El racismo humanitario

El racismo menos percibido penetra por doquier


por Gustavo D. Perednik

Uno de los grandes avances morales de las últimas décadas es que el racismo se haya transformado en objeto de una condena generalizada.

Sin embargo, pocos se detienen en el hecho oprobioso de que dicha desaprobación se circunscribe a una sola forma del racismo, la que podría denominarse «racismo imperioso», y es la que sostiene que algunos grupos humanos (en general encasillables en la categoría del «hombre blanco») son inherentemente superiores y por ende están destinados a dominar a los demás. Esta forma del racismo pocas veces es esgrimida de modo explícito, y por lo tanto es saludable la alerta para que no se imponga inadvertidamente.

Pero el racismo tiene otra cara, y llama mucho la atención que esa otra cara, que es tan dañina y sutil como la imperiosa, es obstinadamente pasada por alto.

Consiste en alegar que hay grupos humanos (en general encasillables en la categoría del «hombre blanco») que son inherentemente superiores, y por ello guardan el monopolio del juicio moral.

Los supuestamente inferiores no serían responsables de sus actos, y por ende jamás debe condenárseles.

Según esta visión, esgrimida inconscientemente por una buena parte de la izquierda, sólo a los «hombres blancos» cabe juzgar desde una perspectiva moral. El resto de los pueblos, negros, árabes o indios, deberían ser tratados como niños que no saben distinguir el bien del mal; ergo ninguna conducta los exceptuará de su ubicuo rol de víctimas. Este racismo tiende a resaltar en la categoría de «blancos» a los judíos.

Manfred Gerstenfeld ha acertado al poner un nombre a la farsa, tan difundida como «políticamente correcta»: «el racismo humanitario». Este concepto ayuda a entender por qué toda acción defensiva de Israel es siempre presentada como agresión.

A los árabes no puede pedírseles que no agredan, ni que no violen la ley, ni que establezcan democracias, ni que aprovechen sus inmensas riquezas para crear sociedades de avanzada. Tal exigencia moral no cabría en poblaciones a las que el racista humanitario considera afectadas por una tara que las hace inferiores.

Así, en un reciente artículo al que he dado respuesta, Álvaro Vargas Llosa se sorprende de que el método que Israel ha encontrado para defenderse de los morteros del Hamás es un riguroso bloqueo de armamentos a la Franja de Gaza. Llamativamente, en ningún párrafo al crítico lo visita la sorpresa por el hecho de que en Gaza flagelen a los que beben alcohol, lancen morteros contra civiles, y «resistan la ocupación» con el terrorismo suicida que adoctrinó a una generación de jóvenes árabes en la necesidad religiosa de asesinar a jóvenes hebreos.

El criterio moral es aplicado sólo al «blanco» de la trama, mientras a los «inferiores» se los juzga con la vara del relativismo cultural y la comprensión «pluralista».

Un caso elocuente fue la noruega Trine Lilleng, Primera Secretaria de la embajada de su país en Arabia Saudí. Como mujer proveniente de una sociedad liberal de avanzada, podría preverse que se escandalizara de que en su país huésped se prohíbe a las mujeres conducir, que están obligadas a rígidas vestimentas, que son víctimas de abusos como la clitoridectomía, la poligamia y los asesinatos por «honor familiar».

La Lilleng podría haber notado que en el petrolífero reino en el que residía temporariamente no hay libertad de opinión ni instituciones democráticas; la única religión permitida es el Islam, y los derechos ciudadanos se reducen a dádivas del monarca a sus súbditos.

Pero no.

Trine Lilleng nunca percibió las lacras de la sociedad feudal, y a fines de enero del año pasado, se tomó el arduo trabajo de componer un fotomontaje en el que el pequeño Israel es presentado como el Tercer Reich, y el exterminio de seis millones de judíos atrapados en Europa es equiparado con la limitada guerra defensiva de Israel contra enemigos empeñados en borrarlo del mapa.

Que la noruega calumniara al país hebreo precisamente desde una autocracia medieval, es una muestra cabal de la ceguera de los racistas humanitarios. Parecieran transmitir que, como a los árabes no puede exigírseles un comportamiento moral, la lupa crítica debe mantenerse enfocada en el israelita.

