Santos laicos y santones

por Tiberio Yosif Klein

Siendo los humanos seres sociales, desde siempre han andado agrupados. Esto ha hecho necesario ser liderados, de lo contrario el grupo no habría tenido objetivos ni coherencia. El líder podía ser el más anciano, el más fuerte, o el que con su inteligencia pudiera proporcionar mejores soluciones para la sobrevivencia de su grupo.

Esta característica es la que hace que las personas hasta hoy en día tengan la necesidad de tener líderes, de seguirlos, y en el peor de los casos incluso inventarlos. Así es como cualquiera que tenga alguna preeminencia sobre otros en cierto campo puede llegar a ser considerado un objeto del deseo. Las alumnas se sienten enamoradas de algún profesor: los músicos populares, los actores y actrices, son seguidos y adorados por seguidores que ven en ellos alguna característica especial para darle sentido a su existencia.

El estar junto a personas “famosas”, esto es, que son reconocidas de alguna manera por salir en los medios de comunicación o destacarse en la sociedad en que se mueven, es para muchas personas un objetivo imprescindible. Cuando se efectúan reuniones de algunos tipos – culturales, políticos, comerciales -, si se anuncia que estará presente cierta mujer u hombre destacados de alguna manera, eso atrae a más personas al evento. El sólo poder estar cerca de esta extasía a los asistentes. Es como si ese supuesto poder pudiera pegársele al que esté en el mismo lugar. Como sucedía en la remota antigüedad con el efluvio mágico que algunos llamaban el “maná”, que es lo que tendrían esos regentes destacados.

En la actualidad el comportamiento de las personas es el mismo de siempre. Continúa la necesidad de adorar a alguien, quizás traspasándole la responsabilidad de las alegrías y realizaciones personales. Así es como para algunas religiones existen los “santos”, que son personas cuyo quehacer ha sido un ejemplo para su sociedad, que ha terminado por divinizarlos.

En el judaísmo no existen los “santos” divinizados, pero no obstante ello, los seguidores de ciertos rabinos les santifican. Para ellos, esos rabinos son efectivamente “santos”, llamados muchas veces “rabinos milagrosos”. Generalmente de una indudable sabiduría, al menos para su grupo de seguidores, han sido y son seguidos en sus directrices ciegamente, como si todo lo que dicen fuese indiscutible.

En el judaísmo el término para “santidad” es “kedushá”. Es una palabra usada para definir “sagrado”, pero realmente significa “separación” o “apartamiento”. De manera que en el judaísmo lo “santo” es lo “diferente” o “apartado”. En ese sentido D’s es “santo”, diferente del mundo profano; entonces las personas se “santifican” por su relación con D´s, ya sea por una ofrenda especial o por elección divina.

En el Templo de Jerusalem, el “Santo de los Santos” era el santuario reservado para el culto especial, al que sólo podía ingresar el Sumo Sacerdote una vez al año, en Yom Kipur, el Día de la Expiación. Este lugar estaba separado del resto del templo, lo que mostraba que era propiedad especial de D´s. Este concepto de “santidad” se extendía entonces a la ciudad de Jerusalem, la “ciudad santa”, a los “días santos” que son los que rinden el culto a D´s, e incluso al “pueblo santo”, el pueblo judío.

Normalmente se ha considerado santa a una persona porque hace “milagros”, que es lograr lo que una persona normalmente no podría realizar. Se decía de Baal Shem Tov que hizo muchos milagros. Él era un místico judío, al que se considera como el fundador del jasidismo judaico. Aún hoy en día se lo considera un “rabino milagroso” por sus seguidores. También Hanina ben Dosa es considerado un personaje milagroso. Se cuenta que el hijo del importante sabio judío Jonathan ben Zakai estaba muy enfermo. Le pidió a Hanina ben Dosa que rezara por él; este lo hizo, y el niño se recuperó. La esposa de Jonathan le preguntó a su marido si Hanina era mejor que él, y el sabio respondió que “él es como el sirviente de un rey, que siempre tiene acceso a su presencia sin tener que pedir permiso. En cambio yo soy como un señor ante un rey, al que siempre debo pedirle audiencia antes de presentarme ante él”.

