Antisemitismo en el subconciente

por Tiberio Yosif Klein

Muchas personas creen que porque alguien profesa ideas de izquierda es más tolerante y abierto para aceptar desigualdades o pensamientos diversos y diferentes a los suyos. Esto es un mito que apareció porque esas personas en efecto eran más abiertas frente a cierto tipo de creencias, pero en cambio tienen todo tipo de prejuicios ante otras.

Partamos de la base de que eso de izquierda o derecha son inexistentes, ya que la clasificación proviene del lugar en que se sentaban en la Asamblea los representantes franceses tras la revolución francesa del siglo XVIII, por lo que a estas alturas no sólo es caduco seguir llamándolo así, sino que ya no existe más que en las mentes de los autodenominados izquierdistas. Los mismos que se auto definen como progresistas, para explicitar que los otros son retrógrados frente a ellos; lo que también es una invención auto complaciente.

Según lo anterior, las personas de ideas de izquierda aceptarían y condenarían los prejuicios sobre minorías. Lo que nuevamente es un mito. Porque normalmente esas personas tienen todo tipo de prejuicios sobre los que no piensan como ellos, al igual que sucede con casi todo el mundo. Creen que los denominados de derecha son todos aprovechadores y explotadores, que no tienen ninguna sensibilidad social; lo que es cierto en muchos casos, como en todo tipo de grupo humano, en los que hay de uno y otro; como también es frecuente entre personas que se autodenominan de izquierda, que se aprovechan de su posición para hacer pingues negociados. Prueba de ello son las personas que se han enriquecido en gobiernos de una y otra tendencia, haciendo valer su posición política dentro del sistema en que están insertos.

De manera que si antes se entendía que el antisemitismo era prácticamente normal dentro de grupos de la denominada derecha, ahora se ha descubierto, al menos por los judíos, que también existe entre los auto proclamados de izquierda. Así es como en el pasado reciente la comunidad judía del país se sorprendió al escuchar al concertacionista Pickering denunciar que había una “troika judía”, haciendo alusión a tres judíos que tenían posiciones de cierta importancia en el gobierno, lo que para él era aparentemente escandaloso. (Para quienes no lo sepan, las “troikas son las carretas rusas tiradas por tres caballos”).

Y ahora no pocos se han sorprendido al escuchar de parte de militantes comunistas duras diatribas antisemitas. En efecto, el presidente del colegio de profesores, inexplicablemente elegido pues no se le entiende bien su defectuosa dicción, atacó al ministro del interior en su condición de judío, cosa que no se le ha ocurrido hacer con quienes no aprecia y que tienen otras confesiones religiosas o filosóficas; lo que demuestra un antisemitismo abierto, que no fue cuestionado mayormente por sus camaradas de partido. Más aún, ahora el diputado Gutiérrez, epopéyico defensor de las víctimas a los derechos humanos, también ataca al ministro del interior en su condición de judío, incluso agregando al insulto comentarios sobre el conflicto de medio oriente, lo que revela confusión e ignorancia sobre lo que es la posición política nacional que un ministro ostenta. Para fortuna de su partido, el presidente del mismo, aparentemente más versado, no ha osado en ningún momento relacionar religión, pueblo o posición filosófica, con su antagonismo político, dando ejemplo de inteligencia política. Lo que también hizo la emergente Camila Vallejo, al declarar no estar de acuerdo con el antisemita Gutiérrez, lo que empero no implica acuerdo o negación de esos comentarios, que no se sabe si es o no posición de su partido político.

Estas declaraciones antisemitas están dentro de la línea más pura de quienes ven en el judaísmo a un pueblo al que hay que denostar. Hacen declaraciones que en sus medios son compartidas por sus iguales, y seguramente se sorprenden de que haya tanto escándalo por las mismas, si “todos” piensan lo mismo.

