Porqué recordar

Tiberio Yosif Klein, especial para Anajnu.cl

Hasta 1939 el Pueblo Judío estaba constituido por  unos 18.000.000 de personas. Los alemanes nazis y sus cómplices – húngaros, croatas, rumanos, ucranianos, rusos blancos, fascistas españoles, franceses, italianos, holandeses, noruegos, musulmanes de los Balcanes, y muchos otros – asesinaron a 6.000.000 de judíos, dejando al Pueblo Judío con sólo 12.000.000. Eliminaron a prácticamente todos los judíos de Europa central y oriental, eliminando toda una cultura, la del yidish, que tenía literatura, cine, teatro, y era hablada por millones.

Estas son sólo cifras. Para comprenderlas hay que compararlo con otras actuales. Los chilenos son hoy en día 17.374.000 de personas. Es como si se asesinaran 5.791.333 chilenos, casi la población de Santiago, y sólo quedaran 11.582.667 habitantes en el territorio del país. Como si del total de habitantes de España, que son 46.528.966 personas fueran asesinadas 15.509.655 y quedaran solamente 31.019.311. Como si de la población de Estados Unidos, que son unas 327.908.000 personas fueran matadas 109.302.800, quedando solamente 218.605.200.

Pero siguen siendo cifras que no son significativas para quien no tiene relación con los hechos. Puedo relatar que en mi caso personal mis abuelos paternos fueron asesinados en Auschwitz. También mataron mis tías, hermanas de mi padre, con sus esposos e hijos. Asesinaron también a otras dos tías, hermanas de mi madre, con sus esposos e hijos, y a una infinidad de primos, primas, tíos, tías y parientes hasta llegar a unas ochenta personas. De manera que para mí, el Holocausto es algo personal, como lo es para todos los judíos del mundo. Pedirnos a los judíos que olvidemos es fácil para quien está alejado de esa guadaña.

Hace pocos años viajé por Transilvania, región de Rumania en la frontera con Hungría, de donde es oriunda mi familia. En todos los pueblecitos hay un cementerio judío abandonado, y algún viejo recuerda donde estaba la sinagoga, generalmente ahora un colegio o con otro uso. Pero no hay judíos donde los hubo durante muchos siglos. No se puede mencionar siguiera lo que sucede en Ucrania o Polonia, donde los pueblos donde vivían judíos durante toda la historia fueron arrasados y lo único que se puede encontrar con dificultad entre matorrales es un pequeño monolito que recuerda que allí existió ese pueblo, y que todos los cientos de judíos que vivían en él fueron asesinados.

Resulta extraño escuchar a quienes dicen que el Holocausto no existió, o que no fueron tantos los asesinados. No se puede comprender qué pretenden al negar algo que está tan documentado, ante lo que tanta gente fue testigo. No sólo los pocos sobrevivientes y los muchos asesinos que huyeron cobardemente sin enfrentar sus acciones. También están los soldados aliados que encontraron los campos de exterminio con sobrevivientes al borde de la muerte, los médicos y enfermeras que los trataron para que pudieran seguir vivos, quienes pelearon en la resistencia en todos los países ocupados, muchos de los que intentaron salvar las vidas de los judíos que capturaban los alemanes nazis y fascistas que les colaboraban. Incluso hay películas sacadas por los soldados, como las que el general Eisenhower, comandante en jefe de las tropas aliadas contra los alemanes durante la Guerra II, hizo tomar, en la que se ve como obligó a los alemanes de los pueblos cercanos a ver las montañas de cadáveres esqueléticos dejados por los guardias alemanes que se habían escapado antes de ser capturados. Y están los Justos, personas anónimas que se jugaron la vida para salvar judíos, sólo por considerarlo su obligación ética ante la persecución.

¿Qué se siente al ser un sobreviviente cercano de la matanza del Holocausto? No es fácil decirlo, es fragilidad. La sensación de que el cristal que lo rodea a uno podría quebrarse en cualquier momento, que las sonrisas o caras adustas que pasan cerca podrían ser inducidas al odio con facilidad. Durante la guerra que sostuvo Israel con Hamas en Gaza, debido a los asesinatos que esos terroristas hacían contra ciudadanos inocentes israelíes, incluso niños como les gusta acentuar a ellos, en Chile, un país que no parecía ser antisemita, se reveló como si se hubiese levantado la tapa de la caja en que se guardaba una serpiente. Personas que compraron la propaganda árabe chilena, que fomentaron con entusiasmo y financiamiento el antisemitismo, no dudaron en identificar a todos los judíos con lo que creían que sucedía en Medio Oriente, y hubo que recibir insultos y gritos de un antisemitismo nacido del vientre mismo de esas personas. Fue una pérdida de inocencia que sorprendió a casi todos los judíos chilenos, que hasta ese momento se creían seguros y se dieron cuenta de que el piso era de vidrio.

Es fácil ir contra los judíos. Basta ver como en un país como Venezuela, donde la comunidad judía incluso colaboró con Bolívar y era parte de la república, la población ha ido siendo adoctrinada contra los judíos desde Chávez y ni que decir con Maduro, que al romper relaciones con Israel ha acusado a los judíos venezolanos de lo que sea, como si fueran parte de lo que ocurre allá.

En la Europa de antes de la guerra era normal y bien visto ser antisemita, eran un buen pretexto para acusarlos de todo. En Rumania, si subía de precio algo, el gobierno acusaba a los judíos de estar acaparándolo. Y si bajaba de precio, los acusaba de estar vendiendo reservas ocultas. Y así en muchos otros países. Se supone que hoy en día al menos los judíos tienen a Israel como protección en caso de ser perseguidos, pero sucede que personas que han vivido en un lugar, que han sido parte de la sociedad – parlamentarios, jueces, profesionales, etc. -, no quisieran ir a otro lado porque son ciudadanos de “origen” judío, o de religión judía, o como quieran llamarlos. Pero sigue habiendo personas que creen que un judío no puede ser ciudadano de su país al no tener la religión de la mayoría. Afortunadamente eso no sucede en todos lados, pero igual sigue siendo frágil la existencia del judío. Como lo pintaba Chagall, es el Violinista en el Tejado, que toca equilibrándose para no caer, lo que podría suceder en cualquier momento.

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