Cuando el rabino Itzak Kaduri, reconocido como un gran sabio, un “tzdik”, falleció en Motzaei Shabat después de haber estado hospitalizado dos semanas en estado grave, aunque no es habitual postergar un entierro, grandes rabinos decidieron hacer una excepción en este caso para permitir que miles de personas pudieran darle la despedida, y demoraron un día más el entierro. En una manifestación popular sin precedentes, se calcula que unas trescientas mil personas sin distinción acudieron. Se decía de él que había hecho milagros gracias a sus oraciones, y eso, más su indiscutible sabiduría, era lo que le había destacado en el mundo judío y en Israel.

Muchos casos de rabinos considerados “milagrosos” o “santos” han sido y son hoy en día seguidos por sus fieles. Hay casos que reposan en la mitología, como el rabino Judá Loew ben Bezalei, también conocido con el acrónimo del Marajal, que significa “el más venerado rabí”. Él vivió de 1512 a 1609 en Praga. Aparte de rabino era filósofo, astrólogo, astrónomo, y observador de ciencias naturales, por todo lo que era reconocido en la sociedad gentil. Pero por lo que más se le recuerda es por la leyenda del Golem: según la que el rabino creó un hombre de arcilla, al que le dio vida siguiendo las instrucciones esotéricas del Sefer Yetzira después de comer la fruta prohibida del árbol de la vida, de la Kabalá. Este hombre de arcilla lo usó para defender a los judíos de los pogroms por acusaciones infamantes de que usaban sangre de no judíos para preparar el matzá de la festividad de Pésaj (Pascua, conmemoración de la salida de Egipto; a pesar de que para el judaísmo está prohibido el consumir sangre, lo que hacía absurda esa acusación). El resto de la historia cuenta que el Golem terminó por írsele de las manos, por lo que volvió a quitarle la vida, y hoy en día aún reposaría en el entretecho de la antigua sinagoga de la calle Maiselova – usada por judíos ortodoxos actualmente – del barrio judío de Josefov en Praga, República Checa. Como curiosidad, en la pared exterior de la sinagoga hay una escalera formada por fierros empotrados que conducen hacia el techo donde aún estaría el Golem.

Los judíos ortodoxos que quieren comer algo en algún restaurante del Israel leen la nota de aprobación que se pega al vidrio exterior. Normalmente recorren varios hasta considerar que “ese rabino” es el que es “realmente Kosher” en su aprobación de ese restaurante. De manera que sólo es su rabino el que puede aprobar o rechazar un sitio de comida. Aun no siendo santo, su opinión es ley para sus feligreses, sin que pueda discutirse su certeza sobre cualquier tema.

En diversas religiones existe de alguna manera el concepto de la santidad. Esta está instalada plenamente en el catolicismo, que ha dado esa categoría a diversas personalidades en la historia del desarrollo de la religión desde sus inicios. De ser un ejemplo pasó a transformarse en un culto menor, ya que muchos fieles oran directamente a tal o cual santo o santa, que tendría poderes específicos.

Para los musulmanes Mohamed fue un santo indiscutible, lo mismo Buda para sus seguidores, que lo veneran frente a su imagen. En el caso de las religiones politeístas aún existentes, como la hindú de la India, las imágenes de sus innumerables dioses no implican que las gentes crean que estas sean realmente ellos. Sin embargo las religiones no pueden regir los pensamientos de las personas, de manera que en muchos casos las gentes sí ven en las efigies a los dioses. Esto ocurre en el catolicismo, donde los fieles se dirigen directamente a la virgen de tal o cual lugar, que para ellos es diferente a la otra; por mucho que la religión tenga claro que sólo son efigies que la representan, para los que les rezan estas son realmente la virgen específica, volviendo así a sus ancestros politeístas.

Hay en las masas una necesidad de personas que les sean una guía, un ejemplo, e incluso alguien que pueda producir los milagros que cada uno necesita para solucionar algo que le afecta. En Chile son comunes las ofrendas a los “santitos”, personas que han fallecido por accidentes, por asesinatos, por cualquier cosa, a quienes les erigen especies de ermitas en el lugar en que el fallecimiento sucedió, generalmente a orillas de un camino o calle. Les piden, al igual que hacen con los santos “oficiales”, milagros.

En Argentina, en la ruta entre Chile y la ciudad de Mendoza, hay flores frente a una pequeña cueva donde se le piden favores a la “difunta Correa”, que se dice fue una mujer que el siglo XIX, durante las guerras independentistas, que murió de sed, pero su bebé pudo seguir mamando de ella muerta hasta ser hallados. Igual la gente le pide milagros.

