El mundo laico ha renunciado a presentar su propia interpretación de un judaísmo moderno

por Anshel Pfeffer

En la mañana del pasado martes, Yoram Kaniuk entró en una oficina del Ministerio del Interior, pasó algún tiempo en una cabina, y surgió nuevamente al sol de Tel Aviv media hora más tarde. Eso fue lo único que había cambiado en él, eso y dos palabras que alteraban su condición en el Registro Nacional de Población. Los israelíes de ideas liberales y progresistas han estado aplaudiendo la victoria legal obtenida por el veterano escritor ante los tribunales la semana pasada, victoria que le permitió eliminar de su ficha en el Registro Nacional de Población la palabra "judío", dentro de la categoría de religión, y sustituirla por algo tan vacuo como "sin religión".

Realmente no puedo ver de qué hay que alegrarse. Por supuesto que apoyo su derecho democrático básico a registrarse como miembro de la religión a la que elija pertenecer, o no pertenecer, como en su caso. Pero me parece que Kaniuk ha cometido el peor crimen posible en un autor de ficción: ha demostrado una total falta de imaginación. Él no está solo en su crimen. Millones de israelíes son culpables de lo mismo, pero él es el primero que realmente lo ha consagrado en una base de datos oficial del gobierno.

Kaniuk y sus partidarios ya están admitiendo la derrota: están diciendo que después de 63 años de independencia de Israel y de 114 años de sionismo político, el campo secular o laico ha renunciado finalmente a todos los intentos de tratar de presentar su propia interpretación de un judaísmo moderno. Me pregunto si alguno de los que se apresuraron a felicitar a Kaniuk - al parecer hay cientos de israelíes que planean seguir sus pasos [N.P.: de momento 200 ya han presentado solicitudes similares] – se dan cuenta de que a diferencia de enfrentamientos anteriores entre el Estado y la religión, en este caso el establishment rabínico y ultra-ortodoxo no se unió a la batalla.

Kaniuk tuvo que llevar al Ministerio del Interior a los tribunales porque no había ningún procedimiento legal para cambiar la situación religiosa de los ciudadanos sin un acto de reconocimiento de alguna conversión, pero eso es típico de la obstinación burocrática, no de la coerción haredí. Y no sólo los políticos religiosos se han abstenido de bloquear su solicitud, algunos de ellos hasta se regodearon con ella como si fuera positiva.

El diputado Yisrael Eichler (United Torah Judaism) afirmó que "lo que a mí me preocuparía es que pudiera registrarse a sí mismo como un mono o un extraterrestre. No me importa de ninguna manera, es su asunto personal". Pero el verdadero regocijo de Eichler proviene de que no es solamente un asunto personal, y él lo sabe. El paso dado por Kaniuk demuestra simplemente lo que Eichler ha estado predicando durante años, que los "israelíes seculares son transeúntes sin raíces y que el sionismo, al menos en su forma no religiosa, no es más que un pie de página en la historia judía".

¿Qué es lo que Kaniuk, y aquellos que planean seguir su ejemplo, no están dicen en realidad? Yo puedo asumir su crítica al control que mantiene la jerarquía rabínica sobre la definición nacional del judaísmo. ¿Por qué cualquiera de nosotros debería ser rehén de su cada vez más estrecha interpretación de una antigua y esplendida tradición? Pero ¿cuál es su alternativa? Publicitando su “religión” en entrevistas y artículos, Kaniuk trata de postular una vaga y laica nacionalidad judía e israelí como identidad propia. Sin embargo, el experto narrador de los primeros días de Tel Aviv y del Estado de Israel parece casi inhábil e inarticulado a la hora de describir su condición de judío. "Hay algo en el judaísmo, además de la religión," decía en una entrevista al diario Haaretz en marzo pasado, “y esa religión contenía una cultura que no está presente hoy en día. El judaísmo se ha convertido en racista y rabínico. El judaísmo rabínico, en mi opinión, exterminó a los judíos. No hay nación judía aquí, no hay pueblo judío, sólo una religión que se está pudriendo. Creo que los judíos fueron anteriormente un pueblo diabólicamente resistente, inteligente y cauto. Un pueblo que supo sobrevivir, que supo ser sabio". Prácticamente un "manifiesto nacional único".

Kaniuk, de 81 años, cree que las mujeres y hombres del Palmach, esos astutos e ingeniosos judíos que lucharon en la Guerra de la Independencia, fueron el epítome de lo judío. Pero entonces, ¿por qué han fallado a la hora de legar una versión para el siglo XXI de esos Palmachnik? Culpar a los ortodoxos siempre resulta demasiado fácil. Afirmar que el judaísmo no es una religión, sino una nacionalidad o una cultura, es sólo una excusa. Niega los nobles esfuerzos, con éxitos y fracasos, de esas generaciones de pioneros, escritores, pensadores y herejes que lucharon para recuperar nuestro patrimonio de las garras de los clérigos reaccionarios, y que demostraron que hay otras maneras de ser judío, y de vivir los ideales judíos, que no sea un mero y mezquino ritualismo impuesto.

La religión forma parte de nosotros, de nuestra identidad judía, aunque algunos de los religiosos nos quieren hacer creer que la religión es todo lo que hay. Durante el último siglo o casi, el sionismo (y la oposición al sionismo) también han formado parte de esa identidad, pero Kaniuk y otros israelíes parecen haber caído en la trampa de creer que el sionismo es suficiente por sí mismo. La desilusión con la situación política actual se arrastra inevitablemente, el Estado no es todo lo que esperábamos que fuera, y Kaniuk, a causa de su falta de imaginación, se queda sin nada en que creer.

Pero se equivoca.

Los valores judíos y de Israel, conjuntamente con la cultura tradicional y la actual, nos ofrecen otros componentes con alternativas viables, y aunque no sean perfectas o estén exentas de dilemas, no requieren un divorcio de la religión. Esta semana, se recordaba constantemente que el profesor Dan Shechtman de la Technion es ahora el décimo israelí en ser honrado con un premio Nobel, y que en la última década, de promedio, cada dos años uno de los profesores del país es galardonado con el premio más prestigioso en el mundo en química o economía. Sin embargo, el primer israelí en el podio de Copenhague no fue un científico o un académico, fue un escritor. SY Agnon, quien recibió el Premio Nobel de Literatura en 1966 junto con la poeta yiddish Nelly Sachs, y que fusionó el hebreo moderno con las palabras de los profetas, combinando en sus obras la vida del shtetl con las experiencias de los pioneros en Palestina, lo que demuestra que la religión, la cultura y el nacionalismo pueden reunirse en una narración convincente.

Si ustedes tienen un momento libre durante el Yom Kippur, lean la historia "Hemdat, el cantor", en su colección de cuentos "Cercano y aparente". Agnon captura ambas facetas o aspectos del Yom Kippur, la reflexión serena y seria junto a la postura hipócrita, y todo ello con todo el humor, la ironía y la riqueza que marcaban la vida de los shtetl judíos de Europa Oriental.

Actuar como hace Kaniuk es perfectamente legítimo dentro de una sociedad democrática; ninguna persona o gobierno tiene derecho a imponerle una religión a cualquier individuo. En el plano histórico, sin embargo, lo que hizo es equivalente a izar una bandera blanca (de rendición) en la Universidad Hebrea, el Teatro Habima, el Museo de Israel y todos los otros centros de enseñanza laica y de cultura de Israel.

 

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