El antisemitismo es de larga data. Comenzó con el surgimiento del cristianismo. Antes de eso hubieron esporádicas críticas a los hebreos, israelitas o como se llamaran, ya que fueron judíos a partir de Judea solamente. Los griegos cuestionaban que el dios hebreo no fuese visible, y consideraba excluyentes al los judíos por no aceptar a sus propios dioses en estatuas colocadas por doquier. Al igual que los romanos, los griegos criticaban a los israelitas por ser tan flojos que tenían un día, el Shabat, en el que no trabajaban ellos ni obligaban a hacerlo a sus trabajadores y esclavos, y menos aún a sus animales domésticos. En la culta ciudad de Alejandría se produjeron muchos conflictos entre griegos y judíos, más que nada de carácter filosófico y por competencias comerciales, pero en ningún caso por algún antisemitismo específico, el que surgió después con el cristianismo. Estos primeros cristianos fueron los que más conflictos tuvieron con los griegos, ya que eran intolerantes y atacaban los templos paganos asesinando a sus sacerdotes, lo que tenía que ser controlado posteriormente por las tropas del gobierno.

A pesar de que sería largo de enumerar, el conflicto del cristianismo con el judaísmo partió mucho después de que la secta judía que consideraba a Jesús como el mesías se comenzara a desarrollar. No solo Jesús sino que todos los apóstoles y los primeros cristianos eran judíos. Shaúl, el agente del Sanedrín, gobierno títere de los romanos en Judea, llamado Pablo, que infiltrado en la secta para vigilarlos terminó por convertirse en un miembro más de la misma, trabajó arduamente para agregar miembros a esta. Originario de Tarso, actual Turquía, era ciudadano romano, lo que le facilitó su misión auto impuesta, ya que al haber nacido el año diez después de Jesús, no le conoció.

Logró convertir a la nueva fe más que nada a mujeres, ya que la circuncisión judía que era necesaria detenía a cualquier acólito para hacerse cristiano con todas las reglas. Hay que acotar que el judaísmo como religión era popular entre los ciudadanos de la Roma antigua. Se calcula que el diez por ciento de los ochenta millones de personas que estaban incluidos en el Imperio eran judíos.

Pablo llegó a la conclusión de que si no se eliminaban las trabas del judaísmo, su culto no crecería. Para ello viajó a Jerusalem para entrevistarse con el jefe del movimiento, que era Pedro. Habló con él y con Santiago, hermano de Jesús, y después de arduas discusiones, estos aceptaron su proposición y Pablo partió a su evangelización sin la traba de la circuncisión. Con posterioridad, la rebelión judía del año 70, cuando ya Pablo no estaba, pues falleció el año 67, hizo que la dirigencia judía de la secta desapareciera, tomando su lugar otras personas, muchas de ellas no judías, con lo que esa característica fue desapareciendo.

Sin embargo el judaísmo seguía siendo una competencia para el cristianismo creciente. Los nuevos acólitos, separada ya la fe del judaísmo, comenzaron a atacar a la antigua religión, de la que se sentían ellos los nuevos judíos. Así fue como comenzaron a crear mitos insólitos, el más absurdo de los cuales fue el deicidio, el asesinato de Dios hecho hombre en Cristo. El mito del deicidio fue invocado por primera vez por Melitón, obispo de Sardes, hacia el año 150 DC. Dijo que “Dios ha sido asesinado, el Rey de Israel fue muerto por una mano israelita”. Esto fue repetido durante siglos, generación tras generación, y fue constantemente arraigado en los sermones cristianos a pesar de que nunca fue una doctrina oficial de la Iglesia. Pero se incrustó en el subconsciente de las gentes de tal manera, que el odio al judío se fue haciendo parte de la cultura. Recién durante el Concilio Vaticano II, en 1965, la Iglesia se ocupó de desmentirlo. Las persecuciones, torturas y asesinatos que eso conllevó al pueblo judío fue producto de una acusación tan absurda como lo fue el hecho de que a nadie se le ocurrió entonces y hoy en día pensar en que como es posible que Dios sea asesinado por nadie. Y que si el Plan de Dios era que su hijo muriera como sacrificio por los pecados de los hombres, entonces no tenía sentido culpar a nadie por ese hecho.