No regañar el lenguaje infantil

Fathi Hamad y Muhsen Abu Ita son líderes del Hamás en Gaza. Como tales, gozan de la suerte de los «pueblos inferiores» en la mente del racista humanitario. Por ello nadie les reclamó por haber escupido hace unos meses por televisión las siguientes expresiones «culturales»: que «cada palestino que asesine a un judío será recompensado como si matara a treinta millones»; que «la aniquilación de los judíos esa una espléndida bendición para Palestina»; y que «los palestinos formamos escudos humanos de mujeres, niños y ancianos, a fin de desafiar las bombas sionistas. Así le decimos al enemigo que deseamos la muerte tanto como ellos desean la vida».

Ningún medio europeo importante siquiera recogió la belleza de las declaraciones, porque aparentemente de ciertas personas no puede sino esperarse un lenguaje irresponsable, y la incitación a la violencia no pasa de ser una simpática bravata.

Algunos árabes aceptan graciosamente ser discriminados como niños por el racista humanitario. Cuando el sheik Nizar Rayyan fue ejecutado por el ejército israelí (1-1-09), su hijo declaró que «nunca se habría imaginado que Israel bombardearía una casa». Cabe hurgar en la fuente de semejante limitación a su imaginario.

A pesar de que ellos han celebrado la colocación de bombas en casas, en restaurantes y en fiestas infantiles, con respecto a sus enemigos no son imaginables siquiera acciones mucho más leves que el terror indiscriminado del Hamás. La imaginación es trabada por el racismo humanitario, que viene enseñando que a ellos se les perdonará todo mientras al «hombre blanco» no se permitirá ni defenderse.

Otros árabes, por el contrario, rechazan que se los discrimine como idiotas éticos. Así, el más conocido de los comediantes y actores egipcios, Adel Imam, dejó a su audiencia atónita cuando declaró por radio (3-1-09) que comprendía el operativo militar israelí en Gaza, ya que no se puede pedir de ninguna sociedad que absorba pasivamente los ataques constantes que desata el Hamás.

En el caso específico de los árabes israelíes, el año pasado se produjo un hecho que ejemplifica el modo en que incluso una buena parte de la prensa israelí cae en la torpeza del racismo humanitario.

Um-al-Fahm es una pequeña ciudad árabe de Israel, en las cercanías de Haifa, cuya población vota tradicionalmente a partidos islamistas.

Para protestar por la deslealtad en la que habían incurrido notorios políticos árabes israelíes, un partido nacionalista israelí anunció que marcharía por aquella ciudad portando banderas del país.

La marcha fue inicialmente prohibida por la policía, pero los nacionalistas apelaron a la Justicia, y finalmente consiguieron que se les permitiera una marcha pacífica y breve, aunque solamente en las afueras de la ciudad.

Los organizadores aceptaron las condiciones, y para que estas se cumplieran estrictamente, se apostaron 2500 agentes policiales que garantizarían el orden.

El 24 de marzo de 2009, durante sólo media hora, varios centenares de manifestantes portaron banderas israelíes y entonaron canciones patrióticas, ajustándose a las limitaciones acordadas con la policía.

En airada reacción, miles de árabes y de activistas de la poco representativa ultra-izquierda israelí, subieron a los techos de las casas, desde donde arrojaron rocas a la distancia. La tormenta de peñascos dejó heridos a quince policías, incluido el vicecomandante de la Policía de Israel, Shajar Ayalón.

Los medios no informaron de la agresión, y se limitaron a censurar «la provocación» de los manifestantes. Era totalmente perdonable que los pobladores actuaran con furia ante las banderas israelíes, y en ningún momento se cuestionó por qué manifestantes judíos tienen que ser blancos de pedradas a mansalva.

El racista humanitario siente que a los árabes no puede pedirse que acaten la ley, y debe alentárselos a actuar en bloque, infantil y coléricamente.

La única provocación posible la perpetra el «superior», el único que tendría criterio moral para juzgar la situación y cumplir con la ley.

A Europa le ocurre algo similar. Atina a demandar el cumplimiento irrestricto de la ley solamente del «hombre blanco». El resto debe ser siempre entendido en su conducta, aun si ésta es criminal, porque acaso no llega al mismo nivel de juicio moral
 

 

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