¿Te enteraste?

 

  

por Max Sihman

 

Quienes colaboramos regularmente con artículos de opinión somos sencillamente personas dedicadas a nuestras tareas como comerciantes, profesionales, amas de casa o simplemente amateurs con vocación de contribuir en ese aspecto al servicio de la comunidad.

Sin embargo, y con buen tino periodístico, leemos artículos de escritores de renombre internacional cuya corresponsalía alimenta densamente al lector. Además de la noticia, información, opinión y sucesos, cubiertos ampliamente, quiero referirme en algo que transcurre intensamente entre nosotros y que no cabe dentro del esquema de categorización del medio periodístico; me refiero al “chisme”.

En sí, produce una fascinante expectativa al oyente cuando inadvertidamente se encuentra ante una revelación generalmente referida de alguien conocido. A diferencia de una noticia periodística o de un artículo de opinión en donde la actitud del receptor es la de reciclar de nuevo algo leído, o con la cual está familiarizado por su grado de cultura, la actitud ante el chisme es invariablemente de una atención abierta sin perder un sólo detalle del mismo. Podría confundirse este aspecto con las “crónicas sociales” y lo que sucede en la alta sociedad relatada en revistas especializadas; sin embargo, el objeto de este análisis se refiere a la palabra y no a la letra.

¿Por qué esta intriga y curiosa sensación al develar o recibir un chisme? ¿Será que me excluyo automáticamente del desenlace infortunado del señalado? ¿Será que me produce alguna vil sensación de satisfacción por la desgracia ajena? ¿Será una alarma de precaución para evitar que me suceda a mí? ¿Será que el chisme me puede producir alguna utilidad personal? Éstas y muchas otras interrogantes se generan en torno al tema, y lo que nos llama la atención es el hecho de que en toda reunión social o familiar siempre está el chisme sobre el tapete, en oportunidades con la totalidad de los presentes y más cuando algunos se ausentan para que se “suelten” los chismes.

El Pirkei Avot, tratado sobre la filosofía y conducta en la vida, menciona, en capítulos muy bien explicados, el lashon hara, traducido como el mal hablar y lo perjudicial que puede ser para quien es objeto y generador del mismo. Un ingrediente muy común en el chisme es la falsedad de los hechos, pero suponiendo que no fuese así, todo proceso de conducta tiene motivos, los cuales son muy personales y dife rentes para cada uno y nadie está suficientemente entronizado para juzgar a otro semejante.

¿Qué hacer ante un chisme? ¿Taparnos los oídos? ¿Apartarnos de la reunión? ¿Solicitar que no se hable del asunto? Allí es donde observo con reflexión humana, que todos somos sensibles y estamos ávidos por algo inesperado y por la sorpresa que nos llevamos ante un buen “chisme”.

No es simple casualidad que programas en vivo de televisión y en obras de teatro de corte jocoso siempre existe un parlamento referido al regocijo que le produce al interlocutor el ocuparse de la basura ajena sin mirar la propia. Los productores de espacios en la farándula obtienen lugares

 preferenciales en los medios cuando los guiones se refieren al chisme. ¿Es que hemos alterado el orden de lo trascendental por lo banal?

Concluyo esta corta reflexión con el entendido de que si de alguna manera contribuyo a visualizar lo dañino que es el chisme para la sociedad en general, peor aún lo es para la fuente en particular.

¿Se han enterado de último chisme?...

 

 

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