Desde el primer momento en que Jesús murió, sus seguidores esperaron su nueva venida al mundo, la llamada “Parusía” en griego. Como el tiempo fue pasando y esto no sucedía, se fueron tejiendo explicaciones al respecto. Entre ellas se decía que los judíos debían errar por el mundo en castigo por el pecado de haber matado a su Mesías, hasta el momento de la Parusía, la nueva llegada de Jesús. La primera noticia de esta leyenda fue en 1602 en Leiden, Alemania, en un escrito del que perduran cuatro hojas de autor seguramente apócrifo.

Se les asesinaba, pero no a todos, pues los judíos debían ser la muestra visible de que sucedería eso, estar presentes cuando llegara el momento. Incluso se argumentaba que la destrucción del Templo de Jerusalem había sido por castigo por haber realizado ese hecho.

Cuando finalmente el emperador Constantino, en el siglo IV DC hizo del cristianismo una religión aceptada, y cerró los templos paganos dándolos a los cristianos con todas sus riquezas, esta religión logró afianzarse. El emperador lo hizo para tener el apoyo de las grandes multitudes de cristianos para vencer al otro emperador con el que cogobernaba su parte occidental del imperio. Hizo reunirse a los autonombrados obispos para que hicieran un solo texto bíblico a usar, y crearan los ritos que perduran hasta ahora. Desde ese momento los judíos pasaron a ser ciudadanos de segunda clase en un imperio cristianizado debido a sus antecedentes dudosos frente a la nueva fe. Los sacerdotes de la ahora aceptada nueva fe en el Imperio cambiaron lo escrito anteriormente para adular a su protector, el Imperio Romano. Lo hicieron aparecer como una blanca paloma, casi protector de los primeros cristianos. A Pilatos, que por su brutalidad había sido destituido por el emperador, lo transformaron en un débil que se lavó las manos para no ser parte de la muerte de Jesús. Incluso agregaron que “el pueblo judío” todo había cometido la muerte, incluso achacándose a sí mismo la culpa, liberando de ella a los romanos; que ahora debían ser buenos, ya que eran los que habían abierto las puertas del Imperio Romano a la nueva religión. Que una vez que el Imperio fue destruido por las invasiones de los pueblos bárbaros heredó como Iglesia, manteniendo para sí la organización, lo que ayudó a su crecimiento.

De manera que a lo largo de dos mil años la animadversión anti judía fue azuzada por los sacerdotes a sus fieles de tal manera, que asesinar judíos era más un mérito que un pecado, a menos que estos sirvieran a los señores por algún motivo. Y se incrustó en las mentes de los pueblos hasta el día de hoy. Muchas personas aún no logran comprender como es que los judíos han dejado de ser errantes al tener su propio país, Israel, si debían ser la muestra de la leyenda. Tanto así, que aún hay quienes enseñan a sus niños a jugar la ronda de “Matemos al perro judío”, o a gritarles a niños judíos “judío despatriado.

Pueblos enteros se han criado antisemitas, como los cosacos a los que pertenece el tristemente célebre Krasnoff, e incluso incultos pueblerinos como Jaime Gajardo, presidente del colegio de profesores, o el diputado Gutierrez, defensor de Derechos Humanos, con tal de que no deba defender a judíos. Porque estos personajes, típicos dentro de la gama antisemita de siempre, no logran comprender que los judíos sigan existiendo, que tengan su propia patria, que no son ahora el chivo expiatorio de cualquier cosa al que se puede sacrificar sin que hayan consecuencias.

Como diría Nicanor Parra, los antisemitas de derecha e izquierda unidos, siempre por alguien serán seguidos. Para desgracia de los judíos; pero para la desgracia de los antisemitas, cuando sus huesos se hayan hecho polvo, los judíos seguirán estando acá.

 

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