Los judíos marginados

 

Tiberio Yosif Klein

 

Activo dirigente de la comunidad judía chilena, ha ocupado cargos dentro del ejecutivo en varias instituciones hasta el día de hoy. También fue el primer presidente de la Organización Mensa de Chile, entre otros organismos nacionales. Escritor y dramaturgo de relevancia nacional e internacional. Nota de ANAJNU

 

En el último censo nacional más de 19,000 personas declararon ser judías. Si a ellas agregáramos aquellas que ocultaron su ascendencia por cualquier razón, la cifra subiría enormemente. En las comunidades judías son socios o asisten a las sinagogas no más de cinco mil personas. Nos preguntamos entonces donde están todos los demás.

Hay judíos marginados por varias razones:

Unos, por tener un nivel socio económico alto que prefieren socializar con sus pares económicos. Envían a sus hijos a colegios de elite, y estos se van perdiendo del judaísmo al no tener contacto con correligionarios, excepto con parientes en el mejor de los casos.

Otros, debido a que su mala situación económica les impide ser socios de las comunidades o enviar a sus hijos al colegio hebreo. Aunque les dieran becas, no podrían participar, ya sea por vivir demasiado alejados, o por no ser capaces de integrarse a un grupo de nivel económico más elevado, lo que implica invitaciones a las casas, no usar la misma ropa todo el tiempo; o en el caso de los hijos, poder llegar al extremo de que terminen por avergonzarse del nivel socio económico de sus padres.

Y por último están los marginados por sus actividades, ya sea de índole intelectual o artística, que sienten no tener espacio como para lograr desarrollarlas en el medio judío, lo que evidentemente es una apreciación subjetiva.

Plantear el problema es simple, pero la solución es complicada. En el primer caso y el último se trata de automarginación, ya que nada impediría una integración paralela al desarrollo personal.

Pareciera más difícil encontrar una manera de reintegrar a los marginados económicos.  Mirado de manera simplista, ya que ellos no pueden llegar a las instituciones y sinagogas, deberían ser estas las que debieran acercarse a ellos. Tendría que ser un trabajo de rabinos moverse hacia grupos específicos con respuestas y acercamiento al pueblo y la religión. Y las instituciones que realmente se preocuparan de esos individuos, debieran organizar grupos de trabajo voluntario que visiten esos hogares para integrar, si no los padres, sí a sus hijos, explicándoles quienes son, de donde vienen, donde pueden acudir dentro de la comunidad.

Pero, como todo, es una decisión política que debiera gestarse dentro de las comunidades, o en su defecto, en un grupo de judíos que comenzaran a hacer una labor de integración mediante visitas amistosas, no de caridad, para hacerles ver que no están solos.

En cuanto a los intelectuales, no es verdad que no tienen espacio para su trabajo. Es sólo cuestión de interés. En otros países, Argentina por ejemplo, muchos intelectuales están completamente integrados a la comunidad judía, lo que no les impide trabajar en el mundo gentil. Y respecto a aquellos que pretenden acercarse a sus pares socioeconómicos de alto nivel, tarde o temprano llegará el momento en que se den cuenta de que no pueden hacerlo completamente, ya que faltaría la recurrente visita dominguera a las iglesias y la participación en grupos asociados a la religión católica. Es como el cuento del gato que quería ser perro: comenzó a ladrar, a mover la cola, a perseguir otros gatos. Los perros lo miraban con lástima, comentando: Ese gato está loco, quiere parecer un perro al portarse como nosotros, pero nunca podrá dejar de ser un gato.

 

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