Lo más exótico dentro de la fauna de santos laicos es el endiosamiento del futbolista Maradona en Argentina, donde algunos de fanáticos de su juego han creado una “Iglesia Maradonista”, en la que él sería “dios”.

También se crean los santos no religiosos, imprescindibles para la nacionalidad. En Chile está el caso de Arturo Prat, que es recordado en calles de casi todas las ciudades y pueblos del país. Es un santo laico, que es venerado por sus características personales y por el sacrificio a la patria, que fue lo que hizo al asaltar el barco peruano durante la guerra del Pacífico el siglo XIX.

En este mismo momento se está produciendo un típico caso de santificación, esta vez dirigida desde el gobierno, en Venezuela. El fallecido presidente Chávez es objeto de veneración masiva de parte de sus adherentes, aunque esto fue direccionado ya en vida por el propio mandatario. Un culto a su personalidad típico de sociedades autoritarias ha hecho que se pongan ya velas frente a su retrato, tal como ocurrió con Eva Perón en Argentina, con Mao Tze Dong en China, Lenin y Stalin en Rusia, Kim Il Sung en Corea del Norte.

Al igual que en estos casos, en Venezuela se está llegando al exceso de que se embalsamará al ex presidente para ser exhibido como pieza de museo. La santificación ya va en alza, se ve como los beneficiados por su ayuda económica le ven como el santo al que orar para lograr obtener los beneficios que desean. Porque de eso se trata. Eva Perón es venerada por quienes se beneficiaron por ella, no por los que no han tenido ganancias por su mano.

(Lo curioso en el caso de Chávez es que un embalsamamiento debe ser casi inmediato después del fallecimiento; y en su caso pasarían siete días al menos hasta hacerlo, lo que podría indicar que murió mucho antes de lo que el gobierno venezolano dice, igual como toda la parafernalia de su homenaje y exequias no pudo organizarse en sólo un día).

En el Chile de la primera mitad del siglo XX apareció un hombre que dijo ser santo. Le llamaron “el Cristo de Elqui” porque de allí venía. Los medios de comunicación de la época hicieron gran bombo de él, y miles de personas le esperaron cuando arribó a la capital en tren. Desapareció después de un tiempo sin que hubiese más noticias de él. (Si no fuera porque Nicanor Parra le recordó en su obra “El Cristo de Elqui”). También se desinfló el bullado caso del “vidente de Peña Blanca”, que era un joven que decía hablar por D´s. Reunió a miles de personas en sus prédicas dominicales, en las que incluso decía hablar en hebreo (N.A. Pedí una grabación para oírlo hablar en ese idioma, y era sólo una farsa, musitaba incoherencias que no tenían nada que ver con el idioma judío). También su santidad se diluyó, especialmente cuando dijo que ahora era una mujer, y sus fieles desaparecieron ante su hermafrodismo.

Los antiguos reyes se consideraban mágicos, hacedores de milagros, casi santos. No se les podía tocar, so peligro de morir en el momento. El sí podía hacerlo para así mejorar enfermedades o proporcionar soluciones a problemas aparentemente insolubles. Los reyes judíos no eran así, su mando no provenía de D´s sino del pueblo, generalmente representado por algún profeta. De manera que no sólo no fueron considerados santos, por el contrario, en el Tanaj los relatos de los reyes muestra a personas con demasiados defectos humanos.

A los políticos se les considera cualquier cosa menos santos; más aún, generalmente la antítesis de la santidad, por eso están tan desvalorizados en todo el mundo. Les alaban sus partidarios, les critican sus antagonistas. Es lo que sucede en este momento en Israel, donde Netanyahu es un ogro para unos, un gran político para otros. Está en la cuerda floja, sin poder resolver como seguir contando con los ortodoxos, fieles a su causa, y obtener los parlamentarios laicos que no pueden ver a los primeros, sin los cuales no podría hacer gobierno. Para desgracia de Israel, en el judaísmo no hay santos a los cuales pedir milagros, y con certeza D´s es indiferente a lo que suceda en ese gobierno, el tiempo de los patriarcas con los que sí hablaba pasó hace mucho tiempo.

Quizás harían falta santos a quienes orar para solucionar los problemas de Israel…

 

 

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