Unidad en la Diversidad

por Mijael Vera

El ya célebre anuncio ante la Corte Suprema del Procurador General del Estado de Israel en orden a que el país estaba dispuesto a reconocer a los rabinos reformistas y masortíes, fuesen estos hombres o mujeres, ha generado gran convulsión en el mundo judío vinculado a la vida sinagogal a nivel global. Ya sea por la reacción de los sectores ortodoxos en todos sus matices, como, por otro lado, por lo que se considera una "tardanza histórica" y un "deber moral de Israel que era una deuda pendiente".

Ya muy atrás quedó la argumentación respecto a la tardanza de masortíes y reformistas a reconocer al Estado de Israel como un Estado Judío. Tardanza motivada por una frágil reflexión originada en el S.19 referida a la premisa de ser "judíos de religión y nacionales por nacimiento", temática que fue prontamente superada al incorporar a los debates el concepto de "nacionalidad" e "identidad". La feliz síntesis hecha por los movimientos reformista y masortí respondió a un clamor global de quienes, adhiriendo a esas tendencias, ya habían hecho la síntesis entre lo que es el Sionismo y la espiritualidad.

También ha quedado atrás la histórica escena en que los rabinos ortodoxos firman la Declaración de Independencia del Estado de Israel. El paisaje ha cambiado, y comienzan a ser serios los problemas generados desde la ultra-ortodoxia respecto al quehacer del Estado Judío en orden a problemáticas de integración, responsabilidades civiles y militares, financiamiento.

El Estado de Israel ha contado con una figura legal plenamente satisfactoria desde sus inicios: El Gran Rabinato que, por razones de identidad étnica ha estado sustentado por un gran Rabino Sefaradí y uno Ashkenazí, ambos con rango ministerial. Al mismo tiempo, debido a la complejidad del sistema de gobierno parlamentario, sostenido por una política de alianzas que otorgan mayoría relativa al gobierno de turno, la presencia de los partidos ortodoxos ha sido contínua y permanente en gobiernos de cualquier color, lo que ha derivado en el sostenimiento de ciertas reservas legales como, por ejemplo, el reconocimiento de los matrimonios, definición de quién es una persona judía, ley de cementerios, kashrut, servicio militar, financiamiento a Yeshivot, etc, etc.

De más está decir que en este paisaje ha quedado fuera la voz de los movimientos religiosos liberales que, en países como, por ejemplo, EEUU, son de gran relevancia, aunque su presencia en Israel, curiosamente un país mayoritariamente laico, parece ser sostenida en el tiempo, pero de menor relevancia y presencia política al lado de los movimientos ortodoxos.

En este sentido, la presión de las comunidades liberales de la diáspora ha sido enorme: el Estado de Israel, al ser una entidad nacional judía, debe asegurar el reconocimiento a todas las tendencias religiosas, espirituales, políticas. Pero esto no se había logrado por causa de la presión de las ortodoxias sionistas.

No obstante, es preciso subrayar que este anuncio asoma en momentos en que el Estado Judío está bajo el gobierno de un gabinete de unidad nacional, señal claramente interpretable frente a los desafíos que Israel afronta, tanto en el frente interno (problema de los ultra-ortodoxos, inmigrantes ilegales, desigualdades económicas), como en el frente externo: las consecuencias de la primavera árabe, islamización teocrática de los países árabes, la amenaza nuclear de Irán. El contexto político, social, ideológico y militar, obligan a la búsqueda unidad y a la superación de las fracturas internas.

Pero este anuncio también llega en tiempos en que, tanto en Israel como en la Diáspora, se ha ido superando los mitos fundacionales que definieron los perfiles de las tendencias: los rabinos (y rabinas) reformistas y masortíes no son "demonios antijudíos", ni los ortodoxos son "agentes medievales reaccionarios". Lo cierto es que desde ambos sectores han surgido pensadores de relevancia, se ha consolidado una generación de rabinos liberales preocupados de la unidad y la continuidad, y de rabinos ortodoxos provenientes desde el mundo de las Ciencias que se han interesado en las problemáticas contemporáneas con un discurso aún más osado que el que exhibió el liberalismo en sus mejores tiempos.

Al parecer, se comienza a entender que la anhelada unidad no significa la renuncia a las propias identidades ni a la disolución de las interpretaciones particulares de la Halajá. En este sentido acude la dilatada historia del Pueblo Judío en orden a siempre haber sostenido que nuestra identidad pasa, obligatoriamente, por la diversidad, por el debate franco y nutritivo, por el reconocimiento al derecho a disentir y plantear libremente los puntos de vista. Cuando contamos con el milagro vivo de un Estado Judío, su paisaje no podría ser de otra manera. Ni volcarse a extremismos teocráticos, ni ser solamente un referente folclórico y romántico.

El impacto que esta medida tenga en las comunidades de la Diáspora aún está por evaluarse. Señales de esta unidad en la diversidad han asomado a modo de ejemplos relevantes, como en las elecciones de la AMIA en donde sectores ortodoxos se han mostrado llanos a pactar con sectores liberales. También en Chile la presencia de rabinos ortodoxos en actos públicos unitarios no ha pasado desapercibida. Es de esperar que por ese camino avancen las iniciativas a procura del mutuo intercambio estratégico en la lucha contra la asimilación, preservando, desde luego, la particularidad de cada didáctica.

El anunciado reconocimiento estatal derivará, probablemente, en la constitución de un Gran Rabinato Liberal en Israel, como parece ser la costumbre, y como obliga la premisa de "igualdad ante la Ley". Esta segunda etapa, quizás aún distante, completará el ciclo de esa esperada igualdad.

 

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