¿Estamos ante un judaísmo post-institucional?

Las formas de la vida judía se transforman con mayor rapidez que las instituciones comunitarias

por Darío Sztajnszrajber

Ya es un lugar común hablar de la crisis de representatividad de las instituciones judías, de la cada vez menor cantidad de gente que se ve contenida por el sistema tradicional de pertenencia institucional, de las transformaciones que se generan en las instituciones con el sólo objetivo de sostener una cantidad de afiliados, miembros, militantes, devotos, fieles. Lo cierto es que es cierto. Según los datos del último análisis estadístico serio realizado sobre población judía por parte del Joint, solamente el 39% de los judíos han admitido haber asistidos por lo menos una vez al año a una institución judía. ¿Qué pasa con el 61% restante? Aquí algunas afirmaciones e interrogantes acerca de una identidad judía que se ha vuelto múltiple y compleja.

Hay muchos cruces posibles. La primera pregunta es clave: ¿hay crisis? Y creo que se produce el siguiente desfasaje: las formas de la vida judía se transforman con mayor rapidez que las instituciones comunitarias. Hoy ser judío pasa por lugares que la mayoría de las instituciones no puede todavía aceptar, dando como resultado que hay muchos judíos que quieren tener una vida judía, pero que no encuentran ámbitos de pertenencia. Esta situación incluye entre otros los siguientes tópicos: matrimonios mixtos (el 50% de los hogares judíos es mixto, según el mismo estudio), judaísmo cultural (pertenecer desde la construcción de una ética, cultura, memoria), espiritualidad judía, prácticas de consumo de cultura judía (arte, ideas), estetización de lo judío (lo judío como "marca"), judaísmo político (participación como judíos en la realidad política nacional), judaísmo académico (investigaciones en temas judíos en las universidades nacionales).

Estas nuevas formas en que se manifiestan también las prácticas judías no encuentran aun un espacio de realización (o han empezado en estos últimos años tímidamente a encontrar), en especial porque las instituciones tradicionales, regidas por dirigentes tradicionales, no quieren, no pueden, no deben (según su propio mandato) abrir las puertas a nuevos formatos, apuestas, transformaciones. No hay una única manera de ser judío, pero todavía hay una única manera de pensar la institucionalidad comunitaria. Los pilotes y los sistemas de seguridad compulsivos expresan toda una metáfora de una comunidad que se sigue pensando separada del resto de la sociedad, preocupada en problemáticas que afectan sólo a una parte, sólo a un tipo de judaísmo que sin embargo se presenta como si fuera el único: la endogamia, la defensa irrestricta de toda política del gobierno de turno de Israel, el normativismo, la falta de autocrítica, el achatamiento de toda crítica bajo el mote de antisemitismo. Y al mismo tiempo, no hay por parte de las instituciones un diálogo con nuestros intelectuales, quienes podrían dotarlas de un importante ejercicio de autocrítica.

Hay una producción intelectual judía en la Argentina diversa y en constante desarrollo, y sin embargo sus conclusiones poco y nada repercuten sobre las transformaciones institucionales concretas. Hay una diferencia notable entre aplaudir a un intelectual en una charla o leer entusiasmado un libro o una tesis de investigación, y tomar estas ideas para emprender cambios de fondo en las formas de vivir lo judío de modo comunitario. Cuando solo se busca mantener el status quo, mejor no pensar a fondo. Así nuestra comunidad se va cerrando, achicando, discontinuando. Pero la continuidad no se logra sin transformación. Los efectos supuestamente esgrimidos generan resultados opuestos: defendiendo la continuidad judía, hay cada vez menos judíos en las instituciones tradicionales. El 61% que no asiste, se siente judío pero no asiste porque no ve un judaísmo vivo en las instituciones. No ve un judaísmo que se resignifique no solo en sus contenidos, sino también en sus formas. No ve un judaísmo que tenga algo qué decirle para su vida cotidiana moderna y diaspórica.

De este modo se soslayan dos cuestiones que me parecen vitales: por un lado, el judaísmo ya no es el mismo que aquel que existía en tiempo de la fundación de la mayoría de nuestras instituciones. Por otro lado, tal vez llegó el momento de empezar a pensar un judaísmo en la Argentina en un contexto postinstitucional. ¿Qué significa esto? Históricamente el judaísmo argentino creció a través de sus instituciones, pero hoy en día, del mismo modo en que otras culturas, credos, prácticas, ya no se rigen por los modelos de pertenencia clásicos, nos encontramos en la vida judía con formas de identificación que rechazan por dogmáticas, cerradas, excluyentes a las instituciones tradicionales, por no decir a toda institución.

Subjetividades judías, identidades múltiples.

Nace así un tipo de práctica judía que vive su judeidad integrada como parte de la diversidad propia de nuestras sociedades contemporáneas. Una subjetividad judía entramada con sus otras identidades que conforman una identidad múltiple que puede desde lo judío, y también desde sus otras identificaciones, conectar con su propio mundo. Prácticas judías que no implican una asociación tradicional sino que entienden lo judío como una perspectiva más de las múltiples perspectivas que conforman a cada uno. Si lo judío siempre fue una práctica social comunitaria, tal vez sea tiempo de repensar el concepto mismo de comunidad.

Estamos acostumbrados a pensar y vivir la comunidad desde aquello que nos une y no desde aquello que nos diferencia. Estamos acostumbrados a pensar y vivir la comunidad para los nuestros y no para los otros. Pero los judíos siempre fuimos los otros. Los otros de Occidente, los otros de Europa, los otros del cristianismo. En una otra edad difícil, ya que no fuimos la negación de Occidente, de Europa, del cristianismo, sino su resto. ¿Qué quiero decir con esto? Un resto es algo que sobra. Y sobra porque no cuaja ni puede no cuajar. Algo en el borde. Algo marginal. Algo imposible y molesto. Gran parte de las persecuciones tuvieron que ver con ello. Hay una etimología de comunidad que la hace derivar de munus, término latino que significa al mismo tiempo "deber" y "don": la obligación que tenemos por el otro. Afirmarnos en nuestra identidad tal vez tenga más que ver con el deber que tenemos de ser abiertos y no tanto con la insistencia en el encerramiento.

El futuro parece estar dividiéndose en formas muy diferentes: por un lado, la persistencia de las instituciones tradicionales en mantenerse fieles a sus esquemas que ya no interpelan, no representan, no dan respuestas, incluso a sabiendas de la disminución ostensiva de adherentes. Por otro lado, una transformación en la racionalidad estratégica que para salvaguardar a la institución va convirtiendo al judaísmo en un proyecto de clase, a través de la potenciación de una administración cuasi empresarial que soterra lo judío por debajo de la productividad del emprendimiento. En un tercer lugar están los fundamentalismos que, admirados por muchos por su capacidad de convocatoria, resuelven la crisis de representatividad del modo más violento: no hay más persona. Una institución fundamentalista no es una institución, sino una totalidad donde la persona se disuelve en el cumplimiento irrestricto de los dogmas.

Más allá de estas tres formas, la idea de un contexto postinstitucional viene emergiendo en los últimos años, en diferentes proyectos de la vida judía. Hablar de posinstitucionalidad no significa el fin de las instituciones judías, sino significa entrever que la vida judía no pasa más de modo central por sus instituciones tradicionales. Un judaísmo que cambia necesita instituciones que cambian en una comunidad que cambia.
 

 Comparta este articulo con sus contactos:

 Tweet   

 

Ir a página principal