes religiosos que se supone debieran ser el liderazgo moral del mundo.

Fue muy cómodo para los políticos, los gobiernos, las iglesias, tener a la mano un chivo expiatorio, que pudiera llevar sobre sí todos los pecados del mundo, al que podían acusar de sus propios errores y corrupción, más aún si ese chivo expiatorio estaba indefenso.

Fácil acusarnos de deicidio, trayendo sobre nosotros la furia de un mundo iletrado y pueril, fácil no darnos acceso a las profesiones, al trabajo, a la educación, para luego acusarnos de usureros, uno de los pocos medio al que podíamos acceder para subsistir.  Fácil, muy fácil…

Hace tan solo sesenta y nueve años, tras dos mil años de ser un pueblo apátrida, logramos la creación de nuestro propio estado. Lo logramos, no nos lo regalaron, tuvo un inmenso costo en sangre, en sufrimiento y en sacrificios.

Retornamos a nuestra propia tierra, aquella de la que habíamos sido expulsados, aquella que nos había sido otorgada, por medio de un pacto divino. Aquella donde estuvieron nuestros santuarios, que fueron demolidos. Aquella cuya historia está relatada en la Biblia.

Esa tierra, tras tantos años, ya no era aquella que manaba leche y miel, era un gran desierto y lo que no era pantano infestado de mosquitos que acosaban y enfermaban a sus habitantes. Primero fue necesario disecar los pantanos y reforestar los desiertos también lidiar con una cruenta guerra con los países árabes vecinos, difícil, muy difícil para un pueblo que venía de sufrir el más grande holocausto del que haya noticia, un pueblo sin la experiencia para la administración de un estado, sin las técnicas agrícolas necesarias, sin los recursos económicos imprescindibles, sin industrias, sin hospitales, sin nada de lo necesario para hacer surgir un país.

Sin nada, salvo la voluntad de surgir, y la necesidad de triunfar, para sobrevivir y además con el inmenso desafío de absorber no solo a los que huían, diezmados, desde Europa, sino que a los más de 500.000 judíos expulsados de los países árabes y que el novel estado decidió integrar al país, en lugar de recluirlos en campos de refugiados, como hicieron los países árabes, para ser utilizados como instrumentos de  marketing político.

Nosotros ¡¡¡ si, nosotros !!!, somos esa generación que logró el milenario desafío de recuperar nuestra patria ancestral, los que logramos construir un país modelo de las buenas prácticas, un país democrático y plural, donde las minorías, incluso las palestinas, no solo son respetadas sino que tienen representación parlamentaria, donde existe una amplia libertad de culto y que se ha transformado en un vergel y en potencia tecnológica.

A veces nos olvidamos que, tras miles de años de exilio, es nuestra generación la que logró este verdadero milagro y que, por lo tanto, no solo debemos estar orgullosos, sino que también agradecidos… Estemos conscientes que somos una generación privilegiada, por haber tenido parte activa, en la creación del Estado de Israel, comienzo de la redención nacional de nuestro pueblo…

Es, por ello, nuestro deber asumir la tarea y continuar luchando, por lo que tanto costó conseguir, estar atentos para defender a nuestra patria ancestral, de cualquier amenaza que pueda ponerla en peligro. Es el momento para hablar fuerte, expresar nuestra verdad, no callar ni asumir posturas “políticamente correctas” o utilizando eufemismos, como lamentablemente suele hacerse, denunciar la mistificación y mentiras de que hacen gala nuestros adversarios, denunciar las falsedades e incongruencias de los antisemitas de siempre, aquellos que hoy se esconden tras la máscara del  anti-sionismo.

Todos somos responsables… Am Israel Jai… El Pueblo de Israel vive…

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